Women House, esa “habitación propia” tan revindicada para las mujeres artistas

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Por  Beatriz Sánchez Santidrián

La Monnaie de París presenta una exposición que reflexiona sobre la relación entre dos nociones, la condición femenina y el espacio doméstico, y que propone el hogar como el ámbito con el que tradicionalmente se ha identificado a las creadoras, a medio camino entre aislamiento y liberación.

“¿Por qué no ha habido grandes mujeres artistas?”, se preguntaba en 1971 la precursora de la teoría de arte feminista Linda Nochlin, fallecida el pasado 29 de octubre. Como respuesta, Nochlin señalaba una serie de condicionamientos socioculturales e institucionales que habían impedido un desarrollo favorable de la carrera de las artistas, similar al de sus colegas hombres, y entre los que se encontraba el silencio promovido desde la historiografía tradicional, dominada por un paradigma patriarcal. Hace ya más de cuarenta años de la publicación de tan revolucionario ensayo. Sin embargo, lejos aún de ser superada, sigue siendo una cuestión totalmente vigente, aún en boca de todos en esta tercera ola feminista que vivimos actualmente.

También hace más de cuarenta años de Womanhouse, la exposición que Miriam Schapiro y Judy Chicago, codirectoras del programa de arte feminista del California Institute of the Arts, dedicaron en 1972 a la problemática del espacio de la casa en la creación femenina: a partir de un suceso “anecdótico”, como era la falta de un lugar apropiado en el que impartir sus propias clases, Schapiro y Chicago decidieron crear un proyecto colaborativo con sus alumnas, habitando con sus instalaciones y performances las 17 estancias de una casa que tomaron prestada poco antes de su demolición. Un espacio que se presentaba, por tanto, en su sentido más literal: un espacio físico de creación y de exposición -como al que aludía también Virginia Woolf en su mítico ensayo de 1929, Una habitación propia: uno de los requisitos imprescindibles a tener en cuenta por toda novelista que quisiera lograr su independencia-, pero que aludía a otro más simbólico e ideológico: la falta de visibilidad y de reconocimiento del trabajo de las mujeres artistas.

Estos son los datos básicos de la genealogía en la que se apoya Womenhouse, la exposición que la Monnaie de París, en su nuevo espacio museográfico y expositivo 11 Conti, presenta hasta el 28 de enero de 2018. Comisariada por Camille Morineau, directora de Exposiciones y de Colecciones de la institución, y Lucia Pesapane, comisaria de exposiciones de la misma, desarrolla una reflexión surgida con motivo de una exposición precedente, elles@centrepompidou, celebrada en el Centre Pompidou de París entre 2009 y 2011 y también organizada por Morineau (en ese momento, aún conservadora del centro), que reunía obras de unas 200 artistas desde principios del siglo XX hasta hoy; la constatación del interés común de dos de las artistas contemporáneas más importantes, Louise Bourgeois y Niki de Saint Phalle, por el tema de la “mujer-casa”, dio lugar a una investigación que desembocó en la exposición actual, y que se materializó en uno de sus capítulos, con el que cierra la muestra.  Ambas, Bourgeois y Saint Phalle, están presentes en ella, junto a otras 37 artistas, entre las que se encuentran algunas imprescindibles de los estudios feministas, como Cindy Sherman o Martha Rosler, pero también otras no tan mediáticas, que han sido “redescubiertas” con motivo de esta muestra.

Diversos aspectos de la esfera doméstica asociados al estereotipo femenino conforman el corpus temático de la exposición. En primer lugar, la miseria de las tareas cotidianas del hogar burgués, considerado por la generación de artistas de los años 70 como un símbolo de reclusión y de sumisión al sistema patriarcal, y contra el que se rebelan las obras de la austriaca Birgit Jurgenssen, con un estilo no falto de ironía y humor. Un hogar cuyos límites bien pueden suscitar, desde el punto de vista tanto físico como psicológico, un sentimiento de alienación y de opresión, como el que se siente dentro una caja de cristal o tras los barrotes de una celda, y que Lydia Schouten, Helena Almeida o Monica Bonvicini expresan con sus fotografías, performances o videoinstalaciones. Un hogar que también puede ser identificado con una casa de muñecas, donde la mujer-objeto es prisionera de las representaciones de género, como en las piezas de Laurie Simmons, Rachel Whiteread, Penny Slinger o Joana Vasconcelos. Pero que, al contrario, para otras autoras puede constituir un lugar de resistencia, una fuente de inspiración y de construcción de la identidad, una prolongación del propio cuerpo de la artista: un refugio donde trabajar y de donde extraer la fuerza creadora, en línea con el pensamiento de Virginia Woolf. Es el caso de Claude Cahun, Kristen Justesen, Francesca Woodman, Lili Dujourie o Zenele Muholi.

