Y Verónica apagó la luz (cuento corto)

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Por Rubén Mesías Cornejo

Verónica cerró con brusquedad el grueso libro de cuentos que estaba leyéndole a Laura, su hija de ocho años, y aunque la acción provoco una encendida protesta por parte de la pequeña, realmente le resultaba imposible proseguir, su vista estaba muy cansada, y su boca solo era capaz de expulsar una absurda jerigonza sin mayor sentido; por tanto Verónica dejó el libro sobre la mesita de noche que estaba al lado de la cama de su hija, se sacó los lentes y procedió a despedirse de ella dándole un tierno beso sobre la frente.

—¡ Mami no te vayas! ¡ Sígueme leyendo el cuento por favor, no seas malita!—le rogó la niña con voz meliflua.

— No puedo hijita, me caigo de sueño. Además tú sabes que mañana tenemos que levantarnos temprano. Tengo que llevarte al colegio y de ahí irme para la oficina. Mañana te seguiré leyendo este cuento que tanto te gusta, te lo prometo.

Verónica le volvió la espalda, y ya iba camino a la puerta para apagar la luz, cuando su hija hizo un nuevo intento para retenerla a su lado.

— ¿ Podrías dormir conmigo mamita?—preguntó tímidamente la niña. Verónica deshizo su camino y volvió rápidamente junto a la cama donde estaba acostada su hija, para contestar con otra interrogante:

—¿ Por qué me pides eso? ¿ Acaso sucede algo cuando me voy y apago la luz?—dijo Verónica un poco extrañada ante semejante revelación.

—Cuando apagas la luz oigo la voz de un señor que quiere que me vaya con él, dice que viene de un país muy lejano donde los niños jamás crecen y viven lejos de sus mamás,¡ Mami tengo miedo, mucho miedo, no quiero que ese hombre me lleve con él!! Yo quiero ser grande y tan bonita como tú! —repuso Laura arrojándose hacia los brazos de su madre, con esa sinceridad que solo los niños son capaces de demostrar.

Verónica abrazó su hija, y aquel simple contacto le hizo saber que Laurita estaba diciendo la verdad, y aunque a ella, con su mente de mujer adulta, aquella historia le parecía ciertamente inverosímil, comprendió que no era momento de juzgar la cuestión desde su propia perspectiva, sino de asumirla tal como lo estaba haciendo su hija; solo de esa manera Laura se sentiría protegida y menos vulnerable ante el descabellado requerimiento de aquel individuo misterioso. Por todas esas razones, Verónica decidió quedarse en la habitación de su hija y pasar la noche junto a ella, de ese modo la haría sentirse más segura y de paso le demostraría que sus temores eran infundados, poco a poco Laura tendría que ir comprendiendo que la realidad y la fantasía son tan disímiles como el agua y el aceite.

— ¡ Dime que te quedaras conmigo esta noche mamita! — berreó Laura volviendo a la carga de nuevo.

—Por supuesto que me quedaré. Ahora tendrás dos guardianes junto a ti, tu perrito Balajú y yo—dijo Verónica haciendo mención del enorme can de peluche que acompañaba a Laura durante su siesta nocturna. La sola mención de Balajú hizo que Laura recordará su existencia haciendo que lo abrazará fuertemente, mientras se dirigía a él como si fuera un ser racional y viviente:

—¡ Mamita es muy buena Balajú! se va a quedar a dormir con nosotros esta noche ¿ No estás contento? El peluche no ladró, ni hizo nada especial para demostrar que estaba contento, simplemente permaneció quieto con su sonrisa dibujada y sus ojos redondos y fijos como mirando la cara de su pequeña propietaria.

—Estoy segura que Balajú está tan contento como tú hijita—dijo Verónica mientras se subía a la cama, ante la evidente alegría de su hija, y agregó —Bueno, creo que ya es momento de apagar la luz. Hasta mañana, Laura.

—Hasta mañana, mamita—contestó la niña cerrando los ojos y acurrucándose junto a ella mientras abrazaba con fuerte al perro de peluche que había bautizado como Balajú. Verónica cubrió a la niña con la sábana y se dispuso a apagar la luz. Entonces sus ojos se posaron largamente sobre el interruptor, parpadearon una vez y de pronto el cuarto quedó sumido en una penumbra total, demostrándole una vez más que sus facultades telequinesicas permanecían todavía incólumes; sin embargo, a diferencia de su hija, Verónica no se quedó dormida, más bien se quedó a la expectativa de lo que pudiera suceder; por eso aguzó el oído y esperó, pues era factible que el escenario descrito por su hija pudiera suscitarse. No paso mucho tiempo antes de que su paciencia se viera recompensada por el surgimiento de una serie de ruidos que principiaron a oírse con estrépito por todo el cuarto de un modo semejante al que producen las gotas de lluvia cuando chocan contra el techo de una vivienda, pero el fenómeno no se quedó allí, más bien pareció que una vez manifestado no tenía verdaderas intenciones de irse, pues aquellos ruidos se tradujeron en unos pasos que golpeaban el suelo con ira, y que parecían brotar de los rincones más tenebrosos de aquel cuarto ahora en penumbra.

