Teatro en Buenos Aires (3): el drama social del juego en una gran obra de Armando Discépolo

Por Horacio Otheguy Riveira

En una intimista sala semicircular asistimos a una panorámica social cuya crítica hace del noble melodrama un contenido, y muy elegante, ejercicio de sabiduría escénica. El texto escrito en 1923 por Armando Discépolo, logra algo por entonces insólito al articular la perversión de un sistema social que hace de falsos y nobles Hombres de honor, una conmovedora revelación de canallas ilustrados. El resultado es un espectáculo altamente recomendable en el que la atmósfera de aquellos años se consigue plenamente en el magnífico reparto con un vestuario detallista y unas atractivas melodías especialmente compuestas por Santiago Barceló.

 

— Espere, no se vaya.

— ¿Cambia de opinión, está dispuesto a hacer lo que le pido?

— No puedo hacer lo que me pide, pero usted sabe que si no cumplo mi promesa de pago, tengo amigos solventes…

— No me sirve, Varela. Usted no pide nada a los amigos, usted no se vende, usted es de los que se matan.

 

El Teatro del Pueblo, primera sala del llamado Teatro Independiente (o alternativo en España), lo fundó y dirigió el también periodista de intensa actividad Leónidas Barletta en 1931 hasta su muerte en 1976; tras un silencio de 11 años, reabrió sus puertas en 1987, ofreciendo desde entonces una programación de autores argentinos de diversas épocas. Una manifestación de ferviente amor al teatro que susurra, grita o divierte con la sabiduría de maestros o aprendices que se resisten a la frivolidad del teatro comercial, tal y como sucedía en sus comienzos. Lo más curioso es que ambas formas artísticas conviven sin molestarse a un paso del histórico Obelisco con los múltiples teatros de la Calle Corrientes. Hermoso resulta el restaurado edificio con su escalera de caracol que desciende hacia las dos salas con una parada intermedia en la boletería.

De su programación altamente sugestiva surge esta obra como una canción de Buenos Aires insólita, como un paisaje urbano de los años 20 en el que la admirable construcción dramática de una tragedia encuentra en sus personajes un texto minimalista de contenida fuerza melodramática que cuando estalla también lo hace con el pudor de Hombres de honor que se la juegan en dos vertientes: la inocencia del que cae atrapado por las seductoras promesas del juego, y los canallas que se enriquecen a su costa, a sabiendas que generarán miseria y dolor a su paso.

Junto a su riqueza estructural y su dominio de la síntesis dramática (en poco más de una hora se presenta un desarrollo muy completo de conflictos y caracteres), el principal aporte ideológico de la obra, aquí y ahora, reside en la precisión con que se plantea el delito en un ambiente burgués, entre abogados y jueces. Sin interferencias de abordaje psicológico, lo que de verdad importa es la presión social, de manera que un juez ilustre, de gran categoría ética, se pone a jugar al póquer como  mera distracción de su trabajo, hasta quedar vilmente atrapado en sus redes.

Viudo, con un hijo abogado que le admira por completo y una hija a la que mima como señorita de alta sociedad, la distracción de algunas noches se transforma en acumulación de tropiezos con deudas muy altas que le arrastran a una serie de conflictos cuyo dramatismo se complica aún más por su concepción estricta de la Justicia.

Ya en los primeros minutos de la función, el doctor Rafael Varela nos muestra la situación que le atormenta. Su desarrollo, en la sensible notable intimidad de la sala, nos permite identificarnos con él cuyo final depara muy interesantes sorpresas en el juicio paralelo al vulnerable devenir de algunos hombres frente a otros que, aparentando ser buenos amigos, le destruyen.

