Relato Culturamas: El borde oscuro del mar, de Nacho Viñuela

Esta semana os dejamos con uno de esos relatos que suelen calificarse de largo aliento. Resuenan en sus capítulos los ecos de Onetti, la falta de aire de las habitaciones cerradas que contrastan con el aire fresco que uno esperaría encontrar frente al mar.

Pero el mar no siempre es bonito.

Disfrutadlo y animaos a comentarlo en nuestra web.

Podéis descargarlo aquí Relato Culturamas 4 de mayo, El borde oscuro del mar de Nacho Viñuela

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El borde oscuro del mar

Nacho Viñuela

 

I

Encontramos al hombre –pues madre me diría más tarde que era un hombre, el primero y último que llegué a conocer– enredado en una maraña de algas sobre la arena. Madre me dijo que me quedara ahí mientras posaba la cesta en el suelo y echaba a andar con cautela hacia el bulto sospechoso que acabábamos de descubrir. Abrí los ojos todo lo que pude y la luz del sol me cegó un instante, apagando el ruido de las olas. Un mar que se calla es un mal presagio, pensé.

Madre daba golpecitos y empujones suaves con un palo al cuerpo inmóvil. La llamé, pero no se volvió. Una vejiga de líquido helado se derramó dentro de mí. Tenía miedo. Madre se agachó sobre el cuerpo y se me ocurrió que quizás aquella masa de piel y carne envuelta en algas fuera comestible. Me rugieron las tripas, aunque, al mismo tiempo, la posibilidad de que lo que fuera que estaba tendido en la playa estuviese vivo y de pronto atacara y matase a madre me llenó de terror. Prefería el hambre a la soledad. Madre siempre amenazaba con abandonarme a mi suerte cuando hacía algo malo. La soledad, me advertía clavándome sus ojos como anzuelos, es peor que la muerte. Es un grito para el que no hay oídos.

Se volvió y me llamó con una sacudida de la cabeza seguida de un movimiento brusco del brazo. Siempre se quejaba de mi lentitud. Corrí a su lado, a punto para atacar con las manos y desgarrar la carne con los dientes, pero me detuvo poniéndome la mano en el pecho.

—Es un hombre –dijo–. Está vivo. Ayúdame.

Me quedé con los brazos muertos, como un árbol con las ramas rotas.

—Venga, ¿es que no me has oído?

Si me trataba con dureza, me lo había dicho muchas veces, era porque no era fácil sobrevivir por nuestra cuenta. Hasta ese momento no supe lo que quería decir, pero al ver al hombre entendí. Había otros. ¿Por qué no me lo había dicho antes?

Intenté no mirar al hombre, pero, al levantarlo, noté que su pecho y sus piernas estaban cubiertos de un pelaje viscoso. Su piel estaba cubierta de quemaduras. Sentí un impulso de tocar los sitios donde estaba roja y desgarrada. El hombre era pesado y maloliente. Se nos hundían los pies en la arena al llevarlo a cuestas hasta la cabaña. Olía a pescado podrido y hogueras apagadas. Su olor me daba arcadas y me llenaba de una sensación vertiginosa, como cuando me paraba de pie al borde de un acantilado.

Echamos al hombre en la cama de madre. Sus pies sobresalían del borde y su cabeza quedó torcida como si el cuello estuviera roto. Madre la enderezó sobre la almohada. El hombre permaneció con los ojos cerrados. Sus párpados estaban hinchados y tenía la nariz roja y brillante. Madre cogió un cuchillo para cortar las algas que se hundían en su carne. Cada vez que el filo del cuchillo cortaba al hombre, madre abría la boca y forzaba el aire entre sus dientes como si hubiese abierto un corte en su propia piel y restañaba la herida con el borde de su falda. Me mordí los labios. El hombre estaba desnudo. Su cuerpo era muy distinto del de mi madre y también del mío. Era más ancho y estaba cubierto de pelo. La carne hinchada y dura parecía a punto de abrir la piel de sus hombros y sus muslos. Y, entre las piernas, yaciendo en una maraña de pelo, había un animal oscuro y bulboso al que no podía quitarle los ojos de encima. La boca se me llenó de un sabor metálico.

