Los Relatos de Culturamas: Agua de riego, de Walter Gonzalves

Bar de la localidad de Alto del Olvido, Lavalle, Mendoza, Argentina

 

 

Apoyado en su pala a medio enterrar, con la mirada difusa vio el agua transitar por la acequia. Buscaba disolver una obsesión, apaciguar un pensamiento. La expiación definitiva.

Como un ritual, luego de preparar las acequias, reforzar los tapones y abrir las bocas de los surcos, se había subido a su bicicleta de color rojo desgastada por los años que rechinaba rítmicamente en cada lento pedalear hasta llegar al bar que se encontraba en la esquina del barrio Alto del Olvido. El bar era una reliquia de tiempos pasados, un lugar en el que solo se juntaban hombres a tomar unas copas, jugar naipes o ver un partido de fútbol.

La habitualidad y los años habían agotado las palabras, todos se conocían en profundidad a tal punto que se habían bautizados entre ellos con apodos originados desde el aspecto físico hasta los surgidos en las más diversas y extrañas experiencias: el sapo, el pecherudo, el tutuca, el chipica…  hechos ínfimos poblaban reiteradamente las conversaciones hasta agotar todos los puntos de vista: un perro que había sido atropellado, un vecino de la zona que se había comprado algo, la polémica del partido de fútbol de la semana.

– ¡Buenas noches! -dijo sin casi modular, saludando con su mano como si le pesara, con la cabeza baja mientras caminaba hacia su habitual mesa. Los viejos por una cuestión de jerarquía implícita se sentaban cerca de la barra, los jóvenes cerca de la puerta de entrada.

Arrastrando levemente la letra “e”, algunos de sus viejos conocidos respondían -¡Hep!-¡Buenas!  -respondían otros -. Los demás sencillamente lo miraban y hacían un leve gesto de asentimiento con la cabeza.

En su mesa ya lo esperaba una cerveza con un vaso para humedecer la garganta. Él era conocido como El Sombrerito, hombre sereno con un marcado gesto adusto, de ojos hundidos y mirada punzante, de piel agrietada como la tierra en época de sequía. De fondo se oía el rumor de la televisión del bar que transmitía un partido de fútbol cualquiera, los cantos desafiantes de la tahúres del truco, y de vez en cuando, el sonido pasajero de algún vehículo de la zona.

– ¡Escuchen, por allá por el puente del Tulumaya viene el conejito! Ja, ja, ja

– Puro ruido la motito que tiene, gustada de llamar la atención, de hacerse ver.

– La juventud Pochito querido, te acordás en nuestras épocas si nos habremos pavoneado por ahí buscando muchachas.

– ¿Que habrá sido de la vida de Isabel?

– Si algo no hay que hacer en esta vida es volver a ver a esos amores de la juventud, es mejor que vivan sin envejecer en los recuerdos.

– ¿Será?

– Ninguno de los que está en esta mesa ha podido atrapar a la juventud ja, ja, ja

– La perseguimos como a un caballo que se ha escapado, luego comenzamos a alcanzarla, pero porque él comienza a menguar su paso. Luego se detiene y la tocamos. Entonces es momento de montarla y comenzar otro viaje.

– Me gusta tener esa idea imposible de volverla a ver, es más, creo que toda mi vida luego de conocer a Isabel no hice otra cosa que buscarla para no encontrarla, y he sido muy feliz encontrando retazos de ella en todos los tamaños en otras mujeres.

– ¿Vos nunca tuviste nada con ella?

– No, según se rumorea tuvo un amorío con un tipo de plata y se marchó con él, pero no se supo más de ella. Es más creo que si ustedes no estuvieran acá pensaría que ella jamás existió. Siempre me gusto su color de ojos…

– ¿Vamos por otra ronda de truco?

Su color de ojos color damasco , rellenos de miel -pensó El Sombrerito mientras tomaba otro vaso de cerveza escuchando como se apaciguaban las voces y comenzaba la concentración, las señas y mentiras propias de los jugadores de truco-. En la mesa cercana a la puerta había un par de muchachos que de vez en cuando rompían el clima del bar con risas e insultos estruendosos.

– Pelado, haceme el favor, otra cerveza- dijo El Sombrerito

– Marche una fresca. ¿Qué te parece la juventud de ahora, ah? Ya no hay respeto.

– Si sí, te imaginas hacer un quilombo de esos en la época de nuestros padres

– No -dijo el dueño del bar moviendo la cabeza- una cachetada en la boca, mínimo.

– Eso era sacarla barata, antes mínimo veintiún años para tener voz y pisar un bar. Ahora estos con dieciocho años ya se creen hombres y andan queriéndose atropellar el mundo.

– ¡Pelado, traenos un tinto acá que los que van perdiendo pagan!

– ¡Ahí va muchachos!- Les respondió levantando la mano -Que se le va a hacer Sombrerito- le dijo mientras llevaba la botella de vino a los jugadores de truco.

– Así es la vida- le respondió mientras lo seguía con la vista al pasar. Entonces la vio y sus ojos se iluminaron, estaba parada en la puerta del bar, con los brazos cruzados que hacían denotar sus firmes pechos y su delicada cintura, bellísima, angustiada, con sus mejillas encendidas que contrastaban con su pelo largo y castaño oscuro que caía sobre sus hombros. Con una mirada tan frágil, buscaba desde la puerta.

Al verla la recordó, quizá eran los vapores del alcohol que aflojaron su memoria y enternecían su corazón, pero era ella, era como Isabel, en aquella noche…

Entró  y se acercó a la mesa en que estaban lo jóvenes.

