‘Los intactos’, de María José Codes

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Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

Los intactos

María José Codes

Pre-textos

Valencia, 2017

182 páginas

 

La mejor terapia para el trastorno de estrés postraumático es irse a vivir a un cuadro de John Constable.

Esa es la decisión que toman dos mujeres, cuyos lazos no se irán explicando a pequeñas dosis a lo largo de la novela, para superar algo de lo que no se nos da referencia hasta mitad de obra, cuando se utiliza la palabra “masacre”. Será la más joven de las dos quien narre y quien opte por una actividad terapéutica: se dedica a la restauración de cuadros y en la aldea en la que aterrizan, pintada por Constable, recibe el encargo de recuperar unas tablas religiosas, pertenecientes a una iglesia muy dogmática. El cuadro representa algo así como el triunfo de la muerte sobre la peste. A la otra mujer, Alicia, la conocemos a través de los ojos de la narradora y sabemos que es tan anacrónica como seductora. Teniendo en cuenta que la histeria es muy sugerente, tanto como el cripticismo, Alicia nos dará juego a enervarnos por su inmovilidad. Sabemos, eso sí, que ha perdido un hijo y que oculta algún secreto. La relación de amor/odio está servida.

Pero aislarse en la campiña no significa que todo vaya a ser puro. En los cuadros de Constable los mulos trabajan duro, alguna de las nubes es demasiado oscura y el suelo de barro. Tampoco se reconocen a los personajes, amparándonos en la lejanía. Carecer de máscara es la máxima expresión del enigma en literatura. Ni siquiera en ese cuadro idílico, al que acuden a modo de sanatorio, se evitan los trastornos de sueño y la autocompasión. Dos variedades del menú de los desastres que suelen ser plato único. En cualquier caso, tanto en los cuadros del pintor como en la actuación de los personajes, la nostalgia se rumorea al fondo. Entre otras cosas, porque ninguno de los dos proyectos, y mucho menos el de quien nos narra, posee hechizo. Quedan los otros personajes, los habitantes de la región que rodea al lago, que o marcan distancias o buscan seducir. Hasta que la narradora encuentra algo de confort en los brazos de uno de ellos. Porque se trata de una psicología en la que se impone el deseo de un amor victoriano.

No falta la casa gótica al otro lado del lago, la ciudad de Londres que aparece con disimulo, elípticamente, y una serie de frases que hubieran hecho mejor a la obra si hubieran desaparecido. Paul Valéry no entendía que tuviera sentido escribir la marquesa salió del salón, de ahí que escogiera la poesía. Para que esta novela tuviera la poesía que pretende, sobran algunas marquesas saliendo del salón y acotaciones por el estilo. Por lo demás, hay que alabar la dosificación de pistas para mantener la intriga, que siempre aparecen integradas en la narración y no como un apósito para impresionar.

A favor de la luz

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