‘Trece formas de mirar’, de Colum McCann

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Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca http://tanaltoelsilencio.blogspot.com.es/

Trece formas de mirar

Colum McCann

Traducción de Marta Alcaraz

Seix Barral

Barcelona, 2017

245 páginas

 

Aunque el volumen lo compongan cuatro relatos, es el primero de ellos, Trece formas de mirar, el que da consistencia a la obra. Donde estás, ¿qué hora es? Es un ejercicio metaliterario sobre cómo se puede escribir un cuento de Navidad, poniendo al autor, al pensador en situación límite: el ambiente de un Afganistán sitiado. Shojl habla sobre la ejecución, en todos los sentidos de la palabra, de salir delante de emigrantes, adoptados y con discapacidad. Y Tratado nos lleva al extremo del interior de una persona que se da de bruces, o cree darse de bruces, con su torturador, su violador, al encender la televisión. Las tres historias poseen una altura literaria muy por encima de la media.

Pero es en Trece formas de mirar donde encontramos mayor sorpresa, no por la historia en sí, que no es escandalosamente imaginativa, sino por la manera que tiene de hablar de la ciudad viajando desde lo abstracto a lo concreto. Son trece los capítulos y en los primeros asistimos al interior de la mente de alguien que se pregunta qué es la memoria y qué es lo cotidiano. Alguien para quien su bildugsroman particular ha pasado por la oratoria y por la saudade. Un judío, irlandés, de segunda generación, que vive en la ciudad que significa todas las ciudades. Y que es lo que define el relato: una ciudad es un lugar donde la gente no se conoce. McCann comienza permitiéndose cierto lirismo, desde asociaciones de ideas a cacofonías, dejándonos ver que frente al protagonista, al narrador, hay distintas piezas de puzle. Lo que no conseguimos adivinar es si se trata de un solo puzle o de varios. El anciano, que depende de una caribeña de la que es capaz de admirar su desconocimiento de la gramática del idioma, parece cambiar las reglas de comunicación. Está perdido y se tiene que inventar cómo comunicarse. De hecho, cuando enuncia su casa, lo hace como si viera por primera vez la de un extraño.

De esta manera, nos hallamos frente a alguien que precisa de varios estímulos para registrar lo que es el mundo. O lo que cree que es el mundo. Sus prejuicios, a saber, tienen fundamento en el catolicismo y en la antigüedad como lo más sagrado. Frente a ello, el mundo exterior, la ciudad, es violencia. El tono crepuscular que consigue McCann va cediendo paso a las relaciones en cuanto aparece el comensal a quien espera el anciano: su hijo, un tipo más comprometido con el teléfono móvil y los negocios que con la sangre. La relación se basa en la costumbre y carece de afecto, en una representación de lo que viene a ser la decadencia social de las grandes ciudades. De esta manera, adivinamos que uno, a la fuerza, se ve en la tesitura de romperse sí o sí. Pero no será el anciano quien se rompa. Porque el relato toma cariz de investigación policiaca, de intriga, que es el género al que estamos acostumbrados a identificar como novela urbana. Pero el viaje a la ciudad ya lo hemos hecho antes.

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