Se alza la voz de las “Troyanas”, `para que la última palabra no sea de ellos´

Por Horacio Otheguy Riveira

La guerra deja de ser un pasatiempo más o menos doloroso desfilando fugazmente por el telediario, algo lejano que se supone horrible, al que pocas veces se acompaña de más detallada información. Poco teatro abunda en los escenarios madrileños que dé cuenta del fenómeno que arrasa con millones de personas desde tiempo inmemorial, y sólo por ello es de agradecer este esfuerzo en adaptar Las Troyanas de Eurípides en una vertiente atemporal en la que se funden los rasgos históricos de la Guerra de Troya con datos visuales o textuales de nuestro tiempo. El protagonismo es coral: mujeres derrotadas que han de ser tomadas por los generales griegos, mientras que las otras mujeres, las desconocidas de siempre, se quedaron en el camino, una vez violentadas de todas las maneras posibles. Un testimonio más dado a la reflexión que al desgarramiento, con un notable reparto en el que destacan Miriam Iscla, Maggie Civantos, Ernesto Alterio y los niños Alejandro López y Pablo Cordero.

 

 

La tragedia escrita hace unos 2500 años por Eurípides, tira abajo la omnipresencia de los dioses para demostrar que su silencio ante el horror de la guerra va de la mano de una humana naturaleza igual de terrible. Hay, entonces, un puro destino trágico al que la reina Hécuba se enfrenta en una resistencia que no evita su derrota. En 1967, Jean Paul Sartre retoma a los grandes personajes femeninos de aquélla, mujeres con mucha historia real y mítica, y crea sus propias Troyanas bajo el prisma del materialismo dialéctico, poniendo al frente, en un gran espectáculo con coro incluido, el viscoso negocio de la guerra con las mujeres como botín implacable. En este 2017, Alberto Conejero toma material de ambas piezas y reconstruye la historia con similar interés literario, aunque con menos estructura teatral que la del francés.

La guerra de Troya se acaba y quienes pasarán como héroes absolutos (Ulises, Aquiles…) se convierten en tipos que harán de las femeninas supervivientes un mercado olímpico, a sorteo, y así encontramos a las ferozmente derrotadas para hablarnos en bien medidos y enriquecidos monólogos del desastre, acontecimientos que todas ellas ya conocen pero que, como estructura dramática muy convencional, se repiten a viva voz para que los espectadores nos entendamos.

Con palabras siempre interesantes, aumentan su valor en el cuerpo de estupendas actrices en manos de una dirección empeñada en no desbarrancarse por el descorazonador devenir de cuanto en escena se narra. Una interpretación que no conmueve, dirigida a crear una reflexión inédita en el teatro: testimonio de las mujeres como objeto de deseo violentado y despreciado, una constante que se ha repetido en todas las guerras conocidas y que sigue sucediendo constantemente. En esta situación, estas Troyanas de Eurípides según Conejero (quien ha tenido la generosidad de mencionar no sólo la obra de Sartre, sino otros textos de los que se ha servido) se desarrolla con una intensidad muy interesante en boca de sus intérpretes, pero que gana muchos puntos leída, pues su riqueza abarca un panorama literario y ensayístico que la puesta en escena no supo aprovechar ni enriquecer.

Del notable reparto, a pesar de la frialdad con que Portaceli amasó su propia versión de las mujeres en un combate que no cesa, conmueve la Casandra que compone Miriam Iscla:

CASANDRA.- (…) Aquí está la novia. Troya es un incendio y yo su llamarada.
Entraré en el lecho del enemigo como una plaga. ¿Por qué me miráis así, troyanas? Hoy es
el día más bello de la tierra. Cantad, cantad. Yo soy el sol de medianoche. Gritad de alegría,
vestid las galas de fiesta. ¡Cantad conmigo, cantad! ¡Honrad a Agamenón, al que el destino
me asignó como esposo!
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HÉCUBA.- Hija, dame esas antorchas. Despacio. Así. (CASANDRA le entrega las antorchas.)
Ese fuego me causa un dolor infinito. Troyanas, llevaos dentro estas antorchas de luto.
CORO.- Hazla callar, Hécuba. Nos avergüenza delante de los griegos.
CASANDRA.- ¿Las oyes, madre? Piensan que no soy la dueña de mis palabras.
HÉCUBA.- Cómo podía imaginarme que un día celebrarías estas funestas bodas, rodeada de
las lanzas y de los cuchillos de nuestros enemigos. ¡Troyanas, contestad con lágrimas a sus
cantos nupciales!
CASANDRA.- Alégrate, corona mi frente con tus bendiciones. (Silencio. HÉCUBA le da el
beso en la frente. Al oído de HÉCUBA.) Escucha, madre: si mi voluntad flaquea, empújame
tú misma a los brazos de Agamenón. Te juro que seré una esposa aún más terrible que
Helena. Lo mataré, devastaré su casa. Vengaré a mis hermanos, vengaré a mi padre. Soy el
cuchillo que Troya ha lanzado al aire antes de morir.
HÉCUBA.- Calla, te lo suplico.
CASANDRA- Agamenón morirá y las furias perseguirán a sus hijos y a los hijos de sus hijos.
Nuestra sangre maldecirá Grecia.

