‘Alegato de un loco’, de August Strindberg

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Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

Alegato de un loco

August Strindberg

Traducción de Cristina Ridruejo Ramos

Mármara

204

411 páginas

 

La dificultad de traducir una palabra como plaidoyer complica la energía con la que nos magnetiza el libro. Alegato no es una mala elección, pero no es todo lo precisa. Como con tanta frecuencia, la semántica de los idiomas no tiene una correspondencia unívoca. El castellano tuvo que adoptar la palabra saudade porque ni melancolía ni nostalgia querían decir lo mismo. Alegato, defensa, justificación, recensión, lamento… todas ellas están implícitas en plaidoyer. Como lo está la violencia. Porque, en definitiva, esta novela, narrada en primera persona, es la expresión de la violencia de un alma que no sabe contenerse. El equilibrio, todos lo sabemos, no consiste en permanecer imperturbable en el centro, sino en adiestrarnos sentimentalmente para poder pasar del dolor al gozo sin venirnos abajo. El protagonista, supuestamente un alter ego del propio Augusto Strindberg (1849 – 1912), salta bruscamente de uno a otro fiel de la balanza, y a ser posible portando un yunque para que su caída en el lado bueno o en el malo pese más.

“Que el lector ilustrado se pronuncie en última instancia, una vez terminada la lectura atenta de este libro, con buena fe. Tal vez descubra en él ciertos elementos de la psicología del amor, ciertas indicaciones de psicología patológica y, además, un curioso fragmento de la filosofía del crimen”.

La declaración de intenciones previa a la historia del adulterio, de los celos extremos, de la provocación como norma de convivencia, de odio por la mujer y tal vez por todo lo femenino, exige al lector tanto como para hacer de ese párrafo una caricatura. En primer lugar, solo un lector ilustrado posee capacidad para interpretar el texto. Esa hipérbole nos hace pensar que Strindberg tomó la distancia suficiente con el relato como para ser consciente de que se trataba de ficción, de pura novela. A continuación, nos da una orden: es imperativo que a partir de nuestros conocimientos, que al menos deben contener una alta dosis de psicología o de educación académica y vital, hagamos una interpretación de los hechos que, confía, como indica el plaidoyer, perdone al narrador. Y de todo lo que uno integra en una novela, solo debemos contar con la psicología del amor, que es un auténtico oxímoron: si hay algo que no pueda estudiar la psicología, eso es el amor. Y Strindberg lo sabe. Eso por no hablar de la filosofía del crimen que, en los tiempos que corren, puede identificarse con la violencia de género.

Pero no solo el protagonista es culpable. La novela está llena de entradas y salidas de escenarios, por parte de personajes que de repente se hallan fuera de lugar. Está llena de fondos teatrales y decorados de ópera, de vestidos para la ocasión y toda la farsa de una imagen de la clase alta o semialta de Europa central, la dominante a finales del siglo XIX, o la que se tenía por heredera del dominio. Pero los rentistas cada vez veían más mermada su riqueza y su capacidad de decisión social a favor de la nueva clase empresarial. Eso también está presente en la novela: el deseo de haber vivido cincuenta años antes, y que las rentas las produjera el arte. Y luego están los vínculos entre personajes, todos secretos, por supuesto. Y ya se sabe que nada es más público que un secreto que comparten los personajes. O sí, sí existe una cosa más pública. Se trata de otro secreto, el del escritor. El del narrador de altísimo talento, de mucho voltaje, como August Strindberg, que saca sus secretos, o al menos lo aparenta, a la misma luz que ilumina nuestras mejillas.

 

 

A favor de la luz

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