Relato Culturamas: Lo que hacen los adultos es muy raro, de Daniel Baudot

Esta semana os dejamos una historia de jóvenes precarios, de inestabilidad laboral y emocional. Un mundo que no acaba de arrancar en el que parece que hacerse adulto es más difícil y extraño que nunca. Esperamos que os resulte sugerente.

Podéis descargar el relato aquí Lo que hacen los adultos, Relato Culturamas 8 de junio

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LO QUE HACEN LOS ADULTOS ES MUY RARO

DANIEL BAUDOT

No iba a encontrar un trabajo de verano mejor. Pero trabajar es una puta mierda, no se cómo coño se me pudo ocurrir. Limpiar la mierda del resto, todos los días. Además, mis compis son todos un poco gilipollas. En especial mi tía.

Suelto el carrito de la limpieza y entro en la habitación 234. Lo primero que pienso es en salir de ella. Da asco. Apesta a tabaco del barato y las ventanas están cerradas. Me recuerda a mi madre diciéndome que limpie la mía.

¿No has lavado el uniforme? — mi tía me recrimina. Efectivamente, no lo he hecho, ni lo voy a hacer hasta que me echen. Como si tú lo hubieras lavado, gorda. Todavía te quedan restos de la comida de ayer. Aunque menos que a mí — ¿¡Eres imbécil!? — me pega un collejón — Hay mucha gente que querría tu trabajo, gente que no tiene qué comer…

Dios…qué pesada. Siiii, lo he lavado pero al desayunar esta mañana se me ha roto la taza del café y me he manchado.

La taza, claro… — niega con su diminuta cabeza y el pelo negro se mueve como cemento, con las raíces más grises que el polvo viejo.

¿Se lo vas a decir a mi madre? — le reto con la mirada.

Bastante tiene contigo. Encima que te hago un favor y así me lo pagas…¡me desprecias! — grita. Joder que si grita.

Mañana la lavo — dios, qué coñazo.

No veo nada. Todo está negro como el interior de una tumba. Levanto las persianas y la luz me deja ciego unos segundos. Sería mejor no haberlo hecho.

La cama de matrimonio está deshecha y las sábanas y el edredón cuelgan a sus pies como una lengua estampada de flores. Me apetece tocarle los cojones a mi tía otra vez. Esto nos va a llevar mil horas y quiero sentarme a mirar mi Instagram de una vez.

Joder — digo.

Esto es lo peor de este trabajo. Esto no está pagado — le susurra a su cuello de madera. Por suerte me ignora.

La habitación tiene las paredes amarillentas y no es demasiado grande. Al verla, la palabra lujo se te viene a la cabeza inevitablemente. De un vistazo veo mierdas tiradas por el suelo: lo pimero en lo que me fijo es un condón. Puto suertudo.

Eh tía, mira — cojo el condón con los guantes y se lo enseño — alguien lo ha pasado muy bien por aquí.

¡Asqueroso! ¡Suelta eso! a saber quien se lo ha puesto, ¡qué asco! — el condón no está usado, esta vacío.

Está dado de sí — lo estiro con las manos, como tensando un arco y dispuesto a cazar a mi presa. Mi tía me mira seria — Parece que han optado por algo mejor — arquea la ceja derecha y baja la cabeza casi sin que se note — ¡Follar a pelo! — y le tiro el condón, que le da en el cuello. Se convierte en un animal viejo y feo y furioso — lo que tú no has hecho desde la prehistoria, vieja, ja, ja ja.

Mi tía grita y se lanza a por mí con sus garras depredadoras de sueños de adolescentes. Da un gran salto con sus piernas de marrano y me arrea un revés que ya me hubiera gustado que fuera manca. Menudo hostión. Caigo al suelo y me lamo la herida con la palma. Con la asquerosa palma.

Ay, hijo…¿estás bien? — aparece la faceta que finge ser todo el tiempo: una mujer/ cuidadora que se preocupa por los demás. Pero a mí no me engaña. Se agacha a ver mi cara, pero le quito las manos de un aspaviento. Me levanto con los huevos en el estómago, rugiéndome.

Vamos a seguir — digo, castigándola. Me hago la promesa de no volver a mirar su repugnante jeta. Y no lo hago.

