Okja (2017), de Bong Joon-ho

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Por Jaime Fa de Lucas.

Bong Joon-ho vuelve a hacer de las suyas tras la infame Rompenieves (2013), esta vez con un mejunje de acción, activismo proanimales y sentimentalismo barato. Que Okja pase el corte en Cannes y llegue a competir por la Palma de Oro es cuanto menos cuestionable, no sólo por su escasa aportación artística, sino también porque se ve a la legua que quiere generar empatía en el espectador, dando una imagen de película “socialmente comprometida” y apelando a las emociones más básicas. En resumen: hace las típicas concesiones y busca los mismos efectos que cualquier blockbuster.

La distancia más corta entre dos puntos es la línea recta. La distancia más corta entre una película y el corazón del espectador es un argumento con niños y animales. En este caso, la película empieza desarrollando una relación fraternal entre el animal y la niña, con el detalle estrafalario de que el animal es un cerdo gigante. El arco narrativo no falta a su cita con lo convencional y lo predecible y ya desde el principio se puede intuir lo que va a pasar. Se genera una relación tierna entre el cerdo y la niña, para luego romperla y más adelante terminar felizmente con el reencuentro. Nada nuevo.

Lo más irritante de Okja es que intenta llegar al espectador de la manera más básica posible, acudiendo a las capas emotivas e intelectuales más superficiales, para así poder agradar a un mayor número de personas. Y es que cualquier espectador va a sentir algo al ver cómo una niña pierde a su mascota a manos de una compañía despiadada. Cualquier espectador, a nivel ideológico, se va a posicionar a favor de la niña y de los activistas, en contra de la megacorporación que miente y explota. Se plantea una situación tan polarizada, tan dualista, y la forma de llegar al espectador es tan evidente, que hasta molesta. Porque todo está dirigido: lo que hay que sentir, lo que hay que pensar, la identificación con los personajes… No exige nada. Sólo suministra. Coloca el alimento en tu boca ya masticado para que simplemente tengas que tragar. Lo cual, bajo mi punto de vista, es tratar a los espectadores como si fueran vegetales.

El desfile de situaciones ilógicas ya es un clásico con este director. Bong Joon-ho es el Wes Anderson oriental, ambos recurren a la aglomeración de estupideces y excentricidades para buscar cierta originalidad. Una de las más ridículas es cuando el traductor miente sin sentido; y luego confiesa que ha mentido para que le echen del grupo, porque lo dicta el guion, todo ello para convertirse después en una especie de salvador sorpresivo –recurso mil veces visto–. Cabe mencionar que cuando la niña habla con los activistas, la película traduce lo que interesa, es decir, no subtitula todo el mensaje de la niña, sólo lo que apetece, lo cual desconcierta. También se podría mencionar el superplan de los activistas para hundir a la corporación: colocarle una cámara al cerdo en la oreja. Porque claro, un laboratorio en el que son lo suficientemente inteligentes para crear supercerdos, cuando un animal vuelve, no le harán pruebas ni ningún examen físico, lo cual revelaría el dispositivo de la oreja. También hay que mencionar la escena final, en la que los activistas y la niña llegan al campo de supercerdos y se cuelan con facilidad y la niña se pasea por el matadero como si nada.

Reflexionando superficialmente –que es lo único que permite Okja–, uno se pregunta varias cosas. En primer lugar, ¿por qué este grupo de activistas que se dedica a salvar animales, antes de movilizarse, no ha reflexionado sobre los animales genéticamente modificados? Es decir, se esfuerzan por salvar a un animal creado en un laboratorio, en lugar de luchar para que no se creen animales en laboratorios. Esa cuestión ni siquiera se plantea en la película, lo cual denota una pereza intelectual importante, porque es algo que surge a poco que se ponga a funcionar el cerebro. En segundo lugar, si el supercerdo es superinteligente, como se advierte en varias situaciones, ¿por qué no dedicarlo a otras tareas más sofisticadas como la búsqueda de trufas en terrenos escarpados?

Por enumerar algunos aspectos en términos generales… Los efectos especiales dan el pego. La música de Europa del Este, que recuerda a alguna película de Kusturica, no encaja del todo. El personaje de Gyllenhaal es demasiado excéntrico, resulta bastante irritante y no sirve para nada; más bien parece que está para figurar, como reclamo publicitario. El tema de las gemelas no lo entiendo del todo, no sé qué aporta al conjunto. Salvaría las interpretaciones de Paul Dano y Ahn Seo Hyun, aunque tampoco son demasiado exigentes.

En definitiva, estamos ante una película que quiere ser ecologista, anticapitalista, pero cuya efectividad se ve debilitada por sus propios términos. Por un lado, es difícil que alguien se tome Okja en serio si el absurdo y la excentricidad abundan, y las pequeñas pinceladas melodramáticas eliminan cualquier atisbo de sobriedad. Por otro lado, recurrir a una antropomorfizacion de los supercerdos, que según los retrata la película son inteligentes y tienen sentimientos parecidos a los de los humanos, me parece un gesto torpe que revela que el objetivo no es tanto lanzar una crítica sino generar empatía –y en el fondo agradar, y en el fondo recaudar–. El espectador conecta con unos cerdos que se presentan humanizados, no con los cerdos en su estado de ignorancia y pureza natural. Así, la audiencia conecta con la ficción, pero no a nivel práctico pues esa humanización no existe en la realidad. Si verdaderamente se quiere luchar contra el capitalismo y defender a los animales a través de una creación, la obra en cuestión tendría que fomentar la conexión con el estado natural de las cosas.

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