Y más adelante: llena de estupor, crea una nueva emoción el breve texto con que Helena de Troya se desliza por la voz y la silueta de Maggie Civantos, atacada por mujeres inevitablemente resentidas por considerarla el centro de una guerra feroz, pero la Helena raptada por el apuesto Paris de los brazos de su esposo Menelao, quien para recuperarla desata el conflicto, lo tiene muy claro, lanzando la gran pregunta que muchos dramaturgos y poetas desarrollaron de diferente manera: “¿Yo he sido la causa o la excusa?”.

 

CORO.- La muerte es lo que mereces. Toda la muerte que tú has causado que se vuelva
ahora contra ti, que te reviente dentro del cuerpo y te haga desaparecer.
HELENA.- Déjame decirte al menos que si muero, será injustamente.
HÉCUBA.- Habla, que la historia no diga que no tuviste la oportunidad de defenderte.
HELENA.- Mírame. A la cara. Hasta hace poco dormíamos en los mismos techos. Lo quieras
o no, hemos sido algo parecido a una familia. A nuestro modo.
HÉCUBA.- Di lo que tengas que decir. Con cada palabra irás alimentando tu ruina.
HELENA.- Mírame te digo. ¿Qué es lo que ves? ¿Una mujer sucia? ¿Es eso? ¿La peste de
Troya? Está bien. No busco la simpatía de nadie. Ni de los hombres ni de los dioses. Ya me
he acostumbrado: a todas esas miradas clavándose en mí, a ese silencio cuando entraba en
alguna estancia y luego los cuchicheos. Y esa palabra que me sigue a todas partes como una
sombra: Mírala, ahí va, Helena, esa ramera.

Dos figuras masculinas resultan importantes en esta versión con reparto reducido frente a los originales en que se basa, casi diríamos de cámara: un hombre, servidor del amo griego, mensajero de infortunio con un sentimiento de culpa que no por atormentarle mejora su conducta. No puede ni sabe ni quiere rebelarse para lograr alguna clase de ayuda a estas mujeres a las que también se les arrebata un niño indefenso, que será arrojado desde una alta torre porque cuando crezca será un joven vengativo.

El hombre lo asume Ernesto Alterio resolviendo con gran contención dramática el desgraciado perfil de su personaje, sin mover a compasión, perfectamente ubicado en el contexto histórico y social en que se mueve. A su lado, el niño Alejandro López (en funciones alternas con Pablo Cordero) es una criatura muda que recibe los abrazos impotentes de las mujeres de la función, y se marcha muy lentamente rumbo a la muerte por el pasillo del teatro, una sala llena de un público que le ve partir con el corazón en la mano. Un público que aplaude con entusiasmo, con mayoría de hombres puestos en pie, hombres conmovidos ante la derrota histórica y terriblemente presente de las mujeres con quienes se sienten en deuda… en un siglo XXI en el que uno de los negocios más boyantes se desarrolla en torna al sexo femenino como mercancía internacional desde la infancia…

 

 

 

 

Como a un fantasma avergonzado te despertará la luz y no será la luz.
Pero aguantarás, en pie, desdichada Hécuba, como todas las Hécubas del mundo: detrás de
las alambradas, en las barcas que el oleaje quiera tragar, en los campamentos de invierno;
aguantarás, porque Troya está en ti y mientras tú vivas Troya seguirá viva; aguantarás y no
habrá tiempo ni fuego ni mentira que la derrumbe; aguantarás, Hécuba, para que el silencio
no siga al crimen, para que la última palabra no sea de ellos, para que no se queden con
toda la luz de este mundo.

TROYANAS

Autor: Eurípides
Versión: Alberto Conejero

Intérpretes por orden de intervención: Ernesto Alterio, Maggie Civantos, Alba Flores, Gabriela Flores, Miriam Iscla, Pepa López, Aitana Sánchez-Gijón

En funciones alternas, los niños: Alejandro López y Pablo Cordero

Dirección: Carme Portaceli

Diseño de Luces: Pedro Yagüe
Escenografía: Paco Azorín
Vestuario: Antonio Belart
Música y espacio sonoro: Jordi Collet
Audiovisuales: Arnau Oriol
Coreografía y movimiento escénico: Ferrán Carvajal
Diseño y fotografía cartel: Sergio Parra
Diseño de producción: Sandra Avella
Producción Ejecutiva: Rovima
Ayudante de Dirección: Judith Pujol
Ayudante de Producción: Miguel García de Oteyza
Regidor y Gerente en Gira: Isabel Echarren
Con el asesoramiento de Margarita Borja

Producción del Festival Internacional de Teatro de Mérida, Teatro Español y Rovima

Teatro Español. Sala Principal. Hasta el 17 de diciembre de 2017

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