– Esteban, ya es tarde, ¿hasta qué hora te pensas quedar?

– Hasta cuando se me dé la gana- le respondió sin volver la vista uno de la mesa mientras bebía.

– ¿Otra vez pensás volver borracho a la casa, digo, si es que volvés y no te quedás tirado al costado del camino o vaya a saber una dónde?

– Voy a volver cuando sea la hora.

– ¡Mirá Esteban!- le dijo la muchacha en tono amenazante. En ese instante el muchacho se paró, la agarró del brazo y la sacó afuera del bar.

Se escuchaban unos murmullos ininteligibles, El Sombrerito no quitaba su vista de la puerta entreabierta por la que había visto desaparecer la muchacha.

– ¡Qué es eso de faltarme el respeto frente a mis amigos, vos a mí me vas a respetar! Luego de oír eso se escuchó un golpe y a través de la puerta entreabierta la vio caer al piso, con la cara marcada de una cachetada y sus ojos llorosos. El Sombrerito al verla así sintió un chicotazo en la espalda, su respiración se hizo profunda, cerró su puño tensando todos los músculos de su cuerpo, le picaba por sacar el cuchillo que llevaba en la cintura. Sus ojos secos se humedecieron. Todo era como aquella noche. Isabel…

La situación duró unos segundos pero para El Sombrerito había sido una eternidad. Esteban entró y se sentó en la mesa con sus amigos como si nada hubiera pasado. El Pelado se acercó a El Sombrerito y le comentó por lo bajo que le gustaría ponerlo en su lugar al muchacho, pero tenía fama de andar armado. Los viejos de la mesa del truco, terminaron de jugar la mano que les quedaba, pagaron y se despidieron de El Sombrerito y del dueño del bar. Tiempo después dirían que se retiraron en señal de repudio. Los muchachos, terminaron sus bebidas y partieron.

– Pelado, me voy a quedar un rato más si no te molesta. Hoy me toca regar a la noche.

– No hay problema querido, hace días que vengo con ataques de insomnio.

– La noche se hace más corta con un truco, ¿me acompaña? – dijo dirigiéndose a Esteban.

– No, le agradezco…

– Dele amigo, usted es joven, ¿acaso me va a decir que le tiene miedo a un viejo?

Esteban sintió que ese comentario afectaba a su hombría y que no podía dejar pasar la afrenta cuando el charlatán del Pelado había escuchado todo.

– No es eso viejo, es que no me gusta jugar por nada más que aire y más aún a pico seco. ¿Le parece una apuesta, como para entrar en calor?

– Me parece -dijo sonriendo como si hubiera encandilado una liebre en medio de la noche- y es más, el que vaya perdiendo se va pagando los tragos.

Acomodaron la mesa y comenzó El Sombrerito a barajar. Los cantos de los jugadores poblaron el silencioso bar, ¡Envido!, ¡Quiero!, 25, 26 son mejores, ¡truco!, ¡quiero re truco!, ¡quiero vale cuatro!… El Sombrerito discretamente iba perdiendo, mantenía la tensión para que la diferencia preocupara y excitara a Esteban. Ante cada jugada ganada Esteban tomaba de un trago toda la bebida de su vaso. El Sombrerito recriminaba de su suerte y pagaba tragos sin parar. La partida finalizó. Esteban había ganado y tomado más que nunca, se levantó como pudo y salió del bar tambaleante. Luego de unos minutos El Sombrerito dejó dinero en la mesa para pagar los tragos y sin decir adiós se dirigió lentamente hacia la salida, como quien persigue una presa herida. Al lado del canal de riego Tulumaya, que aún estaba seco, Esteban se encontraba tirado, inconsciente de borracho. El Sombrerito lo vio, se puso a su lado, lo contempló y luego de ver que no había nadie en las inmediaciones, lo empujó suavemente con su pie. Esteban cayó sin emitir queja alguna. El Sombrerito comenzó a caminar en dirección a su finca, sacó su mano del bolsillo y vio la hora, 5:30 am, a las 6:10 abrirían la compuerta que inundaría el canal de riego. Mientras caminaba respiraba con fuerza el fresco aire de la mañana, ya sentía el sabor de la tierra húmeda en el paladar, ya salía el sol. Se sentía liviano, se sentía animado. Llego a su finca, tomó la pala y se paró en la esquina donde había ya preparado todo para comenzar el riego. Recordó a Isabel, esa mañana trágica, ese vacío en su estómago, esas imágenes que relampagueaban en su memoria, grito, empuje, golpe, inmóvil, fría. No sería así otra vez, no sería más, algo de él se extinguiría, algo de él la rescataría en otro nombre, en otra forma, en otros labios. Cerró los ojos y contuvo el aliento, oyó a lo lejos el sonido del agua avanzaba y envolvía todo a su paso. Apoyado en su pala a medio enterrar, con la mirada difusa vio el agua transitar la acequia. Buscaba disolver una obsesión, apaciguar un pensamiento. La expiación definitiva. Cerró con fuerza sus ojos, libero su aliento y una tibia lagrima.

 

 

Autor: Walter A. Gonzalves

Facebook: walter.gonzalves
Twitter: @WGonzalves

 

 

 

 

 

 

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Una respuesta a Los Relatos de Culturamas: Agua de riego, de Walter Gonzalves

  1. Es un relato notable!! me gusta la forma en la que va mostrándonos la falta de saber gestionar las emociones.
    He disfrutado a lo largo de toda la trama.
    Gracias!! por compartir tan agradable lectura.

    Teresa Colomer Riera
    9 diciembre 2017 at 14:48 pm

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