Los libros de la isla desierta: ‘La piel de zapa’, de Honoré de Balzac

Por Óscar Hernández Campano.

Esta novela formaba parte del colosal proyecto del prolífico autor francés Honoré de Balzac titulado La comedia humana. Balzac pretendía escribir más de ciento cincuenta historias en las que diseccionaría al ser humano en todas sus facetas: psicológicas, sociológicas, filosóficas, económicas, políticas, sentimentales, etc. Aunque no logró culminar su magno proyecto, sí tuvo tiempo de escribir más de un centenar de libros entre los cuales destaca La piel de zapa.

La novela, además, fue la obra que consagró a Balzac tras muchos años intentando ser lo que hoy llamaríamos un autor Best seller. Publicada en 1831, después de una astuta campaña publicitaria en diferentes periódicos de París, el libro se vendió muy bien, reeditándose enseguida y logrando buenas críticas. Así, más de diez años después de anunciar a sus padres que quería ser escritor, y tras varios libros con escaso éxito y diversos pseudónimos, Honoré de Balzac se convirtió en un escritor reconocido y respetado, amén de rico y famoso.

La piel de zapa, que incluye elementos autobiográficos, nos sitúa en el París de 1830, poco después de la Revolución de julio. Raphael de Valentín acaba de perder su última moneda en un casino y sin encontrar salida a su drama, se encamina a un puente del Sena para arrojarse a sus aguas y morir. Sin embargo, decide esperar a que caiga la noche para que su cadáver no sea recogido por el servicio de barcos que existe a ese efecto, y que cobra por cada cuerpo recuperado del río. No quiere valer más muerto que vivo, por lo que se va de paseo para hacer tiempo. Por casualidad, encuentra una tienda de antigüedades donde descubre maravillas de los cinco continentes. Entre los muchos y exóticos objetos, le llama la atención una piel de zapa (según el libro, piel de asno, pero según el DRAE, un pez). El dueño de la tienda le explica que es un talismán con poderes mágicos y que si se la lleva, todos sus deseos se harán realidad. No obstante, el precio de cada deseo será una reducción del tamaño de la piel, y por ende, de su salud. Así, cuando la piel se encoja hasta el punto de desaparecer, la vida de su propietario se extinguirá con ella. Raphael acepta y se la lleva. Al instante su vida mejora drásticamente, pero el talismán comienza a menguar.

Balzac, en este remedo pesimista del relato de Aladino, mezclado con el Fausto de Goethe, y que parece que inspiró a Wilde para escribir El retrato de Dorain Gray, usa el talismán como pretexto para reflexionar sobre los deseos que todos tenemos y sobre la fuerza de voluntad. El joven Raphael anhela amigos, mujeres bonitas, cenas dignas de reyes, rentas millonarias y lujos sin fin. Aunque cuando va consiguiendo sus propósitos entiende que se trata de un espejismo, porque su vida tiene los días —y los deseos— contados. Así, tras darse algunos caprichos y garantizarse una vida acomodada, el protagonista organiza una existencia ordenada y rutinaria hasta la paranoia, para no tener que desear absolutamente nada, encerrándose en su mansión y rehuyendo cualquier contacto humano. En una de las primeras bacanales que se regala tras adquirir la piel de zapa, Raphael, ebrio de placeres, le cuenta a su amigo Emilio cómo fue su vida anterior, los fracasos familiares, laborales, amorosos y económicos que lo llevaron a la determinación de quitarse la vida justo cuando dio con su preciado talismán. Después asistiremos al amor y al deseo que desembocan en el final de la historia.

Esta es una novela con alma de ensayo —tradición gala donde las haya, ¿verdad monsieur Montaigne?—; un libro que se adentra en algo tan antiguo y tan actual como la consecución de la felicidad y cómo llegar a ella; una historia que nos habla de austeridad material (el pobre Raphael sobrevivió tres años con menos de un franco al día), de la búsqueda del éxito (el protagonista anhela ser escritor, como el mismo Honoré de Balzac), del precio de los deseos (cuando la magia hace acto de presencia la sensatez desaparece y los deseos se agolpan en la mente del muchacho), y que nos regala unas descripciones de paisajes (París, oh, la, la), de lugares (el casino con sus moquetas sucias, la tienda de antigüedades y sus miles de tesoros, la cena de gala con sus platos, borgoñas y champañas, con sus bailarinas excesivamente maquilladas y el humo nublando la sala), y sobre todo, de los mecanismos del pensamiento de las personas, desplegando un abanico de sentimientos y pasiones que convierten La piel de zapa en una joya digna de releer en la isla desierta.

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