Los Relatos de Culturamas: Un legado para Valentina, de Beatriz Aznar

¿Tenemos el futuro por delante? ¿Se lo condicionamos a quienes han de seguirnos? ¿Hay futuro?

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Un legado para Valentina, Relato Culturamas 22 de noviembre

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UN LEGADO PARA VALENTINA

Segorbe, 7 febrero de 2017

Positivo. El Predictor me certifica lo que venía temiendo desde hace quince días. Otro embarazo. Esta vez no ha sido buscado, nos ha pillado por sorpresa y, aunque tu próxima llegada colma de alegría a toda la familia, no te negaré que un sinfín de sentimientos encontrados me están atormentando. No sé si estoy preparada para traer al mundo una nueva vida. En una sociedad sacudida por la desigualdad en el más amplio sentido de la palabra, temo que tu nacimiento sea un tremendo acto de irresponsabilidad por parte de tu padre y mía. Una crisis económica voraz ha dinamitado los principios del bienestar que tanto nos esforzamos en construir y la sociedad se resquebraja permitiendo que los más vulnerables sufran múltiples penalidades sin que los poderosos hagan nada por remediarlo. Niños que mueren junto a sus padres cruzando los mares para llegar a la que consideran la ‘tierra prometida’; menores que pasan hambre en el primer mundo mientras millones de toneladas de alimentos se destruyen para cumplir las leyes de una Europa que hace aguas; ancianos y dependientes que ven cómo el Estado ya no les asiste… La desigualdad hoy en día es mucho más que una cuestión de sexo.

En este contexto no te negaré que, además, temo seas mujer. Llámalo cobardía, sí. Igual es un yugo demasiado pesado para alguien que no tiene la culpa de nada. Con tu hermano nos hemos esmerado en darle una educación basada en la igualdad, en el respeto mutuo de los sexos, pero si fueras niña estarías predispuesta a obstáculos que desgraciadamente él no tendrá por el simple hecho de ser hombre. Y no quiero que lo sufras. Sé de lo que hablo. Mi trabajo me ha permitido conocer de cerca la cara más cruda de la desigualdad entre hombres y mujeres. Clichés sociales, laborales, estéticos, de rol, se te impondrán desde el mismo momento en que nazcas. Esta sociedad ha avanzado en los últimos 30 años pero ¡queda tanto por conseguir! La vida de la abuela y la mía no tienen nada que ver, pero la crisis económica y social que nos golpea se está convirtiendo en el mejor detonante para retroceder en materia de igualdad.

La crisis tiene cara de mujer. Nosotras estamos soportando las peores consecuencias de una situación que no propiciamos pero que sufrimos en primera persona. Nosotras y nuestros hijos, por supuesto. Y, desgraciadamente, la coyuntura ha dado alas a un terrorismo machista que ha carcomido los cimientos de esta sociedad donde cada muerte, cada asesinato de una mujer, pasa a formar parte de una estadística fatal a la que espero nunca lleguemos a acostumbrarnos. No sé ni cuántos casos habré cubierto en los últimos años en el periódico. Y siempre el mismo patrón. La violencia de género es una vergüenza para todos y va más allá de condición social, nivel cultural y edad. Ésta es la cara más desgarradora de la sociedad que te espera.

Pese a todo, nunca me he caracterizado por ser una persona negativa y, mucho menos derrotista. El periodismo me ha permitido acercarme a lo peor de las personas pero también a lo mejor. Y a eso me aferro cada día. El ser humano puede ser terrible pero también grandioso. Y hay que intentarlo y confiar en él. En mi profesión siempre decimos “no renuncies a una última llamada”. Igual esa vez, cuando crees que todo está perdido, es cuando consigues la mejor noticia, la ansiada exclusiva. Y esta llamada creo que hay que hacerla.

La vida es una experiencia por la que merece la pena luchar. Como hombre o como mujer. Siempre hay margen para ser libre y cambiar las cosas. Nos han contado la Historia como una consecución de causas y consecuencias. Todo se explica así: una serie de factores desencadenaron la Revolución Francesa, la Independencia de los Estados Unidos, el avance de Hitler en Europa, la Guerra Civil española… Pero yo discrepo. Al menos en sentido metafísico. Seguramente, en esas mismas circunstancias otras personas pudieron tomar decisiones distintas. Hay un momento en la vida en que uno puede desmarcarse, salirse del camino marcado y abrir un nuevo escenario. Llamémosle X, sexto sentido o como quieras.

