‘En el río del amor’, de Joseph Delteil

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Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

En el río del amor

Joseph Delteil

Traducción de Laura Salas Rodríguez

Periférica

Cáceres, 2017

130 páginas

 

El libro clave para conocer el progreso, y las regresiones, de la humanidad, al menos de los publicados en las últimas décadas, puede ser Armas, gérmenes y acero, de Jared Diamond (Debolsillo). No guarda ninguna relación con la historia que nos atañe, excepto por el hecho de que el aspecto básico, el que define los vínculos, es la verticalidad y la horizontalidad de los continentes. Es Eurasia donde con más facilidad se ha producido movimientos de armas, de gérmenes y de acero, dado que África o América, dos continentes en canal, para que los humanos o las bacterias, los inventos y las revoluciones prosperen, deben superar obstáculos geográficos del tamaño del Sáhara o la selva amazónica. El viaje horizontal a través de Eurasia ha quedado reflejado en líneas como la del Transiberiano, con mayor fuerza que la Ruta de la Seda o los océanos, por su rapidez. A lo largo de ese país inmenso y horizontal que es Rusia han podido suceder hasta la abducción de una etnia entera por los extraterrestres sin que tuviéramos noticia de ello.

Con lo cual, bajando a lo humano, cualquier historia de amor ha sucedido. Esta novela breve es una invención, sí, pero no cabe duda de que el juego cruzado de enamoramientos entre dos oficiales amigos de la infancia y una mujer reclutada del bando contrario, durante el periodo de la Revolución Bolchevique, ha sido más probable que posible. De todas las flechas de Cupido solo una no será platónica, la que enlace a uno de ellos con la mujer. Pero las demás serán las que marquen el sentido de los actos. Delteil (Villar-En-Val, 1894 – Hérault, 1978) construye una fábula en la que el romanticismo convive con el ambiente bélico en equilibrio precario. Cualquier otra opción no habría sido sincera. Con un estilo tan escueto como si se tratara de una sinopsis glosada, con la prosa que se corresponde más al amor que a la guerra, con una supuesta oralidad, un cierto manejo de recursos para dar la sensación de improvisar, los personajes viajan de los sueños a la realidad. Del algodón de azúcar a la carne viva. De granjas que se antojan palacios a un viaje atroz por Siberia, de este a oeste, cruzando Eurasia en horizontal y, por tanto, pudiendo conocer casi todo lo que ha creado el hombre. Y también lo que ha sufrido. Las armas, los gérmenes y el acero. Y los lazos de un amor que nace en China, los celos demasiado carnales y la extorsión afectiva. Ella les exige regresar a su patria y ellos le conceden el deseo, huyendo de la batalla de Pekín, que para unos es pintoresca y para otros una ocasión de hacer negocio, en uno de los mejores episodios de la novela.

Finalmente serán los gérmenes, la enfermedad, lo que comience a resolver el drama. Porque de drama se trata, de una lección de falta de humanidad a favor del embrutecimiento, por muy comprensible que este sea.

A favor de la luz

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