—¿Qué haces sin moverte de ahí? –preguntó madre, alisándose la falda llena de pétalos de sangre–. ¿Qué te has hecho en los labios? ¡Espabílate y pon agua a hervir!

Salí a buscar agua y llené la olla, pero el fuego se había apagado, así que tendría que ir a buscar hierba seca y leña menuda. Sentí la inquietud de un hormiguero entre las piernas. Quería darle patadas a mi madre y tirarle del pelo. Pero, en vez de eso, fui al bosque y meé y volví a mear porque la babosa que llevo entre las piernas latía como el corazón de un pájaro. La froté, la pellizqué y tironeé de ella hasta que se sacudió y sus tentáculos lanzaron una corriente por mi espinazo que me estalló en la cabeza con un relámpago. Madre me había dicho que llevo una criatura venenosa entre las piernas y me había advertido de su voracidad. «Querrá que hagas cosas malas –me decía–. Y si le haces caso te envenenará la sangre y te consumirá hasta dejarte en los huesos». Ahora, las rodillas me temblaban y me asusté. Volví a la cabaña. Madre debió de verme mirando fijamente al hombre porque avanzó hacia mí y me dio una bofetada. Después, ató su pañuelo sobre mis ojos. Olía a sudor y a leche ácida: su olor.

—El hombre no soporta la sábana, su piel está en carne viva –dijo–. Le hace daño hasta el peso de tu mirada.

—¿Y la tuya no? –pregunté

—¿Qué es ese tono? –gritó madre al percibir esa nueva nota profunda que la rabia había arrancado de mi voz.

Incluso con los ojos tapados podía sentir la presencia del hombre. Su respiración y su olor inundaban la estancia de algo denso y oscuro como la melaza. Ahora que no podía verle, el hombre respiraba dentro de mi cabeza, mareándome. Oía el crujido de las ropas de madre al moverse y el goteo del agua en la palangana cuando retorcía el paño con el que debía de estar limpiándole. El hombre gimió suavemente y tuve que apretar el puño entre mis piernas para acallar eso que no era pero se parecía al hambre.

 

 

II

Aquella noche no pude dormir. Madre y yo compartíamos mi cama. Su cuerpo era demasiado huesudo y me daba patadas. Podía oír la respiración trabajosa del hombre, como un eco de la marea. Me levanté, encendí una vela y me acerqué a él. Su pecho se elevaba y descendía con cada aliento. El pelaje que lo cubría brillaba como la hierba húmeda. Un sendero de vello descendía por su estómago hasta la maleza densa en la que descansaba la anguila. Me incliné para olfatearlo. Los pelos recios como alambres me cosquillearon la nariz y los labios. Aspiré el olor a setas y líquenes hasta el fondo del vientre. Sentí que quería hacer algo, pero no sabía qué. Algo que tenía que ver con los agujeros de mi cuerpo y el animal que vivía entre mis piernas. Atendí a los ronquidos de madre y, después, toqué con la punta de los dedos la bolsa arrugada y peluda de la que salía la anguila. El hombre se revolvió y la anguila se alzó en el aire. La babosa me picaba como una herida. La froté contra el jergón. La llama de la vela chisporreteó y sentí un calor abrasador en la mano. Al sacudirla un chorro de cera caliente cayó sobre el vientre del hombre. Dio un respingo y la cabeza púrpura de la anguila escupió un líquido viscoso. Sin darme cuenta de lo que hacía, mojé en él la punta de los dedos y me los llevé a la boca. Supe que iba a morir. Volví a la cama y me acurruqué contra el cuerpo de madre, sin dejar de chupar el veneno del hombre de mis dedos. El sueño cayó sobre mí, dulce y repentino como la muerte.

 

III

Cuando desperté, madre colocó el pañuelo sobre mis ojos. Tenía hambre, pero no me sentía débil. El animal del hombre, pensé, no podía ser tan venenoso como el mío.

—Abre la boca.

Madre me dio de comer con una cuchara, que usaba también para recoger las gachas que se me escurrían por la comisura de los labios.

—Mi bebé lindo –murmuró.