Ojalá esa revolución llegue pronto. Lo deseo en el alma para ti y para esta sociedad que agoniza.

“Segorbe, 9 de junio de 2050

Ayer encontré esta carta sin remitente en un cajón del viejo escritorio de la buhardilla. Hacía años que no subía a esta estancia de la casa de mis padres. Nunca supe de su existencia pero no me extraña que mi madre plasmara sus sentimientos en ella. Siempre le gustó escribir. Más allá de su profesión, su carácter introvertido y tímido le llevaba a rubricar sobre el papel aquello que su voz no sabía decir. O no podía. Jamás me transmitió sus temores directamente pero tampoco hizo falta. Soy Darío, tengo 34 años y pronto seré padre. Al final no fui niña; mi madre debió respirar tranquila. Aunque sólo en parte.

Los últimos coletazos de la crisis a la que ella hacía alusión en su manuscrito me llevaron hace más de diez años a Londres. Nada más acabar la carrera marché en busca de un futuro que España todavía no me daba o no lo hacía en las mismas condiciones de éxito que otros países europeos. Este tiempo ha sido duro. Para mí y para mi hermano mayor. Él está en Alemania, pero pronto volverá también a España. Yo eché raíces en Madrid hace dos años, cuando ella nos dejó. Mi padre nos necesitaba cerca y aunque no nos vemos con demasiada asiduidad, mi marido y yo intentamos venir a Segorbe cada vez que podemos y el trabajo nos lo permite.

Durante esos años en Londres, la correspondencia me mantuvo unido a ella. Creo que son cientos los correos electrónicos que guardo. Pero esta carta es la que más me ha marcado. No por su contenido, sus pensamientos los intuía, sino porque ahora yo también siento sensaciones parecidas y entiendo muchas de sus preocupaciones. En tres meses nacerá mi hija. Y, afortunadamente, aunque el mundo no es el lugar perfecto que desearíamos, muchas cosas han cambiado. Para bien.

Alberto y yo nos conocimos en Londres hace tres años. Nos enamoramos pronto y supe desde el primer momento que mi vida estaría siempre unida a él. Ahora entiendo a mi madre. “La desigualdad en su más amplio sentido de la palabra”, decía no en pocas ocasiones… Temía que fuera niña y, aunque fui niño, mi vida tampoco ha estado exenta de dificultades.

Mi condición sexual afloró pronto y mi madre supo que el destino le ponía ante sí el reto de educar en medio de una coyuntura convulsa a dos hijos a los que la sociedad no trataría igual. Siempre contó con el apoyo de mi padre, pero ella se autoimpuso, como tantas mujeres de su generación, la responsabilidad de dirigir nuestra educación. Fue siempre la más activa en ello. España era uno de los países con más derechos reconocidos a los homosexuales por aquel entonces, pero en 2016 todavía existían limitaciones importantes para las parejas gays, sobre todo a la hora de tener hijos. La adopción en el extranjero o recurrir a la paternidad subrogada en países que no siempre daban garantías legales eran las únicas opciones reales a las que se enfrentaban la mayoría de las parejas del mismo sexo que querían tener descendencia. En España se podía adoptar, existía el derecho, pero el trámite era una verdadera odisea y muchas parejas desistían antes de iniciar el proceso.

Tampoco la aceptación social de las parejas del mismo sexo era la misma que ahora. Se había avanzado respecto a la época de mis abuelos, pero persistían aún obstáculos sociales y no era difícil encontrar en los periódicos, los diarios digitales y las televisiones noticias de agresiones a homosexuales por el simple hecho de serlo. También flagrantes casos de discriminación sexual el trabajo.

Tres décadas después de aquella terrible crisis que asoló los pilares de una civilización caduca, un halo de esperanza se abre paso poco a poco. La desigualdad existe, pero las nuevas generaciones han ido tomando el relevo y han impuesto una nueva forma de hacer política y de dirigir el mundo.

