El alma del tarot

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Si le confiamos una preocupación o una duda al Tarot, para ello te recomendamos opciones de lectura de Tarot gratis,  obtendremos  un cambio de perspectiva, una sugerencia, incluso un consejo. “Confiar” aquí es una palabra clave, pues desde el momento en que formulamos una pregunta al Tarot, incluso si lo leemos para nosotros mismos, estamos creando una formulación de un estado de ánimo, estamos poniendo en el mundo una duda que no existía de manera explícita, y eso mismo ya puede considerarse un acto creador; la siguiente parte consiste en crear frases, asociaciones, correspondencias entre las figuras y símbolos que aparecen en las cartas seleccionadas al azar, concentrándonos en la intención de nuestra pregunta y manteniendo una actitud de apertura.

 

En su película de culto La montaña sagrada, el cineasta, poeta y mago Alejandro Jodorowsky afirma que “el Tarot te enseñará cómo crear un alma”. ¿Es que no venimos todos al mundo con un alma propia, nuestra, ya prefabricada, por decirlo así? Preguntar por la naturaleza del alma en términos abstractos es una labor teológica y especulativa en la que poco podemos avanzar; sin embargo, preguntar por el alma individual y terrenal de cada uno de nosotros abre la puerta a un camino que podemos transitar con la ayuda del Tarot.

El Tarot es un antiguo juego de cartas, creado probablemente durante el siglo XIV de manera anónima. A pesar de que durante el siglo XX el uso del Tarot se popularizó gracias a las impresiones masivas del Tarot de Marsella o del mazo Raider-Waite, las cartas no tienen un significado fijo, sino que se relacionan y asocian visualmente unas con otras a partir de las vivencias y experiencias propias tanto del consultante como del mago (esto es, de quien realiza la lectura.)

La estructura del Tarot puede explicarse con relativa facilidad: 22 arcanos mayores —figuras arquetípicas— y 56 arcanos menores divididas a su vez en cuatro palos: bastos, espadas, copas y oros, para dar un total de 78 cartas. En un estudio clásico sobre el tema escrito conjuntamente con Marianne Costa (La vía del Tarot), Jodorowsky enseña cómo las 78 cartas pueden verse como un mandala, es decir, como una imagen unitaria. Así, cada una de las cartas sería un aspecto de esa totalidad viviente, un monumento de sabiduría que habla a partir del consultante.

Tomemos como ejemplo el arcano número IX, El Ermitaño: se trata de un viejo con una larga toga que sostiene una lámpara en una mano y un báculo en el otro. Es el antiguo iniciado en magia, que camina en la oscuridad sosteniendo la luz interior; si busca ver el futuro, el mago se ciega, pues como enseña Platón, la demasiada luz también impide ver. En otro aspecto, el Ermitaño camina confiado hacia el futuro que no puede ver, guiado por esa luz interior que es su propio corazón encendido.

En este plano, el Tarot puede servirnos para realizar ejercicios de introversión: ¿qué sentimos o qué pensamos cuando miramos las cartas? ¿Sentimos miedo, asco, repulsión, o bien amor, compasión, paz? Estos aspectos no están “contenidos” en las cartas, sino que reflejan nuestras impresiones sobre el mundo a través de un lenguaje simbólico.

 

 

La creatividad o la inspiración, desde el punto de vista del Tarot, consiste en liberar la capacidad creadora de cada uno de nosotros a través de las pautas que consigue despertar la lectura de los símbolos. Recordemos que “inspiración” es un movimiento respiratorio: inspirar es dejar entrar aire al cuerpo para mantenerlo vivo, y expirar puede ser tanto sacar el residuo de esa respiración como transformarlo en aire vital, en sentido: en palabra.

Adquirir un sistema para leerlo es posible a través del estudio y la meditación en las figuras, además de la lectura de maestros como Jodorowsky, Aleister Crowley o Eliphas Levi; sin embargo, no es posible jamás “graduarse” como tarólogo, pues mientras permanezcamos vivos nuestra mente y nuestra comprensión de las cosas sigue cambiando y evolucionando, y en ese sentido el Tarot es capaz de reflejar esos cambios, pues como hemos dicho se trata de un espejo en el que podemos reflejarnos y servir también como película de contraste para reflejar y ayudar a otros.

 

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