Hablemos del tiempo (de qué si no)

Venimos atravesando (solo en el hemisferio norte del planeta pues, aunque nos cueste aceptarlo y lo olvidemos con frecuencia, no todo el mundo se rige con nuestro propios baremos) una primavera inestable en la que hoy llueve, mañana subimos de los treinta grados y al día siguiente hay que volver a encender la calefacción pues por la noche refresca…

Y aunque los vaivenes meteorológicos no consigan crear un consenso mundial sobre los efectos del cambio climático (sí, así vamos en algunos países: descendiendo en caída libre) al menos nos distraen, nos entretienen, nos dan mucho de qué hablar en nuestras conversaciones diarias cuando no sabemos o no queremos hablar de nada más y nos parecen meritorios de muchos minutos de información televisiva. A la vista está: muchos telediarios ya dedican a la información meteorológica casi tanto tiempo como al otro gran segmento de los programas de noticias: los deportes (perdón, quiero decir, el fútbol) y la presentan envuelta en confeti y celofán en un espacio confuso en el que se mezcla el ambiente de una clase de ciencias con el humo de una casa de apuestas y con la superstición y el barullo popular. Estos últimos representados con multitud de fotitos enviadas por los televidentes y con las sesudas entrevistas realizadas a pie de calle para que los paseantes nos den su valiosa opinión sobre la pertinencia del calor de hoy, del fresco y la lluvia de mañana, del impacto de la sequía de estos días o del susto del granizo imprevisto de ayer.

Que ya se sabe: es el tiempo el que está loco.

Pero para la tranquilidad general, parece que ya sí, por fin, llega el verano a esta parte del mundo con su contundente imaginario y el apabullante significado que le damos por estas tierras: la tregua de las obligaciones, el buen tiempo, los puentes, el sol, las rebajas, las fiestas, las playas y esa deliciosa época del año en la que cualquier fin de semana parece unas mini-vacaciones. Nos llega el tiempo del merecido descanso, la relajación, la necesidad de desconectarse (tan repetida y anhelada que parece ser el nuevo nirvana del hombre moderno, el cual todo el mundo desea pero nadie alcanza) y la tendencia generalizada y patrocinada a no ocuparnos de nada serio que pueda comprometer nuestro plácido estado vacacional.

Pero la realidad es tozuda y las cosas pasan, y siguen pasando, aunque uno las ignore o se resista a prestarlas atención. Y, lo pensemos o no, las cosas cambian de significado según quién las viva y las experiencias que nos relacionen con ellas.

El mar mediterráneo que me espera meciendo amable la promesa de mi merecido descanso.

El mar mediterráneo que me separa infranqueable de la posibilidad de un refugio que sueño seguro y digno.

Las olas del mar que me acunan y relajan como a tantos otros a mi alrededor.

Las olas del mar que me atrapan y me hunden hasta el fondo, como a tantos otros antes que a mí.

La playa, como destino deseado tras un año estresado, cargado y difícil.

La playa, como destino idealizado huyendo de una vida terrible, injusta y peligrosa.

¿Y qué se puede hacer? Suele ser el eco que retumba en la paredes cuando nos asomamos a estas cuevas tan oscuras.

Pensarlo y tenerlo presente en las conversaciones, en las emociones, en nuestras acciones y decisiones es, quizá, el primer paso imprescindible para que cada uno podamos comenzar a construir una respuesta que contribuya, con algún granito de arena, a alguna solución.

Y no olvidar nunca que no estamos solos en el mundo y que la realidad esconde muchas, muchas caras entre los pliegues de un día cualquiera.

Fernando Travesí

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