Los libros de la isla desierta: ‘La muerte de Iván Ilich’, de Lev Tolstoi

Por Óscar Hernández Campano.

Título: La muerte de Iván Ilich.

Autor: Lev Tolstoi.

Editorial: Nórdica libros.

Con la edad uno lee de otra manera. Cada vez cuesta menos trabajo abandonar una lectura que no llena, que no conmueve, que no despierta eso que obliga al lector a devorar con urgencia o a saborear con deleite las páginas de un libro. Y con el paso de los años uno decide que un libro es especial cuando al cerrarlo siente por dentro una pequeña -o grande- revolución que suele verse en la piel -con el vello erizado- y en el rostro -con alguna lágrima asomándose al abismo del mundo-. Un libro impacta, conmueve, sacude y ayuda a ser persona -a veces, incluso, mejor persona-. Por eso al terminar una lectura, ahora que me encuentro nel mezzo del camin della nostra vita, dedico unos segundos a sentir esas sensaciones -si es que las hay-, y cuando me ha atravesado ese rayo especial de los buenos libros sé que ha valido la pena, y sé que ese libro tiene que ser recomendado, porque sacudir el alma de alguien no es tarea fácil. El escritor que lo logra tiene que ser leído.

Nada que Lev Tolstoi no haya conseguido desde hace más de un siglo, sin embargo, hoy reseño La muerte de Iván Ilich y no sólo pido, solicito, recomiendo su lectura, no; es ya un ruego y si se me permite, una exigencia la que hoy me atrevo a lanzar desde esta isla desierta en gentes y cada mes más rica en libros. Lean La muerte de Iván Ilich. Más de una vez, a ser posible.

Es una novela breve o un relato extenso. Es un compendio de emoción y un análisis de las edades del hombre. Es un repaso a la vida y rezuma una nostalgia enfermiza. Es una lección cruel, sabia e imprescindible. Es un libro que debería ser obligatorio en nuestros institutos, quizá entonces algo, en el caos reinante y buscado, mejoraría.

Iván Ilich acaba de morir. Sus amigos y compañeros de trabajo, en el Ministerio de Justicia, reciben con sorpresa y estupor la noticia. El impacto deja paso, casi de inmediato, a las especulaciones sobre los cambios en el Ministerio y los probables ascensos de cada uno de ellos. Con estas primeras páginas Tolstoi ya nos muestra a las claras lo que nos espera en este libro: claridad, crueldad, desgarro, honestidad, sentimiento, reflexión, crítica, dolor.

Después, el maestro ruso inicia una analepsis que ya no nos abandona hasta el final. Y así, magistralmente, conocemos la vida de Iván Ilich, que es lo que realmente importa pese a que el título encierre la clave de la historia. Sabremos del niño, del joven, del hombre, del marido, del padre, del jurista, del funcionario, del amigo, del colega, del enfermo y del moribundo Iván Ilich. Acompañaremos a este hombre por su vida, por su enfermedad y como Tolstoi nos encadena a una silla junto al lecho de muerte de Iván Ilich, asistiremos a su agonía, a sus reflexiones, a la lucidez, a las alucinaciones, y a las conclusiones que irá extrayendo en el repaso de su vida.

Una vida, la de Iván Ilich, que es la de cualquiera de nosotros. Ese el acierto y la lección que nos quiere dar Tolstoi. Todos somos Iván Ilich. Todos llegaremos a la hora postrera y si hay suerte -o quizá no- tendremos tiempo de repasar nuestra vida y saber en qué acertamos y en qué erramos. Y podremos alegrarnos, arrepentirnos y sacar conclusiones de esa vida que acaba.

Tolstoi nos demuestra una vez más que su lugar en el Olimpo de la Literatura está más que justificado. Sus grandes novelas, clásicos indiscutibles, son ya parte de la cultura humana contemporánea. Guerra y paz, Ana Karenina, Resurrección, por citar sólo unos ejemplos, acompañarán a la civilización mientras exista. La muerte de Iván Ilich es una novela corta que por intensidad, inteligencia, sensibilidad, honestidad, dureza y belleza se ha ganado también un lugar entre las magnas obras de Tolstoi.

La muerte de Iván Ilich termina de manera sobrecogedora. Al cerrar el libro uno siente el deseo de volverlo a abrir, de recomenzar, quizá con la vana esperanza de vencer a esa muerte que acecha, persigue y devora al protagonista. Quizá porque uno se siente tan identificado con Iván Ilich que desearía poder entender mejor la vida de Iván Ilich para que su muerte le fuera más grata. Y de paso, la propia. En esa isla llena de libros de la que cada vez cuesta más regresar, tendremos la oportunidad de volver a disfrutar de la vida y de La muerte de Iván Ilich.

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