‘Andar sin ruido’, de Carlos Frontera

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Andar sin ruido

Carlos Frontera

Páginas de espuma

Madrid, 2017

156 páginas

 

Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

 

La noche es más inverosímil a medida que pasan los sueños. Las primeras imágenes parecen todavía querer agarrarse a la realidad y no nos resulta difícil descifrarlas e incluso interpretarlas. No precisamos de un diván vienés para saber qué significa que nuestra madre se esté ahogando en un pozo y no podamos rescatarla. Pero los sueños no funcionan con la lógica de la realidad y detrás puede venir una langosta en tierra seca o te ves desnudo en medio de la Plaza Mayor. Algo parecido les sucede a los cuentos que forman este libro, que van perdiendo verosimilitud a medida que los leemos. Como si Carlos Frontera (1973) se permitiera a sí mismo la libertad de ir revelando su mundo, a corazón abierto, según va ganando la confianza del lector. Porque, eso sí, la gana. Llega un momento en que uno no sabe cómo catalogar los relatos. Si existe el realismo sucio, ¿existe el onirismo sucio? Pues en ocasiones lo roza e incluso lo crea. Lo que seguro que existen son las ideas azules oscuras, casi negras, que a la fuerza o vienen con humor o son insoportables.

El humor de Carlos Frontera es inteligente, pero es también común. Lo que ocurre es que él se atreve a atravesar unas puertas que nos parecen prohibidas por culpa de la conciencia. Y la conciencia, a la hora de la verdad, es un contrato social. Hay que romperlo y para ello nada mejor que tratar sobre lo más cercano, el padre, la madre, la pareja. Excepto en un par de casos, los más atrevidos, uno de ellos en grado de violencia y escatología, la voz es la de un hombre que está en edad de casarse o ha estrenado matrimonio no hace mucho. Y, claro, están los suegros. Todos juntos forman una semifamilia, una familia incompleta. Que la familia es una farsa es una idea que debería calar ante de evitarnos más disgustos. El día que Carlos Frontera se plantee decirlo en serio, nos hallaremos frente a una obra que romperá la tradición comedida de un país que, en ese sentido, sigue siendo conservador. Aquí el humor, surrealista o próximo en ocasiones a ciertas revistas cómicas, sirve de enlace para que el lector no se abrume con esta idea.

Frontera escribe, si nos ponemos serios, con rizomas sintácticos. Se reirá al oír esta expresión, pues él se limita a ponerle puertas al lenguaje del narrador y repetir las palabras en un juego de ideas encadenadas. Se permite ser normal y volver a la casilla de salida tantas veces como lo manden los dados, algo para lo que hace falta mucho talento. Algo que sucede, siempre, en las relaciones de pareja, tanto en los monólogos como cuando les expones los problemas a los amigos. Las novias son una manifestación egoísta del amor, no por culpa de ellas, sino por el hecho de que nos plantea en qué consiste estar enamorado si no sirve para fines propios. En ese sentido, y gracias a su estilo y su mundo sencillo, se permite decir lo que todos hemos pensado sin que parezca una falta de educación. Aunque los personajes, sobre todo los narradores, no esconden sus taras y sus déficits a la hora de querer y dejarse querer. Bueno, en realidad, no se sabe bien si alguno de los personajes se atreve a dejarse querer. No da esa sensación y la mutilación se los lleva por delante. Hasta tal punto que, debemos advertir, alguna de las piezas no son relatos puros. Algunas son piezas breves, pero nada de presentación, nudo, desenlace. Gestos o arrebatos por delante de lo puramente narrativo. Para lo cual, repetimos, Carlos Frontera posee un talento que el día en que se le imponga otro tipo de obra, nos va a sorprender, otra vez, a todos.

 

A favor de la luz

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