Los libros de la isla desierta: ‘Última noche en el guapa’, de Saleem Haddad

Por Óscar Hernández Campano.

Estamos ante una novela que rezuma aroma de clásico por cada una de sus páginas. El retrato de la sociedad de una populosa ciudad árabe en un país árabe cualquiera en un presente post Primavera Árabe resulta tan certero, realista, crudo y creíble que el lector se sumerge sin esfuerzo en la narración. De la mano del protagonista, Rasa, un joven que nos muestra con detalle, aunque sin apabullarnos, los estratos que conforman esa realidad que suele llegarnos tan solo a través de los telediarios, asistimos a la vida, a la cotidianidad y a las preocupaciones de un mundo en apariencia ajeno y lejano pero en realidad, vecino, cercano y compartido.

Rasa es gay. Su abuela, su única familia desde que su padre falleció siendo él un niño y su madre se fue huyendo de un mundo en el que no encajaba, se levanta una mañana con la llamada del muecín a la oración, y descubre a su nieto en la cama con otro hombre. La realidad se resquebraja en una casa —y en una sociedad— donde los preceptos morales son ley. La abuela se encierra en su habitación y Rasa sale de casa sin saber bien qué ocurrirá. Durante una jornada, apenas veinticuatro horas de un día de julio, Rasa rememora su vida, la de sus padres, la de sus amigos y la de su país para dibujar, como en un gran mural, las escenas, los protagonistas y las realidades que forman el caleidoscopio de su realidad.

La técnica, magistralmente usada por un autor que debuta en la literatura por la puerta grande, recuerda la usada por Joyce en Ulises, o la que Woolf desarrolló en La señora Dalloway. Las horas de esa única jornada pasan con lentitud, narradas en tiempo presente, mientras que cualquier detalle nos catapulta a los recuerdos del protagonista quien, sacudido psicológicamente por haber quedado su secreto al descubierto y sentir que el futuro con su amante se resquebraja bajo sus pies, aprovecha su periplo por la ciudad para explicarnos cómo es esa realidad en la que vive.

Los niveles narrativos nos van empapando hasta que el lector se siente como el joven Rasa. El círculo más cercano, la familia, es quizá el que más marca la evolución del muchacho. La misteriosa desaparición de su madre, la muerte traumática de su padre, y la presencia autoritaria de su abuela han hecho de Rasa un hombre inseguro, frágil, que tiene que proteger su más íntimo secreto en un entorno familiar que le resulta hostil. Sus amigos son su refugio, especialmente Maj, un joven que no oculta su pluma y a quien le encanta actuar en el sótano del pub Guapa, un local de moda en el que, de forma clandestina, se reúnen gays, lesbianas, transexuales y bisexuales. Allí surgirá el amor entre Rasa y Taymour, una pasión condenada a las sombras, a desarrollarse en secreto, a temer siempre que la moral, la religión o la ley —que en ese país se solapan— acaben con ella. Más allá de ese círculo está el trabajo como traductor que realiza el joven, sobre todo para los periodistas extranjeros que cubren la realidad política de su convulso país. Eso permite a Rasa acompañar a una intrépida reportera norteamericana a entrevistar a un líder opositor y fundamentalista religioso, quien lucha contra el Presidente. Así llegamos al nivel-marco del relato, la realidad social, política e histórica de Rasa. Un país árabe cualquiera que ha vivido su conato de revolución, pero que ha sido controlada por el régimen —suponemos que pro-occidental y muy autoritario—, pero que ha tenido como consecuencia el despertar del fundamentalismo islámico. Rasa recuerda la ilusión de cambio que lanzó a la calle al pueblo y lo poco que tardó en trocarse en decepción. También recuerda sus años de estudio en EEUU y que fue precisamente allí —coincidiendo con los atentados del 11S— cuando por primera vez se supo árabe, cuando comprendió la alteridad y se sintió diferente.

Estamos ante una novela, en definitiva, que disecciona no solo el alma humana, porque habla de amor, desamor, pasión, miedo, temor, ilusión, etc., sentimientos universales, sino que analiza de forma inteligente y pedagógica la actualidad de los países árabes y la interacción con Occidente. Un gran libro editado por Egales de forma impecable con una cuidada traducción a cargo de Héctor F. Santiago Pérez, quien nos regala un pequeño glosario de léxico árabe. Enhorabuena a Saleem Haadad por un debut envidiable, a Egales por traernos este novelón, y a los lectores que lo disfruten por primera vez. Yo me lo llevo para releer y saborearlo de nuevo en la isla desierta.

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