‘Medio planeta’, de Edward O. Wilson

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Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

http://tanaltoelsilencio.blogspot.com.es/

Medio planeta. La lucha por las tierras salvajes en la era de la sexta extinción

Edward O. Wilson

Traducción de Teresa Lanero Ladrón de Guevara

Errata Naturae

Madrid, 2017

318 páginas

Si uno tuviera que elegir entre los pocos hombres buenos que ha dado la humanidad en los últimos cien años, la lista podría empezar por Gombrich, por ejemplo, que tanto amaba el arte, o por Barenboim o por Edward Said, incluso por Antonio Machado, que se nos ocurra, así, de buenas a primeras. Pero nosotros nos quedamos con Edward O. Wilson (Alabama, 1929). Quien haya leído su libro testimonial El naturalista, lo comprenderá mejor que nadie. Consciente de que el amor por los animales se expresa mejor cuando uno se refiere a las aves que vuelan o a los mamíferos, a los que habitan arrecifes de coral o a los dueños de las selvas, él, por un problema de la vista que le traba la visión estereoscópica, esa que nos ayuda a crear en el cerebro la sensación de profundidad, dedicó su alma a los insectos, unos animales que, por norma general, vistos en grandes dimensiones no destacan por su belleza. Su especialización en un mundo como en el de las hormigas, donde el animal no es cada individuo, sino el grupo, significa mucho sobre qué es lo que porta este hombre en su corazón: pura empatía, pura compasión en el sentido más amplio del término: el individuo padece las penas y alegrías de los demás individuos, el ser humano, que se expresa en singular, es un animal plural. Con esta visión es como afronta este libro, Medio planeta, un resumen divulgativo, expresado para la gente de las tres edades, en el que toda la biodiversidad, todo el naturalismo aparece representado.

Su hipótesis parte del enunciado del título: con la conservación de la naturaleza de medio planeta, podríamos respetar casi toda la riqueza natural, salvar casi al cien por cien de las especies de animales y plantas. El problema es que vivimos una época que los científicos llaman Antropoceno, es decir, en la que el hombre es el centro del planeta y dispone a su servicio de él, lo esclaviza, lo explota y piensa que nada sucederá mientras el planeta siga produciendo. La mayoría de los empresarios de alto rango piensan igual. Puede que incluso mucha gente crea inevitable la desaparición de seres vivos para la supervivencia de la especie humana, y hasta conveniente. Pero, esta es la razón que hace de Wilson la mejor persona del mundo, la compasión se extiende hasta a las larvas carnívoras de los insectos. A su juicio, y al de muchos otros, el Antropoceno ya ha pasado a la historia. Ahora estamos viviendo en la era de Eremoceno: la edad de la soledad, cuando solo hay hombres y ni siquiera forman parte de una tribu. Y así, sin haber llegado a conocer el mundo natural, la condición humana se está moviendo hacia ese punto de no retorno, cuando, Wilson no cesa de creerlo, todavía está a tiempo de cambiar de sensibilidad y remar para su recuperación.

Wilson comienza reseñando las interacciones biológicas básicas y la delicadeza de los ecosistemas. Se para en ciertas especies reguladoras y denuncia la problemática de las especies invasoras. Menciona las diversas formas de conservacionismo, el paralelismo entre la biología clásica y la biodiversidad, las limitaciones, las muchas limitaciones científicas, desde el desconocimiento, todavía, de millones de especies, lo cual impide que se avance en el orden de actuación. De ahí que por ahora convenga preservar una parte del planeta. Wilson recurre a ejemplos asombrosos, de esos que hacen inevitable sentirse atraído por el microcosmos animal y que mantienen la lectura con un punto de atracción que hace de este libro mucho más que una apología. Es literatura y de la buena: es literatura sencilla.

Antes de proponer una solución, cifra el horror de maneras que no nos habíamos planteado hasta el momento. Por ejemplo, comenta que consumimos una cuarta parte de la producción fotosintética de la Tierra, que esa proporción de biomasa termina en nuestra manos y estómagos y que sigue creciendo. Y esa es la palabra clave, el crecimiento. En un mundo que se mueve por el crecimiento económico, en lugar de luchar contra los elementos, él propone un nuevo concepto, más moral: cambiar el crecimiento económico expansivo por el intensivo. Es una adaptación más, es darwinismo: “El crecimiento económico intensivo, en cambio, es el generado por la invención de nuevos productos de alta tecnología junto con un diseño y uso mejores que los productos ya existentes”. Para ello requerimos de un cambio de paradigma en nuestra relación moral con la naturaleza, sin abandonar a nuestros semejantes: “Si el altruismo hacia los otros miembros del grupo contribuye al éxito grupal, el beneficio que recibe la estirpe y los genes del altruista puede superar la pérdida provocada en los genes por el altruismo individual”. Lo dicho, para que alguien tan sabio, que ha vivido casi los noventa años en que se ha producido el mayor deterioro de la naturaleza y por tanto de la vida, siga confiando en las capacidades del hombre, hay que ser la mejor persona del mundo.

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