Hombres de honor es una de las obras menos representadas de Armando Discépolo (1887-1971), dejada a un lado como “obra menor” frente a sus obras capitales volcadas en un estilo propio con reminiscencias del maestro Luigi Pirandello, creador del género grotesco. Con Discépolo surge la maestría porteña de un Grotesco Criollo incomparable. En Mateo (1923), Stéfano (1928), Cremona (1932) y Relojero (1934) hay una aguda observación sociológica que constituyó una mirada dramática acerca de los avatares de los inmigrantes. La acción no transcurre en patios de conventillo o al aire libre (como en el sainete) sino en modestos, cuando no miserables interiores, y los personajes son inmigrantes de origen italiano; gente cargada de sueños y esfuerzos tremendos por sobrevivir. Si el sainete propone una visión costumbrista, esperanzada, con gran carga de humor popular, con el grotesco criollo llega la amargura realista con un sugerente tono poético: la poesía que brota del corazón de las pequeñas tragedias.

Babilonia se estrenó el 3 de julio de 1925. Esta obra pone en evidencia dos posiciones sociales antagónicas “los de arriba y los de abajo”, a través de amos y criados. En Stéfano se ve claramente el drama del personaje en el cual la realidad exterior no concuerda con la interior. Relojero, última creación de Discépolo, se estrenó el 23 de junio de 1934 en el Teatro San Martín (Esmeralda 200) que luego fue demolido. A pesar de ser un desconocido para las últimas generaciones españolas, se despidió como autor estrenando su última obra en Barcelona en 1933: Amanda y Eduardo. Posteriormente se presentó en Buenos Aires en el Teatro Odeón. Entonces dijo que “ya no tengo nada que decir como dramaturgo”, y se concentró en la dirección escénica. Poco antes de su muerte realizó un espléndido trabajo montando en una misma sesión su impresionante Stéfano y la breve obra maestra de Pirandello, El gorro de cascabeles.

Hay que agradecer a esta compañía del Teatro del Pueblo la resurrección de una pieza tan valiosa como Hombres de honor, con unas características distintas del Discépolo más aplaudido. Su puesta en escena nos introduce en la alta tensión sufrida por los protagonistas, componiendo una atmósfera tan equilibrada que no solo no se quiebra en ningún momento, sino que crece en una espiral de profundas emociones contenidas.

El trabajo actoral tiene una armónica dimensión con especial riqueza en el uso de los silencios y las maneras propias de la época: como la sonatina del piano que nos acompaña desde que nos sentamos en la butaca; las voces y movimientos, las risas y lágrimas de sus intérpretes nos mantienen atentos y afligidos hasta el desenlace. En este contexto merecen los mayores aplausos sus protagonistas, padre e hijo en la ficción, cuya larga escena transcurre con una disciplina emocionante: el vaivén de misterios y renuncias de una relación basada en un respeto/amor tan sacrosanto ante la autoridad paterna que se desliza hacia la tragedia irrenunciable de quienes se muestran incapaces de ahondar en su verdadera condición de seres vulnerables. Mariano Ulanovsky, como el severo juez, y Marcos Horrisberger como su hijo consiguen establecer una comunicación excepcional. Nada queda librado al azar. La palabra antigua del autor logra palpitante actualidad 94 años después. Todo ello con el valor añadido del respeto por el texto, sin la menor tentación de aportar una versión libre innecesaria, pero muy de moda en los directores de hoy. Así, este gratificante Discépolo regresa en 2017 con la fuerza de un clásico del siglo XX con vocación universal.

Armando Discépolo (Buenos Aires 1887-1971)

 

 

 

 

 

 

Elenco por orden de aparición
Rafael Varela Mariano Ulanovsky
Marta Greta Guthauser
Leandro Fabián Caero
Mario Marcos Horrisberger
Sra Herrera Lorena Saizar
Diersi Roberto Cappella
Macias Martin Navarro
Ardanaz Juan Pablo Kexel
Escenografía y vestuario Marta Albetinazzi
Diseño de iluminación Gastón Ares
Música original Santiago Barceló
Foto Leopoldo Minotti
Diseño gráfico Roberto Cappella
María Eugenia Gómez
Prensa Octavia Comunicación
Asistencia de dirección María Eugenia Gómez
Dirección general Matías Leites
Sala Teatro Abierto

 

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