—Madre, ¿por qué yo no soy ni como tú ni como el hombre? –pregunté, sacando coraje de mi ceguera.

—¿Qué quieres decir?

—Mi cuerpo, ¿por qué es como es?

—Todavía eres un renacuajo. Pero crecerás. Tú cuerpo ya está cambiando.

—¿Y seré hombre o madre?

—No digas tonterías –dijo, embistiendo la cuchara contra mis dientes.

Tras el desayuno, madre salió de la cabaña. Pensé que el hombre tendría hambre. Sin quitarme el pañuelo entré en la despensa y palpé el interior de cuencos y ollas hasta que mis dedos se cerraron sobre un montón de bayas jugosas. Le harían bien; las había recogido con mis propias manos. Con la mano libre busqué la cabeza del hombre. Su pelo era áspero y mis dedos se enredaban en él. Toqué una oreja y una ceja, una nariz y un labio. El hombre intentó zafarse, pero enganché un dedo en sus dientes. Su boca era húmeda y caliente. La llené de bayas y las empujé hacia la garganta. El hombre gimió, atragantándose.

­—Mi pobre bebé –dije, acariciándole el pelo–. Venga, traga.

Tosió salpicándome la cara de trozos de fruta.

—¿Qué haces? –protesté, y le pellizqué la nariz hasta que le oí tragar.

Después me quedé acariciándole hasta que cayó dormido.

 

 

 

IV

Pasé la mayor parte del día afuera. Cuando me quité el pañuelo, la arena y las hojas de los árboles brillaban más que nunca. Traje agua del pozo. Regué las plantas y recogí leña en el bosque. Remendé las redes, silbando sin cesar la única melodía que conocía. Una canción sin palabras que me había enseñado madre. Quería preguntarle si nos íbamos a quedar con el hombre, pero me daba miedo. Nunca me dejaba quedarme con los animales que atrapábamos, por mucho que se lo suplicara. Simplemente decía que no. Y les retorcía el cuello.

—Eres un ángel –dijo madre cuando entré en la choza con el pañuelo ya atado sobre los ojos.

Me revolvió el pelo y me guió hasta la mesa. Puso un cuchillo y un tenedor en mis manos. La comida sabía mejor con los ojos cerrados. Comimos sin hablar, conscientes de la presencia del hombre en la cama. El silencio estaba lleno de él. Me fui a la cama pronto. Cuando madre se metió en ella conmigo le ardía la piel, y el aliento le olía a champiñones y a harina húmeda. Temí que hubiera estado alimentándose del hombre. No quería que ella supiese lo que yo había aprendido sobre él. Me puso el brazo, pesado como un leño, sobre la espalda. No me moví, a pesar de que casi no me dejaba respirar.

 

V

Al día siguiente, me levanté de mal humor. Caminé sin rumbo por la choza, chocándome contra las esquinas y las sillas. Tenía la garganta cerrada y me escocían los ojos. Me dolía el cuerpo y me hormigueaban las articulaciones. En cuanto madre salió al exterior, me acerqué al hombre. Me senté en el jergón y le acaricié el pelo, pero no respondió. Le tironeé del pelo del pecho y le mordí una tetilla, que se endureció entre mis dientes. Gimió débilmente e intentó empujarme. No tenía fuerzas para gritar ni para apartarse de mí. Estaba indefenso. Sentí que la cabeza se me vaciaba y el agujero de cagar se me contrajo como una medusa. Tenía hambre ahí. Tomé la mano del hombre y la apreté entre mis piernas. Pero de pronto oí la llamada de madre y tuve que ir a su encuentro.

Me estaba esperando en la orilla del mar. Íbamos de pesca. Salté en la barca. A madre le brillaba la cara y le chispeaban los ojos. Me sonrió.

—Eres una hermosura –me dijo, pasándome los dedos por la mejilla.

—¿Qué es una hermosura? –pregunté.

—Hermosas son las cosas que no nos cansamos de mirar. Aquellas que, no importa cuánto tiempo hayamos pasado contemplándolas, siempre nos parecen nuevas y siempre nos hacen felices.

