Los libros de la isla desierta: ‘La señora Dalloway’

Por Óscar Hernández Campano.

LA SEÑORA DALLOWAY. Virginia Woolf (Lumen)

Cuando Virginia Woolf escribió esta delicia en forma de novela, ya había leído y rechazado publicar en su editorial la Hogarth Press la obra magna de James Joyce, Ulises. Woolf había denostado la obra del irlandés alegando que el lenguaje soez de la misma la hacía imposible de publicar. Más tarde la elogió, es cierto, y parece que La señora Dalloway —que vio la luz solo tres años después que Ulises sería una respuesta, un homenaje o una nueva incursión de Woolf por el sendero que Joyce abrió en la literatura. El flujo de conciencia de la metafísica alemana o el monólogo interior de la retórica francesa conforman lo que el irlandés fusionó y lo que Virginia Woolf llevó a cotas rayanas a la perfección en esta novela londinense. Más tarde el nobel José Saramago se zambulliría también en esta narrativa stream que hace que el lector se sienta arrastrado por las páginas del libro como si se lo llevase la corriente.

Clarissa Dalloway ultima los preparativos de una de las fiestas de la alta sociedad que suele dar en su casa, muy cerca del parlamento británico y del icónico Big Ben, personaje secundario de la novela, notario de las horas que avanzan en la única jornada que abarca la narración. Un solo día de mediados de junio como en el Ulises—, que comienza con la determinación de la señora Dalloway de comprar ella misma las flores que adornarán su velada. Durante ese día soleado en el Londres de entreguerras, Virginia Woolf nos lleva de personaje en personaje, saltando casi sin solución de continuidad de la mente de Clarissa a la de Peter Walsh o a la del malogrado Septimus. El flujo de conciencia nos arrastra por los diferentes personajes de esa Inglaterra post-victoriana que es todavía un vasto imperio, pero que aún se lame las heridas de la Gran Guerra. Al mismo tiempo se admira de los avances tecnológicos y se complace de ser una sociedad ejemplar. Las horas pasan y Woolf despliega una prosa exquisita, nítida y repleta de figuras literarias y de momentos que se han convertido en cimas de la literatura universal. Desde el aroma de las rosas, el humo de los cigarrillos o el sonido de las campanas que ordenan el tiempo, hasta el rumor de las personas caminando y charlando por Regent’s street o Piccadilly.

El monólogo interior de los diferentes personajes sustituye largos diálogos que aparecen tan solo cuando es preciso que interaccionen, a menudo para que el flujo narrativo abandone a un personaje y siga a otro, como en esas películas en las que la cámara parece la sombra de los protagonistas. Así, saltamos de la floristería a la calle para tratar de adivinar, escuchando los pensamientos de los viandantes, si quien va en aquel elegante automóvil es el Primer Ministro o la Reina. Y desde los ojos de varios londinenses atraídos por el ruido del motor del coche, asistimos a una reflexión hermosísima sobre la brevedad de la vida, y por ende, de la civilización.

La novela, que ha sido calificada de feminista, es un caleidoscopio de voces de hombres y mujeres —Clarissa Dalloway no es la protagonista indiscutible ni eclipsa a los demás; es más bien el enlace entre ellos, la excusa de la autora para describir la sociedad elegante y ceremoniosa del Londres de los años veinte—. Es también una novela que describe el deseo y amor lésbico, muy sutilmente, eso sí, y que se posiciona con claridad en una posición pacifista y antibelicista, con una crítica al sinsentido de las guerras y del dolor provocado, que Virginia Woolf personifica en el personaje de Septimus, cuyo trauma describe su esposa, la italiana Lucrezia y que vemos en él mismo, con sus desvaríos y su traumático devenir en el libro. También nos habla de la India, del colonialismo, y por supuesto, del amor.

Todo muy elegante, muy británico, sin estridencias y siempre con educación. Sin embargo, rascando en esa superficie de figura de porcelana, Virginia Woolf disecciona una sociedad caduca que se avecinaba al final de su imperio y de su época de esplendor.

Nos llevamos La señora Dalloway a la isla desierta para releerla con fruición mientras disfrutamos de una taza de té.

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