‘Objetos frágiles’, de Inés Mendoza

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Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

Objetos frágiles

Inés Mendoza

Páginas de espuma

Madrid, 2017

97 páginas

 

Lo más frecuente es que un escritor confíe la unidad de su libro de relatos a un estilo, a una monomanía que, sin él quererlo, se impone, a su personalidad, en función de la arrogancia o a la mera recopilación de obras compuestas a lo largo de décadas que sirven para engordar su currículo de publicaciones una vez que ha tenido éxito. Lo extraño es que alguien se plantee escribir un libro de relatos en el que más que un tema lo que exista sea una sugerencia, un punto metaliterario de esos que confían buena parte del acierto al ingenio. Ser ocurrente no es lo mismo que ser inteligente, pero se parece mucho a ser sensible. Aunque sea con una sensibilidad de clase media alta. Pero será esa sensibilidad la que hará que la sugerencia nos obligue a leer los cuentos dos veces, sobre todo los más cortos. Inés Mendoza confía en buena medida en ese círculo que tiene en común con el lector, que es el Mediterráneo, y en los diversos niveles de lectura, en función de los conocimientos. Mide el abuso de los mismos, para no estropear una prosa que se arrima a la poética, excepto en los instantes en que nos pretende arrancar del sueño que estamos viviendo, leyendo.

Se enfrente al mar con frecuencia, a un velero, por ejemplo, un medio de transporte romántico que solo sirve para el desguace y que por tanto ya solo será nostalgia. Pero la nostalgia vive más que nosotros. O a la despedida, que también se puede representar mirando al mar o tras un último trago, pero que es un acto tan desgarrador como honesto. El apunte, breve, le vendrá bien a tanta gente que prefiere mirar hacia otro lado cuando sus seres queridos se van, como si eso supusiera que comienzan a haber vivido, así, en pretérito. Mendoza se mete en la cabeza de un tipo de un cuadro de Hopper, bidimensional y sin detalles, todo silencio y todo inamovible, sin rostro. O juega al juego de Paul Valéry, a esa frase que dictó para excusar que no escribiera una novela, aduciendo que no tenía sentido perder tinta en escribir ‘la marquesa salió a las cinco’, porque habría que saber qué decide a la marquesa, una desconocida, a salir a las cinco, precisamente a las cinco.

Cierto goticismo o Art Nouveau visto desde nuestro año, como fantasmas que no saben si lo son, presencian rituales cotidianos, como el que algo deje de ser para comenzar a ser recuerdo. Rompe reglas como las de negar que exista pasión allí donde no hay sol, o lleva el encuentro entre enemigos al punto de fuga, que es un sitio que siempre está en el horizonte. Ciudades portuarias y rosas nos remiten a las narraciones de las orillas del Mediterráneo, y la postergación de la llegada del enemigo a Dino Buzzati. Nos previene contra el mal de vivir en un museo y pone los pies en tierra de las mujeres que se dirigen hacia el faro, como las protagonistas de la famosa novela, posiblemente borrachas, fumadoras de hachís y que se dedican a ir y venir con la única finalidad de entretenerse hasta que se acabe el día. Todo ello escrito con un rigor que da gusto, con un lenguaje preciso y que cambia de tono sin perder la armonía. Así da gusto leer un libro de relatos.

 

A favor de la luz

 

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