La España de hoy es muy diferente. Económica y socialmente. Soy ingeniero. Estudié en España y, aunque tuve que viajar a Londres para desarrollarme profesionalmente, pude encontrar a mi regreso hace dos años un puesto laboral cualificado y acorde a mis capacitaciones. No soy el único. El éxodo de talento que se dio a partir de 2007 se ha ido revertiendo poco a poco en las últimas décadas. Muchos de mis compañeros de la universidad ya han encontrado su primer empleo aquí y si han ido al extranjero ha sido para ampliar conocimientos y prosperar. En un mundo globalizado ya no se sale al exterior sólo por necesidad, ahora el mercado es global y no es difícil tener un empleo que requiera tu continua presencia en multitud de países. Sí, el tema de los idiomas también se superó. Era cuestión de tiempo que el inglés se convirtiera en nuestra segunda lengua.

La brecha social entre ricos y pobres ha ido cicatrizando y, pese a que todavía hay personas que sufren dificultades, la España actual no tiene nada que ver con aquella en la que había niños que recibían en los comedores escolares la única comida del día. También hemos avanzado en el campo social. Nos hemos vuelto más justos. La mujer ha ganado peso en el mercado laboral y no sólo en los puestos menos cualificados sino en los de alta dirección; la mayoría de mis superiores en la empresa son mujeres, a igual que la presidenta del consejo de administración. Por fin entendimos que la maternidad es una cuestión que no sólo afecta a la mujer y que sin niños no hay futuro. De hecho, las ayudas y coberturas sociales actuales permiten hoy la igualdad ‘de facto’ en el mercado laboral. Ya era hora.

Y lo más importante para mi madre; pese a los temores que le atormentaron durante buena parte de mi niñez, hoy en día está totalmente aceptado –y es legal-, que una pareja de homosexuales recurra a la paternidad subrogada en España para ejercer su derecho a ser padres biológicos. Así lo hicimos Alberto y yo, y en octubre le veremos la carita por primera vez a Valentina. Ella va a encontrarse un mundo en el que aún tendrá que luchar por múltiples injusticias, pero donde ser mujer no es el principal obstáculo. La abuela se hubiera alegrado de saberlo. La educación que recibí fue su mejor legado. Espero saber trasmitírselo a Valentina. Se lo debo a las dos.

Devuelvo estas páginas a su viejo cajón. Quizá, algún día, mi hija pueda continuar el relato…

SOBRE LA AUTORA

Soy periodista en la edición local del periódico EL MUNDO en Castellón, donde formo parte de la sección de economía desde hace diez años. Mi pasión por la escritura nació mucho antes de que me licenciara en periodismo en 2002. Escribir para desahogarse o simplemente para reordenar los pensamientos siempre ha formado parte de mí, pero no fue hasta hace relativamente poco tiempo cuando decidí dar a conocer mis relatos. Periodismo y literatura van de la mano pero ambos mantienen sus esferas bien definidas.

Escribir en estos años sobre economía me ha permitido conocer la realidad de mi provincia, Castellón, pero sentía que los artículos periodísticos encorsetaban mi creación literaria y que, por encima de los fríos datos estadísticos, tenía la necesidad de contar otras realidades, más caóticas e imperfectas quizá, pero, al fin y al cabo, más humanas. Mi primer reconocimiento literario llegó de la mano de Un legado para Valentina, relato con el que gané en 2016 el I Premio de Narrativa “Las mujeres cuentan” del Ayuntamiento de Segorbe. La igualdad entendida más allá del equilibrio entre sexos me sirvió para repasar aquello que se ha quedado en el camino en la actual crisis y, por qué no, imaginar un mundo mejor para las próximas generaciones.

Bajar a pie de calle, romper la seguridad de la redacción; empaparse de la rutina de la gente anónima fue algo que aprendí en mi paso por la Cadena Ser entre 2002 y 2005, donde trabajé en los servicios informativos de la cadena en Castellón, Hora 14, así como en el matinal local Hoy por Hoy. En la actualidad, sigo esa máxima: soñar con los pies en el suelo. Un legado para Valentina, fue el pistoletazo de salida. A ver dónde me lleva el camino.

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