Eché las redes al mar y esperamos. Madre cerró los ojos y alzó la cara hacia el sol. Yo hice lo mismo. La cueva que tapaban mis párpados estaba iluminada por un resplandor cálido, como el de una hoguera. Fue allí donde encontré las palabras para la única canción que sé. La canté en mi cabeza. Hermoso como los árboles y los gazapos que corren en la hierba. Hermoso como la espalda de los delfines y las ballenas. Hermoso como las estrellas y la luna menguante. Hermoso como el hombre y yo. Abrí los ojos y descubrí a madre mirándome a través de una rendija entre sus párpados. Temí haber cantado en voz alta sin darme cuenta. No había forma de saber si lo había hecho. Enrojecí. Una sombra oscura borró el brillo de los ojos de madre.

—Sí que estás cambiando –dijo–. Veo que te guardas cosas para ti y no me lo cuentas todo, como hacías antes. Me pone triste.

Sentí que si seguía hablando me iba a echar a llorar. Jalé las redes. Los peces cayeron sobre las tablas, saltando y retorciéndose como pájaros a los que hubieran cortado las alas. Boqueaban pidiendo agua. Los miré morir como si fuera la primera vez. Podía oír sus gritos silenciosos. Tuve miedo. Cogí uno por la cola y le golpeé la cabeza contra la borda hasta que dejó de sacudirse. Hice lo mismo con otro. Y con otro. Madre me miraba con la boca torcida.

—No los magulles –dijo–. Son para el hombre.

 

VI

Madre nos vigilaba de continuo, a mí y al hombre, y por la noche me atenazaba con sus piernas. Durante días no pude acercarme a él sin que ella estuviera delante. De pronto, cansada de verme deambular por la choza, me gritaba: «Sal. Vete a pescar. Recoge madera. Quítate de en medio». Atendía al hombre durante horas y se sentaba en la cama para hablarle y darle en la boca trozos de pescado seco. Decía: «Te vas a poner bien enseguida, ya verás» y otras cosas que yo no entendía.

Por aquellos días no podía dejar de tocarme. Una pereza repentina se apoderaba de mí e iba a tumbarme al lado más lejano de la playa. Me pellizcaba las tetillas y me acariciaba la babosa y deslizaba un dedo dentro de mí. Pero no me bastaba con eso. Sentía hambre por los respingos del hombre, por su dolor dulce. Me mordí los dedos hasta hacerme sangre. Las cosas hermosas dejaron de serlo. Me dieron la espalda. Como un animal atrapado en un lazo, acabé por desear la muerte.

 

Una mañana, madre anunció que iba al bosque a recoger plantas medicinales. Dijo que el hombre estaba mejorando y que viviría. Le pregunté si se quedaría a nuestro lado y dijo que sí. Dijo que todo sería más fácil con él en casa, que nos ayudaría y que yo aprendería cosas de él que ella no podía enseñarme. Madre estaba sonriendo. La alcé del suelo y me sorprendí de lo poco que pesaba y de mi propia fuerza. Nos reímos. Antes de irse, dijo que seríamos una familia feliz. La cabeza me daba tantas vueltas que se me olvidó preguntarle qué significaba la palabra familia.

 

