‘Los motivos del fuego’, de Juan Carlos Muñoz

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Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

Los motivos del fuego

Juan Carlos Muñoz

Relee

Madrid, 2017

237 páginas

 

Trabajando sobre literatura sin golpes de efecto, Juan Carlos Muñoz (Alcalá de Henares, 1964) nos lleva a una urbanización, a cualquiera, a la nuestra, por ejemplo, porque casi todos parecemos ya vivir en el alfoz de Madrid, en la que el protagonista vive o sobrevive. La diferencia de la que es culpable un sobre, que es preposición y prefijo, será el cimiento de la obra. En distinto grado, todos somos robinsones de nuestra urbanización o nuestro barrio, aunque solo la historia de unos pocos merece ser relatada: la de aquellos que consiguen que el detalle ocupe tanto como el paisaje. A la fuerza, el superviviente se ha visto sometido a una violencia previa y está, o cree estar, en la misma lucha. La lucha es algo que sucede dentro y fuera del cuerpo. Es decir, la polisemia de ‘sobre’, el detalle y el paisaje, dentro y fuera, nos pone, al parecer, frente a una obra de balanza, de dicotomías de elecciones. Aunque todos los habitantes de la urbanización padezcan los dilemas, solo uno se llevará la palma, el que tiene en una mano la codicia y en la otra, como apunta Marta Sanz en el prólogo, la cortina de humo del falso espectáculo de magia, escamoteándonos a la vista la hipoteca impagada e impagable.

Hipoteca es, a fecha de hoy, y refiriéndonos a una urbanización de clase media a las afueras de Madrid, sinécdoque de crisis. Sí, de crisis, pero de la crisis que vivimos ahora, la que parece provisional, que se le adjudica fecha de inicio y se espera a poner un final, mientras la gente sufre. Es decir, de esa guerra que llamamos crisis. Con lo cual retornamos al superviviente que tiene que hacer prestidigitación para parecer que vive. Que vive él y que viven los que de él dependen, que son todos los demás. Porque en cualquier momento, la crisis puede provocar que el más sensato agarre un cuchillo cebollero y se plante en la cola de la farmacia para robar todo el alprazolam del depósito. Esa intuición da cierta ironía a la novela, la que maneja la distopía a pie de calle, lo inexplicable en la costumbre, en el condicionamiento. Al condicionamiento social se le ha venido llamando, en literatura, costumbrismo, y eso es algo que sucede en cuanto el grupo de gente es lo bastante numeroso y está arraigado como para considerarse que habitan una polis. Los motivos del fuego tiene mucho de novela política. Más aún cuando la polis actual es un festín, un descuido, algo sin orden, sin aparente estructura, dislocado, que es como configura Muñoz su novela.

Estatuas que hablan, la tentación que vive al otro lado del muro, dioses y diablos, el dinero como personaje, al igual que el mundo digital recién estrenado. Todo eso descentra los ejes sobre los que el lector presupone que debe erguirse la novela, para desconcertar y desconfiar. Y la desconfianza, tal y como está el panorama narrativo, es todo un logro. Tenemos a Solenoide, la recién publicada obra maestra de Cartarescu como mejor ejemplo. Pero, ay, están también los hijos, y cuando existen esos pequeños personajes, ya tenemos que pensar que en algún momento el autor o el narrador o quien sea, se habrá atrevido a aventurarse en el futuro. ¿Dónde diablos están las pistas sobre el futuro en esta novela? Sin embargo, no es una obra que nos remita a Julián Ríos. Es una obra en la que queda claro hacia dónde nos lleva el autor. Es una novela que “resume la historia de nuestro desclasamiento histórico”. Resume la historia de los espejismos burgueses, de clase media y sueño americano. El realismo frente a la inocencia. El apego por la gente, frente a la tan frecuente decepción que supone la base que nos hace ser robinsones en la urbanización o el barrio donde vivimos.

A favor de la luz

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