De manera inexplicable, aquellos fuertes sonidos no propiciaron que Laura se despertase, ni dejara de abrazar a Balajú, su perrito de peluche. Estaba profundamente dormida y era bueno que continuara así pensó Verónica porque era preferible que el miedo lo sintiera ella y no su hijita Y aquel ser furtivo, salido de las sombras, se aproximó todavía más a la cama, ahora la nariz de Verónica era capaz de percibir el tremendo hedor que emanaba aquel cuerpo oculto por la oscuridad más espesa, sembrando, a la vez, el desconcierto en la concepción que tenía sobre el funcionamiento del mundo, porque en buena lógica esto no tenía que estar sucediendo; de pronto concibió la esperanza de que era posible que si procedía a encender la luz todo se disiparía vertiendo el potente antídoto de la realidad dentro de aquel exótico sistema de cosas. Verónica volvió a parpadear, y la luz volvió a imperar por todo el cuarto de nuevo, entonces descubrió que estaba frente a un hombre configurado de una manera muy extraña, pues tenía un par de pequeños cuernos sobresaliendo de su frente, y de la cintura para abajo su cuerpo aparecía cubierto de una espesa pilosidad a la manera de los licántropos, sin embargo la semejanza acababa ahí pues el rostro de este ser era plenamente humano, y lampiño por añadidura, quizá tuviera cola pero no podía afirmarlo porque aparentemente ningún apéndice caudal había asomado detrás de la espalda de aquella criatura.

El cornudo y maloliente ser, parecido a un sátiro, se plantó frente a ella demostrándole que existía y de la inutilidad de su esfuerzo por amortiguar su presencia mediante el conjuro de la luz, después le dedicó una mirada intensamente lasciva que hizo sentirse a Verónica como si le estuviese arrancando toda la ropa para saciarse con la contemplación de su belleza al desnudo, eso fue algo que la ofendió profundamente, pero no podía hacer nada para evitarlo; entonces la criatura abrió la boca y dijo:

—Eres más hermosa de lo que imaginaba, tu hija tenía razón en alabarte y cumplió su promesa de que estarías aquí esta noche. Te llevaré conmigo y serás la preferida entre todas las concubinas que posee mi Amo, allá en la Tierra de Oxlaten, que así llamamos al mundo paralelo del cual procedo.

—¡ No te me acerques! ¡ Te lo prohíbo!—exclamó Verónica mientras apelaba, de modo inconsciente, a su capacidad telequinesica para intentar frenar el avance del sátiro hacia la cama, pero sus esfuerzos no rendían fruto.

—¡Tus poderes no te servirán conmigo, bruja!, solo pueden influir sobre las cosas y los seres de este plano de realidad, ¡ Vendrás conmigo, si o si! ¡ Nadie hace esperar al Amo Oxlaten!

Entonces el sátiro se abalanzó hacia Verónica y la cargó con sus poderosos brazos, haciendo caso omiso de sus gritos, y en unas cuantas zancadas la condujo hacia la ventana desde la cual se divisaba no el cielo nocturno de la Tierra, sino un firmamento crepuscular, repleto de grandes islas flotantes que lo estaban atravesando como una flota de lentos cruceros espaciales en eterna procesión ; algunas parecían cercanos y otras distantes, y Oxlaten era una de esas ínsulas peregrinas adonde tenía que llevar a la fémina que había logrado capturar; en eso el sátiro plantó sus pezuñas sobre el alfeizar de la ventana, calculó la distancia y saltó al vacío con la seguridad de que Oxlaten y no el vacío interdimensional estaría ahí llegada la hora de hollar el suelo de aquella tierra firme e ingrávida.

Los ladridos de Balajú despertaron a Laura, poniendo sumamente contenta a la niña; el amo del sátiro había cumplido su palabra convirtiendo un ser viviente al peluche que pasaba la mayor tiempo junto a ella compartiendo pasivamente sus penas y alegrías infantiles; el pequeño cachorro lamió cariñosamente la cara de la niña una y otra vez , ayudándole a consolidar su convicción de haber hecho un trato justo y muy favorable para ella: después de todo había cambiado a una madre huraña y aburrida por una mascota fiel y siempre cómplice.

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