¿Hemos perdido la moral en la era digital?

Por Sara Biurrun.

Una sociedad que se olvida del otro, se pierde

Una adolescente (Naika Venant) se suicida en directo a través de Facebook. Cientos de personas la miran. Todos la contemplamos. ¿Acaso podemos evitarlo? Nos preguntamos. La cuestión va más allá: ¿somos conscientes de que lo que vemos en el ciberespacio es tan real como lo que vemos offline?

Podríamos hablar de profanación digital o alteridad 2.0. Lo que viene siendo la digitalización de uno mismo y de los demás en un contexto en que todos tenemos la sensación, e incluso necesidad, de ser vistos en Internet. Esto llega hasta el punto de encontrarnos ante casos de personas que emiten su muerte en directo mientras millones de personas observan. El filósofo y ensayista español Daniel Innerarity habla de una sociedad en la que solo tenemos existencia social si tenemos el poder de hacernos ver. Es como si el ‘ser visto’ sustituyese a cualquier mérito. Nos mostramos incluso erosionando nuestra propia dignidad y la de los demás.

Nos estamos habituando a percibir a los demás de una manera distinta a cómo los vemos y tratamos en el ‘cara a cara’, en el mundo offline. Richard Rorty, filósofo pragmatista estadounidense, defendía que hay formas narrativas que nos acostumbran a vernos y a ver a los demás de determinada manera. En el espacio mediático actual, donde surgen nuevas maneras de narrar, ¿qué tipos de miradas estamos construyendo sobre nosotros? ¿y sobre los demás? Esto es algo que deberíamos plantearnos ante casos como el de esta joven de 14 años que retransmitió su suicidio en directo durante casi tres horas. Y no es el único caso reciente.

Centrándonos en este vídeo, Rorty decía que hay una unión posible entre seres humanos: el dolor. Afirmaba que es posible un nexo común y una alteridad. Pero ¿nos causa dolor ver como alguien se quita la vida en directo en Internet? ¿por qué la sensación y la reacción es diferente que si fuese en la realidad? ¿Qué hace que una pantalla bloquee nuestros sentimientos? Marc Eugeni tiene la respuesta para esto. Este autor decía que el ciberespacio es un lugar donde el ser humano solo puede encontrarse con representaciones de otros seres humanos. Es decir, no vemos a ‘el otro’ como lo conocemos, sino que solo observamos su representación. Nos encontramos ante una nueva vida inédita, vida de ausencia. Un lugar en el que no conectamos con personas, sino con sus representaciones. Por eso el dolor no es el mismo y, al no existir la conexión mediante este sufrimiento, no somos capaces de crear un vínculo con quienes nos encontramos en el ciberespacio. No son personas, son representaciones de personas. Es como si la vida real solo fuese la offline. Esto tiene también relación con lo que creía Susan Sontag. La filósofa defendía que una cosa era sufrir y, otra, convivir con imágenes de sufrimiento que ni fortifican la conciencia ni la capacidad de comprensión. Y esto es lo que vemos en Internet: imágenes.

Siguiendo esta línea, deberíamos considerar el ciberespacio como un lugar que pone en peligro a la humanidad, la deshumaniza. Por todo esto es crucial el cómo representamos al otro para conseguir un mínimo de humanidad en el ámbito digital. Esto tiene relación con el concepto de obra de arte de Walter Benjamin. Este filósofo y crítico social afirmaba que ninguna obra puede sustituir a la original. La copia hace que se pierda su aura, lo que le es propio. Cuando un original pierde su aura pasa a tener un valor meramente de exhibición. Podríamos perfectamente extrapolar esto al ámbito digital donde nos creamos una copia que pierde nuestra propia identidad, por lo que acaba siendo, simplemente, una representación. E igual que nosotros tenemos nuestra propia representación, nos encontramos en el ciberespacio con representaciones de los demás. Así es como nos situamos ante un individuo perplejo digitalmente.

Si la revolución tecnológica no va acompañada de moral, se pierde. Y una sociedad que se olvida del otro, también se pierde. Estamos generando, desde hace años, una nueva manera de narrar y de poder ver y hacer ver. Hay posibilidad, esperanza, pero también riesgos. Nos estamos acostumbrando a ver a los demás en la red como representaciones, en vez de personas. Así es como contribuimos a que aumente la distancia moral. Podemos ver como una persona se suicida en directo. E incluso podemos justificarlo con un ‘No, de hecho, yo no miro. Solo veo lo que otro ya ha mirado”. Así es que como todos producimos esta distancia moral. Y es que lo que es evidente es que el ciberespacio es el no-lugar. Se escapa de cualquier territorio. Es un espacio mediático que evade al individuo de su entorno y le crea adicción a un sitio construido de manera electrónica. Esta dimensión online no asume grandes riesgos como sí lo hace el mundo offline. Es un espacio ilusorio, y así es como se confunde la realidad.

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