‘Manual de Saint-Germain-des-Prés’, de Boris Vian

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Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

Manual de Saint-Germain-des-Prés

Boris Vian

Traducción de Julia Osuna

Gallo Nero

Madrid, 2017

223 páginas

 

Para Boris Vian el humor era una cosa muy seria. Podríamos darle la vuelta a la afirmación y decir que el paso por la tierra había que tomárselo a broma, dada la seriedad, a veces solemne, con que se trata, pero tratándose de literatura, no de la pose, la afirmación inicial es más correcta. Saint-Germain-des-Prés es el barrio de París donde hizo gran parte de su vida. Ya se sabe que en las grandes ciudades uno se ve obligado a acotar y, finalmente, se convierten en el único reducto en el que la gente puede hacer una vida de barrio. Eso supone llegar a cierto afecto por los vecinos, ya que uno termina por conocerlos a todos, o al menos termina por conocer su aspecto y lo que de ellos se dice.

Dentro del barrio, en función, eso sí, de la edad, se imponen un eje alrededor del cual gira el resto. En este caso, se trata de los bares de vida nocturna, música en directo, ubicados en los bajos, de ahí el sobrenombre de cuevas. Y uno muy en especial, el Tabou, que se presenta como la cueva, el refugio favorito de Boris Vian. De ahí que la presencia de un barman o de un intelectual de lujo se igualen en la influencia sobre la construcción de la personalidad de Boris Vian. Sigue con idéntico pudor y magnetismo a una cantante pendenciera que a Simone de Beauvoir. Pero el libro está construido en forma de guía: distribución, catalogación y desglose. Aunque en él Boris Vian desbarate toda ciencia seria: la economía, la sociología y hasta la geología. Para ello se dirige al lector con su tono de humor desenfadado, refiriéndose tanto a la realidad como a la leyenda, e igualando a ambas.

Tras la presentación del barrio, en el centro de París, se exhiben textos de otros autores, la mayoría periodistas, que analiza sin parar en mientes. Sus filias y fobias salen a flor de papel, expresando lo que él considera que debería ser un tratado de moral. De esta manera cuestiona la seriedad de la toma de postura de los vividores o de las descalificaciones. Incluso se cuestiona si el existencialismo es filosofía o un mero juego, “un conjunto de costumbres practicado por la población de las cuevas y de representarlo como una doctrina funesta”, menciona, refiriéndose a lo que dicen de él los “gacetilleros” reunidos en la corte personal de la tradición periodística. Contra estos gacetilleros se despacha a gusto, preguntándose por qué pretenden derribar ídolos que no pretenden serlo, por qué les tachan de paganos cuando no hay ninguna religión contra la que se expresen. Así es como estos cronistas consideran a la población de las cuevas de Saint-Grermain-des-Prés como unos esnobs rancios, sin realmente conocerlos.

Más adelante, en lo que se supone que debe ser una reseña de la historia del barrio, se limita a hablar de anécdotas que sucedieron en los últimos años, muchas de ellas a altas horas de la madrugada. Pero esta gente, pintores y poetas o músicos y actores, adorna el barrio junto a las fulanas y otra gente que vive el momento como si no hubiera mañana. Gran parte de los episodios tienen lugar entre guerras o durante la ocupación, pues posteriormente la fama del barrio se impondrá y se llenará de turistas, de una clientela que a él no le interesa. Boris Vian presta atención a los recursos con que las cuevas se hacen con una clientela fija. Y es sobre ella a la que dedica el siguiente capítulo, unos perfiles burlones y críticos, irónicos y breves, pero llenos de ternura, en los que entra igualando a André Gide con el camarero de turno. A su impresión de cada uno de ellos, añade los autocalificativos de la gente, cómo se ve cada personaje a sí mismo. La impresión que da es la de una pandilla de borrachos con mucha consistencia, con la cabeza bien puesta sobre los hombros y por tanto merecedores de todo el respeto. El que les profesa Boris Vian y del que le gustaría que quedara constancia para el futuro. De ahí que se atreva a escribir esta guía que no deforma la literatura del ya clásico escritor francés.

 

A favor de la luz

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