El drama social y la comedia familiar cantan y bailan con Billy Elliot

Por Horacio Otheguy Riveira

Un éxito cinematográfico pasó al musical con gran éxito en Londres como punto de partida, donde ya lleva muchos años. La superproducción española aspira al mismo éxito, y dado este estreno formidable, su aspiración es justa y probable. El drama social de los mineros ante la destrucción de sus puestos de trabajo por parte de la primera ministra británica Margaret Thatcher (en escena, tan odiada como caricaturizada) fue el comienzo del capitalismo salvaje que hoy padecemos en todo el mundo.

La genial idea de los creadores de este musical fue asumir sin complejos ese conflicto social, y de sus dolorosas entrañas hacer surgir a un muchacho que quiere bailar contra todo pronóstico (toma clases de boxeo), y con él un grito comunitario de libertad, de aceptación de la diferencia; en síntesis: la belleza del arte de la danza, la emoción de canciones que transmiten alegría o dulce pesar, y como si todo esto fuera poco, niños que cantan y bailan con enorme talento.

Cuando el espectador recoge su entrada no sabe qué niños harán el protagonista y otros personajes, tampoco si esa función contará con Natalia Millán o Carlos Hipólito, pero de lo que puede estar seguro es de que, sea quien sea el actor-cantante-bailarín que suba al escenario le fascinará como cualquier artista que conozca. Todo el plantel de esta producción es óptimo, y si cambian de nombres no es más que por agasajar al público con actuaciones frescas, dada la dificultad emocional y técnica de las composiciones que les tocan interpretar.

Los seis invencibles Billy Elliot que alternan las funciones para actuar, cantar y bailar coreografías muy difíciles son Pablo Bravo (Burgos); Pau Gimeno (Barcelona); Cristian López (Málaga); Miguel Millán (Gijón); Óscar Pérez (Valencia) y Diego Rey (Jaén). Actúan en días alternos para preservar su edad y estudios, y continúan con su formación en la escuela especialmente creada para este musical, una vez comenzadas las representaciones. Antes de empezar la función, mientras el público se acomoda, en una gran pantalla se exhiben los nombres de los artistas que esa noche lo darán todo, paso a paso, para ilustrar una historia de emociones intensas en las que hombres rudos son intratables hasta que la sensibilidad se abre paso y la ternura les hace humanos, más que humanos.

Los hombres rudos que se oponen al deseo de bailar del joven protegido de la profesora de danza del pueblo, donde sólo se interesan niñas, acaban protegiendo al joven, ayudándole económicamente, sus difíciles padre y hermano, la soledad de un mundo infantil sin madre, que sin embargo le asiste convertida en fantasma entrañable… son algunos de los aspectos que hacen diferente este gran espectáculo que tiene de todo, maravillando por sus cambios escenográficos, por las luces maravillosas de maestros como Juan Gómez Cornejo y Carlos Torrijos, el diseño de sonido (clave en un acontecimiento estelar como este) de Gastón Briski, y la excelente dirección orquestal de Gaby Goldman, especialmente valiosa si se tiene en cuenta que la música es omnipresente.

La puesta en escena de David Serrano aporta una dimensión muy distinta a la original británica, más dinámica, con más contrastes y menos violencia explícita. Por ello, mientras en Londres se recomienda para mayores de 12 años, aquí vale otra edad: desde 10 años en adelante. Una función muy apetecible para compartir con toda la familia y conversar mucho sobre la vida cotidiana, lo pequeño y lo complejo, lo difícil y lo sublime en un contexto de diversión donde de pronto un amigo gusta vestirse de mujer y de allí se llega a un juego de multisexualidad sin desdoro de ser hombre o mujer, en otro de los hallazgos de un Billy Elliot que no se parece a ningún otro musical: original y apasionante en casi tres horas que se hacen cortas.

 

Adrián Lastra, el hermano, Carlos Hipólito, el padre: mineros a los que les cuesta lo suyo dar la mano al pequeño bailarín de la familia.

 

 

Una secuencia mágica en la que Billy baila con él mismo, ya adulto, primera figura de una compañía de ballet.

 

 

 

Nuevo Teatro Alcalá de Madrid. Un espectáculo que no saldrá de gira, dada las dificultades técnicas de su montaje.

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