Nos movemos por la habitación rápido, ella coge las sábanas y yo recojo el envoltorio morado del misil de látex. “¿Por qué no lo habrán usado? Si la tenía en el bote”. Le hago una foto y lo subo a Snapchat: “esto sí que es un buen trabajo” escribo, y le pongo el emoji de las gafas de sol.

Traigo el carrito con el moflete todavía picante y tiro el envoltorio dentro sin mirar. Miro el resto, el facóquero a mi derecha está sacando fuera las putas sábanas y las sacude a palmadas. Le cuelga la cara.

En el suelo hay un plato grande, es un filete de buey a la parmesana con tomates cherry. Otra cosa no, pero el menú lo tengo controladísimo. Está frío y casi entero, solo le falta un trozo. Un trozo que está regurgitado en el borde del plato blanco. Qué asco, joder: es una masa de plastilina pasada por agua, entre marrón y amarilla. No queda ni uno de los pequeños tomates que traía el plato. Lo recojo.

El menudo kiwi con patas vuelve sin las sábanas y se queda mirando el plato. Muérete de hambre.

¿Qué es eso? — me pregunta. No respondo y me parto un trozo del filete y lo muerdo como un pitbull — Deja eso, Darío — la gorda busca darme un manotazo pero lo esquivo. Tiro el resto del contenido del plato al carrito, junto con los cubiertos y miro desafiante a mi tía, que mete la mano en la bolsa sin fondo y los vuelve a sacar para colocarlos donde coño vayan.

Me vuelvo sobre el cabecero de madera pulida de la cama y cojo la almohada. Está húmeda. No me lo puedo creer, WTF. Mi tía abre las ventanas mientras yo pego mi nariz a la mancha de lo que espero que sea agua. Pero no lo es. ¡No lo es!

¡Tíaaa! ¡qué puto asco! — lanzo la almohada a tomar por culo y mi tía se acerca a ella y la huele. Si, huélela como la perra que eres. Sin mirarme, la coge y se la lleva.

Voy a decírselo al señor Ramírez — y se va meneando la grasa de su espalda.

Me imagino a los dos amantes en la cama diciendo: “Ey cariño, ¿te apetece follar?” y la tía como “No, hoy no mi rey, mejor mea en la almohada mientras yo te miro”. “Putos degenerados”, y me río solo. Muy solo.

Recojo el resto de la habitación, los envoltorios de dos tabletas de chocolate, una de Milkybar y otra de Milka con Oreo. Ni rastro del chocolate. Ese era mi favorito antes de lo de Marina_celi, ahora me recuerda a ella. A ella. El amor de mi vida. Al amor de mi vida y a la foca peluda que lo jodió todo.

¿Para qué coño te metes? Sigo limpiando la habitación cuando oigo voces fuera. Salgo y me encuentro a la morsa escuchando el sermón de una mujer alta y robusta, vestida con un pañuelo de seda rojo, vaqueros y unas zapatillas de casa rosas con orejas de conejo.

A ver si cuidamos quién entra aquí… — señala a la gorda con un dedo acusador — ¡Los de al lado no han parado de golpear la pared en toda la noche! Un golpe tras otro, ya está bien. A todos no nos va tan bien en nuestro matrimonio.

Perdone, señora — la perra gorda está cabizbaja y con las manos entrelazadas sobre su ombligo.

¡Hablaré con tu jefe! — puedo ver los dientes de la mujer hambrientos de joder la marrana. Así se hace — ¡nada más que puñetazos y más puñetazos! — y cierra de un portazo. La gorda viene hacia mí.

Así que gemían como ciervos en celo, ¿eh? — le digo sonriendo.

Es la segunda que se queja de los golpes. La otra se quejaba también del grito. Gilipollas… — y vuelve a la 234.

Entramos al baño y las toallas están impolutas. El váter sin usar y la ducha sin una sola salpicadura. Es de agradecer cuando saben que los currantes nos partimos el lomo. Dejamos las toallas donde están y buscamos algo raro en el baño. Algo raro que no aparece, y nos vamos. La gorda habla otra vez.

Igual Merche ha estado aquí antes y lo ha dejado a medias — muestra una expresión de no tener ni idea de nada y la sigo.

¿Qué clase de personas están toda la noche follando y no usan el baño ni para beber agua? El tío debe ser un Enrique Iglesias. El grito debió ser la culminación de una noche perfecta. Y a pelo.

