El éxito que viene: esperadas reposiciones y jubilosos estrenos en La Abadía

Por Horacio Otheguy Riveira

Una estimulante programación en la que prevalece un teatro histórico de muy variadas proyecciones estéticas, con el abuso de poder como enemigo esencial. El pasado lejano o más inmediato se presenta en obras que, tras larga gira, regresan al punto de origen, así como estrenos que se prevén apasionantes. Ayer, hoy y mañana entre sobresaliente gente de teatro.

En septiembre vuelven por tercera vez los impactantes Incendios dirigidos por Mario Gas con Laia Marull, Ramón Barea y Nuria Espert. Así arranca una emocionante nueva temporada con otras reposiciones (grandísima Concha Velasco como Reina Juana) y estrenos importantes como La ruta de Don Quijote de Azorín con Arturo Querejeta, y Veinticuatro horas en la vida de una mujer, musical de origen francés para cuatro músicos y tres actores basado en la novela homónima de Stefan Zweig, con Silvia Marsó, Marc Parejo y Víctor Massán.

 

Del 7 de septiembre al 8 de octubre: Incendios

 

Una mujer acaba de morir y hoy abre la puerta a su silencio y a sus secretos. Deja a sus gemelos un traje de tela verde, un cuaderno rojo y dos sobres que son como dos cajas de Pandora de las que surgen males y maravillas, y cuyo contenido les va a arrastrar a una fabulosa odisea, hacia un continente lejano, hacia un pasado desconocido, hacia un segundo nacer.

 

El teatro se suma al cine logrando un paulatino crecimiento dramático. Se ha realizado una puesta en escena de magnética riqueza plástica y sinfónica, pues las voces de sus ocho admirables intérpretes se escuchan como un concierto que cumple con todas las exigencias de armonía.

Un espectáculo que se sigue como una superproducción histórica que nunca pierde interés a lo largo de 3 horas en las que Laia Marull compone con gran talento a la protagonista en su difícil periplo que va de la excitante adolescencia a la dramática madurez, hasta que en su vejez asume el papel la serena sabiduría de Nuria Espert, ambas maravillosamente guiadas por un grandioso Ramón Barea: grandeza en la elaboración de los pequeños detalles, en un notario esencial en la historia, siempre con su cuota de singular misterio, hombre de apariencias sencillas contrarias a su acción. Detrás de sus complacientes “por supuesto, por supuesto”, un tipo valiente, cabal, que llama a las puertas más hostiles, que encuentra tumbas y socorre otras, en un devenir de angustias que lo mismo se desatan en llanto que abren caminos insólitos. Tras este coprotagonista esencial, el mismo actor se ocupa de otros tres breves personajes fundamentales en el desarrollo de la historia. Cada aparición, un portento.

 

Del 28 de septiembre al 15 de octubre

En el 50º aniversario de la muerte de Azorín (1873-1967) La ruta de Don Quijote es una adaptación escénica de sus crónicas escritas en 1905, cuando el diario madrileño El Imparcial le envió a La Mancha con el objetivo de repetir el camino del magnífico personaje.

Eduardo Vasco aprovecha este fascinante texto narrativo, periodístico y poético para convertirlo en una entrañable experiencia histórico-teatral, de la mano de Arturo Querejeta.

Se trata del debut del gran actor en un espectáculo unipersonal, después de muchos años incorporado a la Compañía Nacional de Teatro Clásico, donde protagonizó inolvidables producciones, algunas de las cuales también fue dirigido por Eduardo Vasco, con quien ya en su propia Compañía continuó una ascendente carrera llena de éxitos personales, de crítica y público: una dedicación intensa y de gran compenetración entre director e intérprete en títulos como El castigo sin venganza, de Lope de Vega, y nada menos que cinco obras de Shakespeare: Hamlet, Noche de Reyes, Otelo, El mercader de Venecia, Ricardo III.

 

Intérprete: Arturo Querejeta. Versión y dirección: Eduardo Vasco. Ilustraciones en vídeo, escenografía y vestuario: Carolina González. Iluminación: Miguel Ángel Camacho. Espacio sonoro y vídeo: Eduardo Vasco. Música: Enrique Granados, Dmitri Shostakovich, Eduardo Vasco.

Del 11 de octubre al 12 de noviembre: Reina Juana

Todos somos extranjeros al nacer porque llegamos a un mundo que no nos pertenece.