Más adelante, la exposición parece dar un giro: ya no se trata tanto de la artista dentro del espacio doméstico como de qué hace con él, (re)construyéndolo o testimoniando su desaparición, poniendo en evidencia las fallas y proponiendo nuevas maneras de habitar. Las piezas de Nazgol Ansarinia o Isa Melsheimer reflexionan sobre la huella: la de los cuerpos y lugares ausentes, abocados al olvido, reproducidos en forma de moldes y expuestos como testimonios históricos o recuerdos personales. Por su parte, las enormes instalaciones de Ana Vieira y Carla Accardi reproducen espacios de habitación: mientras que el comedor de Vieira muestra el rigor del espacio burgués, reflejo de las buenas maneras en la mesa, la carpa de Accardi, a modo de cabaña primitiva, simboliza la libertad de una vida “fuera del contexto estructurado de la civilización”. Una nueva manera de habitar, que también es explorado por aquellas que reflexionan sobre cuestiones como el nomadismo, el exilio o el colectivo frente a la individualidad, como Lucy Orta, Andrea Zittel, Laure Tixier, Shen Yuan o Sue Williamson. Finalmente, la muestra cierra con la noción ya citada de la “mujer-casa”, trabajada antes que nadie por Louise Bourgeois, cuya propuesta de asociación formal entre el cuerpo de la mujer y la arquitectura de la casa pone en evidencia el papel de la mujer dentro del hogar, del que podría considerarse como una madre protectora, a imagen de las famosas esculturas en forma de araña de la artista francesa.

Women House es la primera de una serie de exposiciones colectivas de mujeres artistas, con la que comienza una línea de trabajo al que la Monnaie de París consagrará una muestra cada dos años -y que mantendrá una relación con dos disciplinas a las que la institución prestará gran atención a partir de ahora: la escultura y las artes aplicadas-. Así lo ha querido Camille Morineau quien, además de co-comisaria de la exposición, es co-fundadora y presidenta de AWARE (Archives of Women Artists, Research and Exhibitions), asociación sin ánimo de lucro que trabaja desde 2014 por la promoción y la visibilidad de las mujeres artistas del siglo XX.

Las salas de este palacio del siglo XVIII constituyen un telón de fondo espectacular, que acoge muy bien las piezas presentadas, por el contraste estético y simbólico. Se trata de un espacio para la contemplación y el disfrute de las obras, entre las que se puede deambular sin prisas, meditando en el camino de una sala a otra. Se trata de un tema muy rico y complejo, con muchos matices y que sugiere múltiples aspectos. Por ejemplo, el hecho de la ambivalencia del tema, que es abordado no sólo desde un punto de vista feminista, sino también poético, político o nostálgico.

Sin duda, el asunto no es totalmente inédito, se ha tratado ya con anterioridad. Por ello, puesto que los estudios precedentes (y, sin ir más lejos, la realidad cotidiana, que demuestra que aún estamos muy lejos de conseguir una distribución simétrica de privilegios entre hombres y mujeres) deja el listón alto, la propuesta podría parecer un poco banal si no se abordase con inteligencia y valentía. La mayoría de las obras escogidas hablan por sí solas, y tanto el valor histórico como el estético justifican la muestra. Pero resulta ésta un poco insípida. Se echa en falta un poco más de compromiso, de ideología, de análisis. Y de apuesta por una mediación más abundante y explícita. Incluso, pensando en el enorme espacio dedicado (1000 m²), cabe preguntarse si no habría sido posible incluir más obras y a más artistas de las 39 representadas, necesarias para ilustrar y visibilizar una historia que es tan vasta y universal. Referencias sin duda evidentes, como podrían serlo la relación de Frida Kahlo con su hogar, la Casa Azul en la que pasó la mayor parte de su vida; las labores cotidianas desarrolladas en el ámbito doméstico que Remedios Varo presentó en sus lienzos; o la intimidad desvelada en la serie de Los durmientes de Sophie Calle, por poner sólo unos ejemplos. Suponemos que las próximas exposiciones del ciclo previstas por la Monnaie de París completarán el repertorio de artistas y temas.

 

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