‘Indian Creek’, de Pete Fromm

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Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

Indian Creek

Un invierno a solas en la naturaleza salvaje

Pete Fromm

Traducción de Carmen Torres García

Errata Naturae

Madrid, 2017

308 páginas

 

Boone es el nombre del perro, un Husky Siberiano, que crece junto a Pete Fromm (1958) a lo largo de los meses en que permanecen en un casi total aislamiento, en un mundo en el que todo está cubierto por la nieve. Todo. Al llegar la primavera, Boone se habrá convertido en un adulto capaz de valerse por sí mismo, de ser la mejor compañía para otros hombres y con un espíritu libre que en cualquier otra circunstancia le hubiera resultado imposible concebir. Porque Boone es Pete Fromm. Fromm proyecta en su animal de compañía lo que confiesa a lo largo de esta obra, en la que el alma de eremita busca su equilibrio. Y termina todo cuando la nieve se deshace, para transformarse en agua, que, como todos sabemos, es el líquido con el que nos bautizan.

En realidad, esta experiencia narrada sin hipérboles y con la poesía de las palabras justas, es un bautizo. El libro se centra en un episodio del que el autor, y nosotros con él, salimos renacidos. De hecho, algo tan impensable como se capaces de despedirnos de nuestro mejor amigo, lo hemos aprendido a lo largo de estos meses de liturgia. Porque hemos aprendido que si nos negáramos a despedirle, le ataríamos. Y por mucha lástima que sintamos, no se le puede negar a nadie la libertad que en algún momento ha tenido.

Indian Creek se gesta en un impulso juvenil: un muchacho que prefiere probarse en una experiencia extrema antes que atenerse a las convenciones del estudio y el trabajo. El motivo, Fromm no repara a la hora de reconocerlo, es que es un incrédulo respecto a sí mismo. No se conoce, no sabe de sus capacidades, de sus facultades de superación, vinculadas a la creatividad. Pero en lugar de seguir el camino del protagonista de Hacia rutas salvajes, que sirve más para llamar la atención y buscar la confrontación generacional, Fromm pacta esa estadía en las montañas, en invierno, vigilando el curso de un río en el que se hospedan crías de salmón, esperando a la temporada en que emigren hacia el mar. De hecho, ni siquiera se atreve a calificar como aventura esta empresa. Sencillamente, guarda los alimentos que considera imprescindibles, la ropa apropiada, se prepara para pasar meses sin enjabonarse y protege al cachorro como protege a la naturaleza. El hombre ha deformado al animal de compañía al igual que ha deformado los bosques, que ahora parecen, en buena medida, parques. Y reclama el derecho a que no se considere a los ermitaños como exiliados sociales.

A lo largo de los meses, el método de aprendizaje de lo práctico es el ensayo-error. El más duro, el de no padecer claustrofobia, el control del sistema nervioso, viene de la convivencia natural. En ningún momento trata de desfigurar al bosque y a la nieve para que le favorezcan. Es él quien se adapta. En ese sentido, el capítulo en que caza un alce representa la transfiguración del protagonista. Ahora sabe que será capaz de sobrevivir y de renacer. No se niega a sí mismo el orgullo, pero sí la arrogancia. Y reconoce en el perro la mayor de las virtudes que, a juicio de Conrad, es la lealtad. Durante este periodo, durante la lectura, surgirá el tema de la libertad, de si él es un hombre libre y en qué medida lo son los domingueros o los ermitaños. Un debate que la cultura americana, y tras ella la occidental, no ha sido capaz de resolver desde la llegada del Mayflower y el encuentro con el indio. Pero Fromm, por su parte, sí es capaz de reconocer cuál es el punto de inflexión. Fromm caza pidiendo perdón a las bestias a las que ha visto volar o brincar sobre la nieve. Y caza por necesidad. La presencia ruidosa de cazadores, desequilibra el planeta entero. Cuando aparecen en el texto, uno está deseando que se evaporen. Porque lo que deseamos que permanezca en nuestra retina, a través de los ojos de Fromm, es el salto de siete metros del puma, no su piel sin intestinos y sin alma. Es en el salto donde el puma guarda los veintiún gramos. Gracias, Fromm, por llevarnos al lugar al que no pudimos ir, al lugar donde el puma es el rey de la nieve.

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