Abelardo Castillo, cruzando la última puerta

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por Juliano Ortiz

La noticia fría. El duro epitafio en los medios. Murió el escritor argentino Abelardo Castillo a los 82 años en la ciudad de Buenos Aires, según confirmaron allegados. Hacedor de escritores. Maestro. Escritor.

Castillo fue cuentista, novelista y dramaturgo. Su obra narrativa se caracteriza por una prosa seca, despojada, directa y reveladora de la indecencia de la realidad. Fundó El Grillo de Papel, que luego se llamó El Escarabajo de Oro, una de las revistas literarias de más larga vida (1959-1974) en la época y  que dio origen a cientos de escritores.

“Nunca he podido dominar mis impulsos. En este sentido me reconozco un sujeto primitivo, puro, incapaz de adaptarme al florido mundo, donde, para tranquilidad de la hermosa gente, se cultivan con sensatez todas las formas del buen gusto, la hipocresía y el cinismo”, ese párrafo da comienzo a uno de sus mejores cuentos “El candelabro de plata”, relato que en su momento me dio impulso para escribir, y me mostró cómo una historia corta puede a su vez, ser joya creativa y mensaje social.

Influido por Borges, Poe, Camus y Sábato, su prosa tiene fuerza y expresión narrativa. Hallamos cuentos precisos, perfectos, pero también novelas como La casa de ceniza, Crónica de un iniciado, El que tiene sed o El evangelio según Van Hutten.

Muchos escritores que hoy resaltan en la literatura argentina asistieron a sus talleres; Guillermo Martínez, Samanta Schweblin, Pablo Ramos, entre muchos, entre voces liberadas a un futuro que el escarabajo quiso dejar a la posteridad.

“El secreto en literatura está en el cómo contarlo. Todo el mundo tiene algo que contar. Cada uno, si pudiera relatar su propia vida, pero de verdad y bien, haría un gran libro”, y justamente él, era extraordinario en eso, en contar la vida, en hacerla en palabras, para el otro, para el que tiene sed.

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