El hombre estaba tumbado con los ojos abiertos. Me miraba. Me sentí torpe al caminar hacia él. Llevaba el pañuelo enroscado en la muñeca. Los ojos del hombre eran fríos como los de un pez. Le acaricié la anguila, pero no se hinchó y él se movió a un lado. Tironeé de ella y la dejé caer, fláccida, sobre el vientre peludo. Temí que madre la hubiera matado. El hombre me miró con los ojos de un animal atrapado y arrugó los labios como si fuera a hablar. Sacudió una mano hacia mí. ¿Quería que me fuera? Dudé. Luego, le tapé los ojos con el pañuelo y lo até detrás de su cabeza. Me quité la ropa y trepé encima de él. Se revolvió y empujé sus hombros hacia abajo con las rodillas hasta que dejó de resistir. El pelo de su pecho me acariciaba los muslos. Le mordisqueé el cuello y los labios. Cada vez que él temblaba y se encogía, en mi cabeza saltaban chispas como arrancadas de un pedernal. Su cuerpo empujaba el mío cuando intentaba apartarme de sí. Su fuerza era mía. Sentí la anguila hinchándose entre mis piernas. Me froté contra ella. El hombre me dio una bofetada. Se la devolví y cogí su mano y la apreté entre mis piernas. Mi babosa latió al contacto con su piel áspera. El hombre me agarró la cabeza con la otra mano. Parecía lo suficientemente fuerte para abrirme el cráneo como si fuera un huevo. Me pregunté si lo haría. Me apreté con fuerza contra él y la anguila se deslizó dentro de mí como un cuchillo con una hoja de dolor y un filo de gozo. Me moví con él y contra él, remontando olas del color de la sangre. Avanzábamos velozmente hacia un acantilado de luz. Me preparé para caer y morir, para abrazar toda la luz y toda la oscuridad. Pero me arrastraron por el pelo fuera de la marea encendida. Sentí un golpe en la boca.

­ —¿Qué haces? ¿Qué le estás haciendo?

Me ardían los labios. Miré a madre, pero estaba muy lejos aunque estaba delante de mí. Parpadeé. Me agarró por las orejas y me sacudió.

—¿Qué diablos estás haciendo?

Las lágrimas me abrasaban las mejillas. No respondí. Y me volvió a pegar.

—¡Lo has arruinado todo!¡Eres un demonio! –gritó, sin dejar de darme puñetazos y patadas.

­—¡Un demonio!¡Un demonio!¡Un demonio!

También ella estaba llorando.

—Ya no quiero tu dolor –grité, agarrando su muñeca y empujándola lejos de mí–. Me hace daño. Solo quiero el dolor del hombre.

Me miró con ojos desorbitados, llevándose las manos al vientre.

—No sabes lo que dices –dijo–. Me estás matando con tu maldad. Lo has arruinado todo.

Madre tenía un cuchillo en la mano. Lo vi volar por la habitación, brillante como un arenque. No me pude mover. Un dolor sordo marcaba el lugar donde el hombre me había penetrado. Quería guardarme ese dolor, agarrarme a él. Madre hizo lo que pensé que nunca podría suceder. Con un solo movimiento de la mano degolló al hombre. La sangre espumosa empujó los bordes del tajo. El hombre se sentó de un golpe y la sangre dejó de manar un instante y luego volvió a fluir, abundante. Le estaba viendo morir. Una lluvia de peces cayó sobre mí. Sus escamas frías me arañaron al deslizarse sacudiéndose contra mi piel. El hombre gorgoteaba por la herida, se ahogaba en su propia sangre. De pronto, se sacudió y dejó de moverse. Estaba muerto y yo no lo podía entender.

Madre habló de espaldas a mí, con el cuchillo aún en la mano. Su voz se había vuelto ronca.

—No me quedó más remedio. Un día lo entenderás. Todo volverá a ser como antes, como siempre ha sido.

Habló, pero yo no la escuchaba. Eché a correr hacia la playa sin volverme. Empujé la barca contra las olas y salté dentro. Flotaba entre los jirones de un sueño. Los gritos de madre eran como las llamadas hambrientas de las gaviotas. «Vuelve, vuelve», aullaba. Se lanzó contra el agua, pero yo remaba deprisa hacia el horizonte espejeante. Con cada golpe de remo me alejaba y ella se hacia más pequeña, atrapada en el borde oscuro del mar. Remé hasta que solo había agua sin tierra a la vista. Y soledad.

***

 

SOBRE EL AUTOR:

Nacho Viñuela (León, 1973), ha escrito relatos esporádicamente y con más o menos fortuna desde su adolescencia. Ha participado en varios talleres de escritura impartidos por Isabel Cañelles. Alguno de sus cuentos han aparecido en revistas y antologías. El borde oscuro del mar fue incluido en la antología “Incómodos”. Nacho vive en un pueblo costero al norte de Edimburgo. Uno de sus trabajos fue seleccionado para la antología de Nuevos Escritores de Escocia en 2013. En la actualidad trabaja en su primera colección de relatos.

 

 

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