Tierra firme (2017), de Carlos Marques-Marcet

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Por Jordi Campeny.

Los treinta y tantos; esa franja crítica en la que uno anda renqueante y en círculos por un punto de inflexión. Dejar atrás la juventud para zambullirse en la edad adulta; cruzar un pavoroso puente levadizo que separa la inmadurez de la madurez. Ser un poco menos los hijos de nuestros padres para pasar a ser los padres de nuestros hijos. Tener la necesidad de dejar de pisar arenas movedizas o superficies acuáticas para posar, finalmente, nuestros pies en tierra firme.

Comprometerse en la vida y abandonar la inmadurez, ¿es una necesidad que surge de dentro o una imposición que viene de fuera? De estas cuestiones y de este intervalo incierto habla Tierra firme, y tiene todo el sentido del mundo que sus personajes intenten despejar sus dudas en un barco anclado en los canales de Londres, su hogar de los últimos años. Eva y su novia Kat. Y Roger, el amigo de Barcelona que va a visitarlas. Eva quiere ser madre; Kat prefiere que nada altere la existencia libre y despreocupada que viven ambas. Eva ve en Roger como a un potencial donante. Y a él, sorprendentemente, le apetece de repente esa posibilidad. Estos son, prácticamente, los únicos mimbres que sostienen este bello y espléndido retrato de un tiempo de incertidumbre que es Tierra firme.

No obstante, y ahí reside uno de los aciertos de la película, estos dilemas que suenan profundos se nos muestran, a menudo, mediante escenas sencillas plagadas de aparente intrascendencia –risas, borracheras, vómitos, silencios entre los canales, gatos enterrados, fiestas de cumpleaños, canciones a cuatro manos en un piano–. Y, en medio de ellas, estallan las grandes dudas, las lágrimas y las discusiones intensas. Y es que ya se sabe que en la vida, muchas veces, cuando parece que no pasa nada, puede que esté pasando todo.

En 2014, el director Carlos Marques-Marcet nos ofreció la muy estimulante 10.000 km, en la que nos mostraba una relación a distancia entre una pareja enamorada. La película, que se abría con un virtuoso y alargado plano secuencia de coreografías domésticas –difícil de olvidar–, encontraba su mayor baza –y su corsé– en su fórmula: las conversaciones de sus protagonistas en una pantalla virtual. Natalia Tena y David Verdaguer, sus protagonistas, repiten con el director en Tierra firme, a quienes se suma Oona Chaplin. La película se apoya en la fragilidad, miradas líquidas, desconcierto e inquebrantable complicidad de su trío protagonista. Y el espectador puede que salga conmovido después de presenciar este retazo de vida, anodino y trascendental a la vez, pero también elegante y narrativamente sólido.

Habrá espectadores a quienes este tramo vital que muestra la película les resulte extemporáneo, fuera ya de su realidad; pueden sentir que hace tiempo que ya pasaron de pantalla y que se hallan en otro mundo. Que tales dudas no son ya sus dudas. Puede. O puede que no. Lo que sí está claro es que un amplio sector de la audiencia sí conectará con las sutilezas y las tenues estampidas emocionales que propone, con su puesta en escena sobria y naturalista y con su equilibrado y convincente guion.

Tierra firme, comedia dramática bella y solvente, muestra, además, la posibilidad de familias y maternidades alejadas de las convencionales, de una forma tan natural y desprejuiciada que hará que ni reparemos probablemente en ello. Es una mujer que quiere ser madre, y su pareja que no sabe si quiere abandonar su parcela de libertad. Son los mismos clichés. Son otras formas de maternidad que no son otra cosa que las mismas de siempre.

Puede que algún espectador se identifique con alguno de sus personajes. Puede que en este periplo reconozca una posibilidad para empezar a salir de este largo punto de inflexión que pueden ser los treinta y tantos. Puede que vea reforzada su predisposición para empezar a andar por este puente levadizo que te deja en la orilla de la madurez. O puede que algunos otros se reafirmen en no querer cruzar ese puente; en querer seguir viviendo en él. En seguir siendo siempre sólo hijos de nuestros padres y nunca padres de nuestros hijos. En seguir tambaleándonos en este barco anclado en las aguas de algún canal, a pocos pasos de la tierra firme.

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