Concha/Reina atrapa al convertirse en la niña, lo mismo que en la adolescente que atraviesa un mar encrespado en su primer viaje en busca del marido impuesto, y también cuando se transforma en una muchacha dichosa que baila con aire juvenil y esperanzado y descubre los placeres sexuales en manos de un esbelto muchacho cuyo idioma no entiende… Asume una sucesión de interpretaciones muy medida, muy calibrada, pero que noche a noche se recrea en el placer infinito de la repetición que todo gran intérprete teatral modela en una búsqueda permanente de tonos de voz, facetas, ángulos, luces y sombras…

Se trata de una producción ambiciosa, de gran fidelidad a los acontecimientos históricos y de notable belleza audiovisual sobre un texto que margina sobreentendidos, de tal manera que el espectador más lego en la materia puede comunicarse en plenitud lo mismo que el historiador bien avenido: Reina Juana I de Castilla, la que nunca gobernó, incapacitada por padre y esposo, se erige en uno de los más grandes personajes femeninos de la historia del teatro español (sobre quien también escribió Benito Pérez Galdós en 1918), aquí y ahora, dejando de lado los intentos anteriores en todos los géneros. Hay aquí reverencia e insolencia, crítica al poder establecido de entonces y profunda piedad por una mujer de enorme valentía en un mundo de hombres siniestros que creían obedecer los mandatos del dios verdadero.

 Del 2 al 19 de noviembre: Yo, Feuerbach

 

Un hombre perdido intentando romper el silencio de dios. Quizás “Hacia la alegría II”, una segunda parte olímpica. Textos distintos, espectáculos diferentes, pero Pedro Casablanc vuelve a estar solo en escena, a solas consigo mismo, con un personaje que despliega alas de felicidad y angustia ilimitadas. Un actor prodigioso que interpreta a un primer actor que lo fue y lo sigue siendo, pero ya sin público. Una maravilla que revive en la memoria del espectador porque cuanto sucede en la Sala José Luis Alonso del Teatro de La Abadía a través del texto alemán de Yo, Feuerbach trasunta la terrorífica soledad de cualquier ser humano a solas con sus fantasmas: esas emociones forjadas en frustraciones y triunfos en constante representación.

En 2014, con Hacia la alegría en la sala grande de La Abadía, el despliegue físico de Casablanc era impresionante en un contexto de demoledora crítica social con el propio actor completamente desnudo durante gran parte de la función. Esta vez no se desnuda físicamente pero su desnudo moral y emocional es probablemente mucho mayor. La angustia del intérprete en busca de la aprobación “divina” de un gran director o, mejor dicho, un director aceptado socialmente como monstruo sagrado, un director que puede conseguir que del actor se diga que ha estado “inmenso”, siempre a merced de los aplausos y de la aprobación de críticos, directores, colegas: la mirada del otro aprobando o desaprobando su tarea, por otra parte fugaz, perecedera.

Yo, Feuerbach se perfila en la trayectoria de este gran actor en constante búsqueda de nuevos caminos, como la segunda parte de Hacia la alegría, no por texto en sí, con otra producción y dirección muy distintas, sino como continuidad expresiva, y porque si en aquélla se trataba de un hombre lanzado a la vorágine del día a día en busca de sí mismo, aquí y ahora un actor se eleva sobre la inevitable vanidad propia de su profesión, para levitar más allá del bien y del mal, por encima de prejuicios y limitaciones y encarnar a todos los seres humanos, hombres y mujeres, que en el vértigo de una existencia llena de incertidumbres y soledades se enfrenta a la imposible aprobación de un dios indiferente.

 

Del 14 al 30 de diciembre

Existen días de nuestra vida que, sin saberlo, nos colocan ante un dilema o una decisión que cambiará nuestra existencia para siempre. Días que nos convierten en quienes somos…

 

Espectáculo musical de cámara, basado en la novela de Stefan Zweig en el 75 aniversario de su muerte.

Una aristócrata, acostumbrada a una vida burguesa y estable, tendrá una experiencia única, absolutamente inesperada, que le llevará a enfrentarse a todos sus principios vitales y morales. Con esta sencilla y poderosa historia, Zweig nos propone una reflexión sobre los caminos imprevistos de la vida que nos lanzan a abismos insondables, transformándonos para siempre.

Esta adaptación teatral estrenada en Francia fue creada por Christine Khandjian y Stéphane Ly-Coug con música y canciones de Sergei Dreznin. quienes apostaron por el género musical desde un contexto delicado y de cámara, basado en un excepcional trabajo de actores sobre el profundo texto de Zweig. En nuestra versión todos los integrantes del equipo se han volcado para lograr la mágica unión de la voracidad realista y el más genuino romanticismo.

