‘Crónicas de vida y muerte’, de Joao Lobo Antunes

Por Ricardo Martínez.

El binomio enfermedad-literatura es un tema de larga y fecunda vida en la literatura universal. Hay quien ha llegado a afirmar que cada libro encierra, más o menos explícitamente, un problema, si no estrictamente  médico, cuando menos emocional. A la vez, viene de lejos ya la consideración de literatura como una terapia, sin hacer excepción de aquel autor, heterodoxo en sí, que sostenía que había iniciado su carrera literaria por un problema de corazón: estaba enamorado.

Lo curioso es cómo, después del tiempo, el autor que nos ocupa, Lobo Antunes, médico cirujano, ha venido a justificar tal postura de un modo más amplio: “Un  desengaño amoroso vino a revelarme cómo dolía el alma y cómo aquel dolor se parecía a la angina de los que sufren de molestias cardíacas. En cuanto a los sentimientos, alma y corazón se mezclan y Aristóteles tenía razón al pensar que era en el corazón donde el espíritu tenía su sede” Cabe señalar, a la vez, que Felipe Mellizo, un autor injustamente olvidado, escribió en su día ‘Literatura y enfermedad’ y hay páginas de una diagnosis sumamente precisa en determinados temas alusivos a nuestra salud en las páginas de autores consagrados, desde Agatha Christie hasta Musil.

La relación del hombre con el dolor forma parte del comportamiento racional, si bien la forma de manifestarse suscita dos formas, al menos  de hacerlo: de una parte cuando es la imaginación humana (más o menos fundada en el conocimiento) quien expresa las cuitas del alma, de la desazón humana (hay un ejemplo excelso en el libro ‘Cartas de amor de sor Mariana Alcoforado’) y otras cuando el que sufre considera que el gesto propio ante la realidad de tales circunstancias ha de ser una prueba de estoicismo, de un cierto pudor ante los demás (aquí tendría mucho que decir la cultura judeo-cristiana que se nos ha inculcado) Eso es lo que nos lleva a destacar otro apartado de este libro humanísimo, escrito con una claridad y rigor destacables: “No me resisto a contar la historia de un filósofo que traté, y a quien simplemente le dije, usted ha sufrido mucho, ¿verdad? Hacía meses que lo escondía estoicamente, entendiendo quizá que confesarlo no era razonable” Actitud conocida de antiguo, pues el propio autor cita la famosa frase de Montaigne protestando ante ella, incluso en su planteamiento teórico: “¿Por qué la filosofía, que sólo se interesa con lo vivo y sus efectos, se preocupa tanto por las apariencias externas?”  Es decir, todo lo humano nos ha de interesar, y aquello que proviene del interior del hombre, con más conciencia todavía.

El libro está estructurado en cuatro grandes apartados, cada uno de los cuales reflejan una manifestación autobiográfica del autor: su amor a la medicina y, sobre todo, la pasión por el conocimiento del hombre a través de algunos de sus trabajos más importantes en relación con el enfermo y la enfermedad: ‘Mi aventura con don Quijote’, ‘El descubrimiento científico  y la creación artística’, ‘Dignidad’ o ‘La muerte como opción’ Siempre, eso sí, bajo la premisa de su gran pasión, la literatura, a la que rinde un tributo cuando escribe: “Un viejo profesor de mi universidad, que no conocí, se guardó a Goethe para leerlo en su vejez, y yo estoy ahora terminando a Proust”

Su legado, por fortuna, demuestra a todas luces que ha sacado un gran provecho del vivir, y sea ahora, pues, muestra de gratitud por nuestra parte el leer este libro tan hondo y singular.

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