Busco en todos los rincones aburriéndome como una sopa y debajo de la mesita de noche encuentro algo. Parece algodón y son piezas pequeñas. Lo saco. Son unos calcetines rosas de niña, con rayas blancas horizontales y los talones otro material, ligeramente más duro. Tienen el color de los labios de Marina_celi.

¿Qué es eso? — me pregunta el engendro verrugoso, y yo se lo enseño sin parpadear.

¿Limpiaron la habitación ayer por la mañana? Yo libré.

¡Dios mío! — los ojos intentan salírsele de las cuencas. Es graciosa la orangutana cuando tiene ese careto. Coge a toda prisa los calcetines y los mira, los vuelve del revés, se los acerca a los morros, los aleja, los estira, los encoge…y se detiene.

Ayer estuvo Merche… me dijo que… — habla, puta vieja. Dios, qué coñazo es la gente vieja. No valen para nada — Se vuelve y sale disparada como una bola de papel arrugado al que le pesa el culo. Yo la sigo, bajamos las escaleras y terminamos en recepción. Parece la sala de espera de un hospital para millonarios.

Disculpa, Ángela — y le pregunta quién estaba ayer en la 234.

Una señora que se fue sin pagar — su tono es lo más parecido a un androide — es esta — y nos enseña un DNI con la foto de una mujer con el pelo rapado y dos grandes aros de circo colgándole de las orejas — pidió el filetre de buey y poco más. Los de las habitaciones contiguas dicen que no les dejó dormir. Qué raro — y subimos a la habitación otra vez, yo preguntándome qué habría pasado y la pasa seca… supongo que pensando en comida.

La obesa mórbida se guarda los calcetines y seguimos a lo nuestro hasta que el resto de habitaciones están casi terminadas.

¿Sigues enfadado conmigo? — me pregunta mi tía.

Si.

Darío, es por tu bien — se me acerca y me posa su garra en el hombro — todo lo que hago es lo que creo que es lo mejor para ti, cariño — la miro pensando en Marina_celi.

No — suelto.

Venga, vete a casa, mañana estarás mejor — me dice la muy guarra y yo me voy de allí. Que ella termine, le está bien empleado. Al pasar por la puerta de la 234 veo a un niño pequeño con unas ojeras más grandes que él. Parece sacado de un colegio católico y a punto de llorar un lago. Su boca tiene forma de rombo.

¿Te has perdido, chaval?

¿Dónde está Camila?

¿Quién es Camila? ¿Tu madre? — me agacho y le miro.

Camila quería jugar pero yo no — llora — El suelo de debajo de los coches ta frío — y yo ahí le dejo. Tengo mis propios problemas. Mientras me voy le oigo decir “lo que hacen los mayores es mu raroooo”.

Me cambio de ropa y salgo por la recepción, donde hay cuatro personas hablando con un par de policías. Entre ellas, la mujer del pelo rapado, que seguro que intenta que le perdonen la deuda. Pero no, te jodes. Te han pillado, puta y lo vas a pagar. Además con niños, puta pederasta. Ahora sí que vas a llorar. Salgo del hotel.

Adiós, Darío — el portero inclina la gorra. Que le jodan. Por qué me habré buscado este curro. Es una mierda. Siempre limpiando la mierda de los demás, a todas horas, todos los días. Trabajar y hacerte adulto, para luego encontrarte solo con cosas raras. Condones, almohadas meadas, chocolate y calcetines de niña. ¡De puta niña! ¡Joder!

Desde luego lo que hacen los adultos es muy raro. Saco el móvil y pienso un mensaje que se merezca el melón andante que es mi tía, por todo lo que ha hecho por mí. Entonces, abro la pantalla de WhatsApp y escribo: “Te odio”.

SOBRE EL AUTOR:

Madrid, 1992. Daniel Baudot es graduado en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid, con un máster en Escritura Creativa por Hotel Kafka. Ha publicado relatos, microrrelatos y poesía, tanto online como en medios físicos. Desde 2014 escribe en el blog https://l0r3m1p5um.blogspot.com.es/ y actualmente se dedica a la redacción publicitaria.

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Una respuesta a Relato Culturamas: Lo que hacen los adultos es muy raro, de Daniel Baudot

  1. Un horror. No hay nada de interés en este increible relato. Y de veras esto lo ha escrito un licenciado? Tio, con todo respeto, dedícate a otra cosa.
    De nada,

    Un mal lector
    8 Junio 2017 at 22:23 pm

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