‘Casa de Oración nº2’, de Mark Richard

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Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

Casa de Oración nº2

Mark Richard

Traducción de Tomás Cobos

Dirty Works

Barcelona, 2017

191 páginas

 

Derrotados ya de tanto ver el mismo paisaje, o Manhattan o California o un lugar del centro de los Estados Unidos, a ser posible rural, Cara de oración nº2 es un libro de memorias en el que se reciclan todos ellos. La solución final tiene mucho que ver con el apoyo más importante de Mark Richard (Luisiana, 1955), Flannery O´Connor, convencido de que la mayor amenaza para el alma es uno mismo. El extraño título del libro proviene de un final que deberíamos desvelar, que, de hecho, cuesta esfuerzo sacrificar en la reseña, que es la recomposición de esa alma, el modo en que consigue Mark Richard colocar su puzle vital, su trabajo, su familia, su residencia y su anatomía, pues todo el libro está atravesado por la deformación de la cadera que marca su nacimiento y que le obliga a pasar terribles episodios de tortura médica, al margen de una infancia diferente. Parte del resultado de su resiliencia (¿no había un anglicismo mejor para diagnosticar la resistencia psicológica frente al acoso de la realidad?) es la fe. Siendo blanco y padre de familia, asiste con su madre a clases de lectura de la Biblia en la parte negra de la ciudad donde vive, y los domingos a una pequeña iglesia episcopal blanca, por la mañana, y por la tarde a la Casa de Oración nº2, que es la iglesia de los negros.

Entre la supervivencia a una infancia atado a la cárcel de su cadera y esa hombría que demuestra al final, ha sido un vagabundo, pendenciero, buscavidas, rodeado de una suerte de gente que él mismo enumera: un biólogo marino pluriempleado, el policía de paisano con la pipa de hachís, el mago que roba carteras, la recepcionista que se acuesta con el equipo de hockey, el sátiro que vende repuestos de automóvil, el marino, el corredor de apuestas, el dueño de un bar que tiene siempre los brazos rotos, los dos bármanes homosexuales que serán juzgados por asesinato, la enfermera yonqui, el viudo trágico y un larguísimo etcétera que tiene una presencia más o menos importante en el pasado de Mark Richard. Y siempre están los médicos y las muletas, las operaciones de cadera y la capacidad de sacrificio, casi sin darse cuenta, que requieren ciertos trabajos que sirve para fortalecerle y así evitar el deterioro de los huesos. Así es como va eligiendo lo que sucede cada día, sin poner la mirada en horizontes muy lejanos, pues los médicos que le han tratado desde niño le pronosticaron que a los treinta años estaría en silla de ruedas.

Cierto descaro, entre Huckleberry Finn y On the Road, caracteriza a este personaje, que se habla a sí mismo en segunda persona, como si no pudiera creerse su propia vida. En literatura testimonial, es un recurso que nos remite a la psicoterapia y al realismo algo sucio. De hecho, contagiado por la generación de literatos a la que pertenece, Richard ha reducido al mínimo las expresiones y su prosa funciona como un metrónomo en marcha. Así es como nos relata esta demostración de lo difícil que es encontrar tu sitio en el mundo. Hasta el punto de que termina por acogerse al ancla de la fe, porque de lo contrario tendría que seguir permitiendo que el azar gobernara, que es de lo que trata este libro, de cómo el azar ha decidido por él. Excepto cuando ya se ha consolidado como adulto, como escritor, previo paso por la redacción de informes para una agencia de detectives o documentos jurídicos. Previamente, los buenos recuerdos son escasos y siempre tienen que ver con la camaradería, aunque sea defendiendo una causa que vista desde fuera se nos antoje aberrante, en cuanto existe la amistad se da carta de naturaleza a la justicia de su actitud. Y, por suerte, esa segunda persona se sostiene a lo largo de toda la narración, ese que mantiene a raya al costumbrismo americano y, así, consigue que esta no sea una obra más de la literatura que llena las mesas de novedades.

 

A favor de la luz

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