Transmutar la luz de los días en símbolos

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Por Sebastián Gámez Millán.

Título: Poema.

Autor: Rafael Argullol.

Editorial: Barcelona, Acantilado, 2017, pp. 1186.

El proyecto al mismo tiempo vital, filosófico y literario de Rafael Argullol (1949) es uno de los más singulares y ambiciosos de las letras hispánicas de las últimas décadas. A lo largo de sus más treinta libros no solo ha cultivado diferentes géneros, desde la poesía al ensayo y al tratado, pasando por la narración, el libro de aforismos, el artículo periodístico, el libro de viajes… sino que además ha procurado que sean diferentes experimentos, de acuerdo con el dictum de Nietzsche: “la serpiente que no muda de piel está muerta”. La vida es, pues, metamorfosis sin fin.

Argullol concibe la literatura, en su sentido más amplio del término, cuya etimología desciende hasta “littera, letra, símbolo”, como experiencia + experimento. Su escritura ha sido calificada por él de “transversal” por su capacidad de adaptarse a diversos géneros o, si se prefiere, por su capacidad de integrar diversos géneros. Poema es una obra de más de un millar páginas –por su extensión es, junto con Visión desde el fondo del mar, posiblemente su obra más ambiciosa– en la que desde el 1 de enero de 2012 hasta el 1 de enero de 2015 escribe cada día un fragmento que puede ser un poema, una meditación, una narración, una reflexión, un sueño… pero la obra no es ni un poemario ni un dietario, género tan arraigado en la cultura catalana, ni un libro de memorias… Quizá se podría afirmar que es una obra intersticial entre diferentes géneros, pero en todo tiempo dirigida por una voluntad poética, es decir, una voluntad de transformar la luz y la belleza pasajera de los días en símbolos perdurables.

El método del que se ha valido para este experimento en el que transmuta su experiencia vital, filosófica y literaria oscila entre la lente del microscopio, que le ha permitido hurgar en el subsuelo de su intimidad y su subjetividad, y la lente del telescopio, que le ha permitido buscar lo general y lo universal. Pues la literatura, al igual que el arte y la filosofía, pueden hablarnos del “yo”, naturalmente, pero si no puede elevarse y reflejar el “nosotros”, pierde uno de sus poderes fundamentales. Por lo demás, como reconoce el propio Argullol, “el yo en singular no existe, es una hermandad, una polifonía”.

Teniendo en cuenta los anteriores métodos, los límites de Poema son, por un lado, lo demasiado obsceno, y con ello se distancia de la creciente literatura del yo que explicita excesivamente, hasta lo pornográfico; y, por otro, lo demasiado abstracto, pues huye de la idolatría del concepto y del sistema, que una vez que lo has creado obliga a la tiranía de obedecerlo. Todo ello revela una ética que a su vez contiene una estética, si es que no son una y la misma cosa, como indicó Wittgenstein.

Curiosamente, toda la escritura de Poema está atravesada por siete leyes o, si se quiere, tendencias que Argullol ha definido así: 1) Silencio: entiende lo poético como una destilación desde el silencio. 2) Retorno al origen: mas no como una nostalgia, sino como un ejercicio de futuro. 3) Intempestivo: ser “libres respecto al qué dirán” para procurar ir más allá de la actualidad. 4) Depuración: desnudez. 5) Lentitud: le interesa con la escritura poética fijar el tiempo, pero no el tiempo lineal, sino más bien la circularidad del tiempo. 6) Juego: no solo de los sentidos, con los que trata de pensar. Aquí también conviene rememorar a Schiller: “el hombre solamente es hombre completo cuando juega”. 7) Jovialidad: lo poético tiene que reafirmar la grandeza y la riqueza del presente. En términos de Nietzsche, es la voluntad de poder del arte, que afirma la vida.

El lector ideal de Poema, como le dijo Argullol a su editora, sería aquel que cada día leería una página, en un movimiento que duraría exactamente tres años, los mismos que la composición de la obra. No sé si encontrará un lector así, con esa paciencia. Lo que no es imposible es que esta obra encuentre lectores que quieran reescribirla, no de manera completa, sino aún mejor, que quieran emular su impulso creador y levantar cada día un pequeño monumento de palabras, transmutar las fugaces vivencias en perdurables símbolos de experiencia.

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