‘El lejano oeste’, de Bret Harte

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Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

El lejano oeste

Bret Harte

Traducción de Elvira Cámara

Ilustrado por Adrián Manuel García

Traspiés

Granada, 2017

91 páginas

 

Lo interesante del oeste, es decir, del Oeste, es que la frontera no era una línea, sino un espacio inmenso, que abarcaba más allá del horizonte, mucho más allá, y en constante movimiento. Lo que se movía no era solo la colonización, el ganado y el pobre agricultor, el hijo de Abel, que escribió la historia, y el de Caín, que era analfabeto y además tenía el espinazo hecho cisco y con ese dolor era con lo que podía pensar. La frontera es también un momento sin reloj. No sabemos cuándo empezó ni cuando caducó, si es que ha llegado a caducar, como lo demuestran los libros de Cormac MacCarthy. Pero aquí estamos frente a una fuente casi original, unas ficciones casi de primera mano, las de Bret Harte (Albany, 1836 – Surrey, 1902), de las que se nos advierte, en el prólogo de Elvira Cámara, que una selección queda sesgada, pero no margina la esencia.

Las ilustraciones de Adrián Manuel García beben de Jean Giraud. Parece mentira que el Oeste lo dibujara un francés especializado en Ciencia Ficción. Pero la calidad de Blueberry es incuestionable y resulta imposible mantenerse ajeno a él. Imposible y un delito. Al igual que en la serie de Blueberry, en que los personajes aparecen y desaparecen, en que en cada tomo hay reflejos y guiños hacia otras historias, en que se crea un mundo de rizos, así sucede en los relatos de Harte, de los que ojalá algún día podamos leer un volumen de sus obras completas. La imaginación nos resulta familiar, como lo es el sentido de la amistad y otra serie de detalles: los fetiches, por ejemplo, desde el sombrero favorito hasta el reloj del abuelo. Está ese sentido moral que ha cambiado cuando uno regresa al lugar del que se despidió unos años antes, pero que nadie vigila porque la moralidad, como en la historia del mundo, es algo que se va improvisando. De ahí que la gente esté siempre yéndose o dé la impresión de que se puede largar en cualquier momento, con lo cual no se molestan en conservar las más mínima higiene.

De la higiene pasamos a la oscuridad, que es incertidumbre, y tal vez al autor más próximo a Harte, que es Ambrose Bierce, o el Bierce más fronterizo, más sureño. En ambos los personajes aprenden a golpes, son tipos incompletos a los que pillamos en un paréntesis de su vida que tiene algo de errabunda, por mucho que se hayan asentado: nadie desea quedarse donde se quedaron. Porque es un Oeste que no se ha formado y que tiende, así, a desterrar a quien pasa por allí. En manos de Harte, es un sitio hiperbólico. También cuando habla de la belleza, utilizando un lenguaje poético con algunos tópicos que llaman la atención, porque parece encontrarse más cómodo si se refiere a climas extremos, a personas que, al contrario que los héroes de La diligencia, la película de John Ford, no son una idealización: son un tanto más cutres, más sucios, más reales.

 

A favor de la luz

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