El planteamiento visual de Arturo Martín Burgos en la escenografía, las imágenes proyectadas por Mireia Ros, la iluminación del maestro Juanjo Llorens (De algún tiempo a esta parte, La isla del tesoro…)  y la creatividad de Ana Garay en el vestuario, permiten al espectador, vivir ese torbellino, ese delirio que apenas dura veinticuatro horas, pero que transforma a los protagonistas para siempre.
Una visión subjetiva de la pasión, que conduce a los personajes por la senda peligrosa de los deseos más profundos, que tantas veces necesitamos vivir, de forma inconsciente, como una huida de la propia vida. (Ignacio García, director)

Stefan Zweig (Austria, 1881-Brasil, 1942), escritor prolífico especialmente volcado en biografías, escribió también numerosas ficciones. Con todo ello tuvo un gran éxito internacional que se truncó con el advenimiento del nazismo que le obligó a exiliarse. Veinticuatro horas en la vida de una mujer transcurre en la misma época en que fue escrita: 1929. Desde entonces su interés no ha hecho más que incrementarse, al alcance de nuevas generaciones asombradas por la revelación de una anciana a un desconocido de una pasión emocional y sexualmente insólita vivida en el pasado, cuando fue arrojada por propia decisión a gozar/padecer una experiencia muy distante de cuanto conocía.

Se trata de la última obra de ficción del escritor austriaco (hijo de judíos liberales) antes de ser expulsado de Austria. Después continuó escribiendo sobre la vida de otros (18 libros, desde Fouché a María Antonieta o Verlaine), para regresar a la novela en la recta final, con dos obras muy valiosas: La piedad peligrosa, 1939, y Novela de ajedrez, 1941, única ocasión en que hace referencia a la situación política de entonces, pues desarrolla la obsesión por el ajedrez por parte de un prisionero de la Gestapo.

En  Veinticuatro horas en la vida de una mujer (Editorial Acantilado) traza una panorámica apasionante sobre un grupo de burgueses ociosos que se entretienen en criticar a una mujer que abandona a su marido para irse con un amante. En ese transcurso de dimes y diretes mezquinos, un escritor escucha, observa, reflexiona, y a él se acerca una anciana dama necesitada de confesar la etapa más dramática y fascinante de su vida, junto a un joven adicto al juego, descubriendo en ello las infinitas posibilidades del amor cuando, ya viuda, menos lo esperaba.

Una gran pasión, revelación de las bondades de una intensa vida sexual y de una insólita capacidad de ternura en un personaje femenino contradictorio y espléndido, muy superior a las limitaciones neuróticas de los hombres que la rodean.

Zweig se divorció de su primera esposa y se casó con su joven secretaria, Charlotte Elisabeth Altmann, joven intelectual con la que recorrió los países de su exilio hasta arribar a la ciudad de Petrópolis en Brasil. Creyeron imparable el advenimiento mundial del nazismo y se suicidaron juntos en 1942, él ya había cumplido 60 años, ella 33.

La fotografía de sus cadáveres en la cama, tal y como fueron encontrados, dio la vuelta al mundo. Poco después se publicó su libro de memorias El mundo de ayer, escrito en el largo exilio, cuando sólo contaba con su prodigiosa memoria, sin los libros y los periódicos que le habían acompañado en un tiempo mágico de revelaciones artísticas y emocionales.

 

 

dirección y adaptación: IGNACIO GARCÍA
dramaturgia: CHRISTINE KHANDJIAN & STÉPHANE LY-CUONG
composición musical: SERGEI DREZNIN
dirección musical: JOSEP FERRÉ
escenografía: ARTURO MARTÍN BURGOS
diseño de iluminación: JUANJO LLORENS
coreografía: HELENA MARTÍN
diseño de vestuario: ANA GARAY
video-escena: MIREIA ROS
ayudante de dirección: AMPARO PASCUAL
coach vocal: MARIBEL PER
fotografía cartel: EDUARDO MARCO
diseño gráfico: OSCAR MARINÉ

fotografías: NACHO GARCÍA

 

Estreno en Ciudad Real el 4 de agosto, y larga gira hasta recalar en La Abadía.

 

Director de La Abadía: José Luis Gómez

Más Información sobre estas y otras funciones en la web del Teatro.

 

 

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