Brillante versión de La cantante calva “que sigue peinándose de la misma manera”

Por Horacio Otheguy Riveira

Eugene Ionesco (Rumania, 1909-Francia, 1994) se inspiró en los lugares comunes de un Manual para estudiar inglés y escribió una obra breve en 1950 que tituló La cantante calva. Diálogos ágiles, picados. Diálogos de sordos entre matrimonios que no tienen ningún interés en establecer una comunicación no ya profunda, sino mínimamente atraídos por la vida del otro. El vacío existencial en una suerte de ping-pong coloquial por donde crece el delirio hasta que al final se aterriza en zona segura: la vida cotidiana en la que, en definitiva, todo sucede de la manera más absurda, es decir, más normal.

Una caricatura de pequeños burgueses que entonces creó un nuevo tipo de teatro que revolucionó la escena. Estrenada en París en 1950, siete años después pasó a otra sala, y desde entonces aún se sigue representando por distintas compañías con asombrosa continuidad junto a otra obra maestra del mismo autor. La cantante calva a las 19 horas, y a las 20, La lección.

Aquí y ahora, en el Teatro Español de Madrid, la representación llega a la hora y cuarto con una puesta en escena espléndida, que aporta muy interesantes situaciones a un texto prácticamente desnudo de acotaciones, entregado al talento de sus intérpretes. De hecho, Ionesco consideraba que había escrito una tragedia, y le chocó enormemente que el público se partiera de risa. Después de las primeras funciones añadió el epílogo que da significado a toda la función, un espectáculo que en esta ocasión adaptadora y director logran elevar a una feliz inmersión en novedosos aspectos, aportando un encantamiento por parte de las parejas ante la irrupción de un guapo capitán de bomberos, y con una escena de fantástica sensualidad en torno a un poema de alto voltaje y a la imperiosa necesidad de obtener placer por parte de dos personajes “subalternos”. Aportes de juego sexual que oscilan entre la fogosa inocencia de niños traviesos y la lujuria de adultos desinhibidos, cosas que al pudibundo Ionesco nunca se le hubieran ocurrido: fue un hombre de exquisita cultura y costumbres burguesas en franca contradicción con lo revolucionario de gran parte de su teatro (Las sillas, Delirio a dúo, Amadeo o como salir del paso, entre muchas otras, y sobre todo su obra maestra, Rinoceronte).

Esta puesta en escena de La cantante calva funciona con precisión coreográfica, especie singular de ballet de palabras corrientes entre gente corrientucha y a la vez insólita, “en un ambiente inglés con gente muy inglesa” con vocación tan universal que se desliza por una España que no lleva pandereta ni falta que le hace.

Notable producción en la que todos sus detalles se estrenan bien dispuestos para una larga gira seguramente exitosa, pues genera desde el comienzo (tras un telón transparente, los principales personajes se mueven como marionetas) una empatía irresistible: todos somos ionescanos dejándonos llevar por actores que juegan con una disciplina de clowns rigurosos, gente divertida que transmite con muy poco la juerga en que se han metido, así como los ramalazos de angustia que les caen de pronto con un suspiro, una frase, un leve movimiento…

Joaquín Climent y Adriana Ozores conforman el matrimonio Smith con la seguridad de grandes actores regocijados en los mil y un detalles de los vaivenes del lenguaje, los tonos, los silencios…, ellos son los dueños de casa, con una asistenta para todo llamada Mary (divertidísima Helena Lanza), donde recibirán a los impuntuales Martin (Fernando Tejero y Carmen Ruiz, especialmente lucidos en su larga presentación). Todos juntos harán las delicias de un Capitán de bomberos sui generis que despierta una lascivia largamente reprimida (Javier Pereira se mueve como un afinado comediante con un dominio del gesto bien emparentado con la ajustada vocalización de un galán joven tradicional).

Escenografía y vestuario componen un fresco en el que conviven el surrealismo con el teatro de época sin época (atención al calzado idéntico de los señores, y al de las señoras: diseños surgidos de alguna fábula exótica). En todo caso, un absurdo claustrofóbico en la creación de la escenógrafa Mónica Boromello: ámbito sin ventanas por donde nunca se cuela la vida exterior capaz de romper el círculo de “este gran disparate trágico que en cierta medida nos relaja de la desazón de lo inexplicable y de lo misterioso de nuestra existencia” (Luis Luque, director).

El Bombero (se dirige hacia la salida y luego se detiene) A propósito, ¿y la cantante calva?

(Silencio general, incomodidad)

Sra. Smith: Sigue peinándose de la misma manera.

El Bombero: ¡Ah! Adiós, señoras y señores.

Sr. Martin: ¡Buena suerte y buen fuego!

El Bombero: Esperémoslo. Para todo el mundo.

Helena Lanza, Joaquín Climent, Adriana Ozores, Fernando Tejero, Carmen Ruiz, Javier Pereira.

LA CANTANTE CALVA

Autor Eugène Ionesco

Traducción y versión Natalia Menéndez

Dirección Luis Luque

Ayudante de dirección Álvaro Lizarrondo

Intérpretes Adriana Ozores, Joaquín Climent, Fernando Tejero, Carmen Ruiz, Javier Pereira, Helena Lanza

Música original Luis Miguel Cobo

Diseño de escenografía Mónica Boromello

Diseño de iluminación y video Felipe Ramos

Diseño de vestuario Almudena Rodríguez Huertas

Diseño de peluquería y maquillaje Lola Gómez

Productor Jesús Cimarro

Una coproducción de Pentación Espectáculos y teatro Español

ENCUENTRO CON EL PÚBLICO. Con la presencia del equipo artístico de la obra. Presenta y modera Rosa María Mateo. Jueves 18 de mayo al finalizar la representación. Entrada libre.

TEATRO ESPAÑOL. Del 3 de mayo al 11 de junio de 2017.

Sesenta y siete años desde el estreno en un cabaret (Théâtre des Noctambules), y sesenta años de representaciones continuas en el Théâtre de la Huchette, una de las salas más pequeñas de París, y la más conocida mundialmente, donde se sigue rindiendo tributo a Ionesco y su Cantatrice Chauve, siempre respetando la primera puesta en escena dirigida por Nicolas Bataille (1926-2008).

 

Uno de los elencos de los últimos años, manteniendo siempre la concepción escénica del estreno en 1950.

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