La tribu. Retratos de Cuba

La tribu. Retratos de Cuba

Carlos Manuel Álvarez

SEXTO PISO

Prólogo
[extracto]

El placer de la tribu

/ por Martín Caparrós /
«Compremos la sinonimia que el poder nos ha vendido. Fidel es la Revolución. Fidel es la Patria. Fidel es la nación. Miremos sus fotos de los sesenta: temerario, frondoso. Miremos sus fotos de los setenta: feroz, impulsivo, incluso exorbitante. Miremos sus fotos de los ochenta: severo, compacto. Miremos sus fotos de los noventa: redundante, terco, fatigoso. Miremos sus fotos de los dos mil: parlanchín, decrépito, desencajado. Hay en su recorrido físico la edad espiritual de un pueblo». Se precisa la saña y el entusiasmo de un cubano que no quiere serlo y quiere serlo, un escritor que podría ser periodista, un periodista que podría ser escritor, para contarlo de este modo. Carlos Manuel Álvarez dice que los cubanos «hemos tenido fe y la hemos perdido, fuerzas imposibles nos han mutilado, nos hemos fugado, hemos sobrevivido y no. ¿Cuál fue esa fe? ¿Por qué la perdimos? ¿Por qué nos fugamos o permanecimos y por qué sobrevivimos o sucumbimos? ¿De qué hablamos los cubanos cuando hablamos de nosotros?». La contradicción, aquí, no es un recurso de la dialéctica oficial; es el estado de perplejidad indispensable para escribir en serio. Para intentar «la puesta en escena de un país»: no su explicación, no su teorización, no su monumento; su puesta en escena.

Carlos Manuel Álvarez es un joven escritor cubano de inmenso talento, y este libro es la prueba viva de ello. La tribu es un recorrido íntimo entre los cubanos durante un periodo de cambio dramático —de 2014 a 2016—, empezando con el restablecimiento de relaciones con los Estados Unidos, y terminando con la muerte del líder histórico de la revolución, Fidel Castro.

Ningún guía mejor que Carlos Manuel Álvarez para contarnos las historias de algunos de los que han vivido —y sobrevivido— la gran epopeya revolucionaria que ahora se termina. Acá están las aventuras y los calvarios de unos cubanos que se van de la isla, buscando fortuna en el norte; la vida de un gran poeta que ha sido muy escasamente publicado y se resigna a morir en el anonimato; las cotidianeidades de una ex bailarina del Tropicana que vive en un vertedero de basura; la odisea de una madre empeñada en recuperar el cadáver de su hija tras el suicidio de ésta en otro país; el emocionante retorno de un pelotero cubano que se fugó, fue reclutado por los Yankees, y que vuelve a visitar a su gente y su barrio, después de muchos años.

Cuba post Castro: una aproximación
UNO

Es 17 de diciembre de 2014. Barack Obama y Raúl Castro le anuncian al mundo que después de cincuenta y tres años de ruptura antagónica Estados Unidos y Cuba reestablecen relaciones diplomáticas. Resulta obvio que para los estadounidenses no es una noticia de la misma magnitud que para los cubanos. De ahí que probablemente ningún gringo esté, tras el anuncio, desconcertado, preguntándose qué está sucediendo o qué va a suceder.

En cambio nosotros —que pretendimos hacer de la rutina una épica, que no vacilamos en catalogar de suceso histórico cualquier escaramuza o capricho del gobierno— estamos comiéndonos a preguntas en tiempo real y buscando algo de claridad en la opinión del prójimo de un modo que nunca antes se nos ha visto.

Por lo pronto, algo hay que no debe estar. Algo que, como está, no podría sostenerse. Los ánimos, quizá: la desidia, el inmovilismo, la amnesia. O las rutinas: nuestro esquema mental de Guerra Fría, nuestra muy ideológica educación sentimental, la prolífera burocracia, una infraestructura social devastada. Pueblo grogui y hermoso el que vamos siendo.

Por no correr riesgos, Cuba ha corrido el mayor de todos: no correr ninguno. Como si el gobierno nos hubiera entrenado durante décadas en la creencia de que la prueba de la Historia, la que había que librar, era un maratón, y de repente, con el inicio del deshiele, no. La distancia era —son ya— los cien metros planos, y competimos contra un país dopado.

La primera gran prueba del cisma que acaba de ocurrir entre los cubanos hay que buscarla en nuestra psique. Se trata de un hecho que no sólo va a redireccionar nuestra realidad económica o cultural o social, que ya es bastante, sino que nos obliga a renovar nuestro lenguaje, las palabras que solemos usar, los conceptos en que nos hemos ido acomodando como pueblo. Cambiado de porrazo el discurso oficial, cambia también la relación y el diálogo de cada uno de nosotros con ese poder, sea lo que fuere que nos inspire: confianza, amor, odio, decepción, entusiasmo, hastío. En la Mesa Redonda (el programa por antonomasia del oficialismo cubano), los mismos voceros que una semana antes hablaban de «imperio» para referirse a Estados Unidos, hoy, con una ecuanimidad que raya en el descaro, hablan de «vecino».

Y después de todo tienen razón. Estados Unidos empieza desde ya a ser nuestro vecino. Algo que, de haber admitido hace tan relativamente poco tiempo como anoche, podía acarrearle al atrevido el incómodo cartel de antipatriota. Esa frase tan recurrente en los manuales históricos, que dice: «Tal país se acostó capitalista y despertó comunista», o «tal comarca se acostó feudal y despertó burguesa», en este caso es literal. Cuba acarició una vez el sueño magnífico de la Revolución, y de cuánto quisieron alargarlo se desprende todo nuestro drama. Después de una larga, inmensa posposición de cinco décadas, despertamos de nuevo con nuestra gran interrogante ontológica rondándonos la cabeza. ¿Cómo vamos a lidiar con Estados Unidos? ¿Y qué va a pasar en esa lidia? ¿Vamos a ser un mejor o un peor país?

***

Todo, sin embargo, sucede con cierto recato. Como si la euforia ocurriera de puertas para adentro o como si la euforia misma nos hubiese anestesiado. Balbuceamos. Repetimos naderías. Nuestro éxtasis es raro y algo alocado, como un opio general que la isla hubiera ingerido, una droga colectiva fumada por todos. En cierto sentido, es justo. Llevamos tantos años desfilando por cualquier minucia, celebrando con pancartas y lemas cuantos aniversarios sean posibles, que ahora merecemos festejar a la inversa, el silencio como grito.

Hoy, además, han sido canjeados tres agentes castristas por un subcontratista estadounidense y por otro agente de Washington de origen cubano. Y los tres agentes —elevados a categoría de héroes junto con otros dos que ya estaban en el país— ocupan los titulares. El reencuentro de cada uno de ellos con sus familias. El encuentro de los tres con Raúl Castro. La llegada a sus respectivos barrios. Los vecinos que los abrazan y aúpan.

«Los Cinco» integraban la Red Avispa. En 1998 el fbi los capturó y cumplieron distintas condenas en Estados Unidos por infiltrarse en organizaciones anticastristas de Miami. En Cuba, sin embargo, nada se dijo hasta 2001: fecha de los respectivos juicios y momento en que se echó a andar otra campaña de redención nacional, lo que se supone haya sido, si nos guiamos por los nuevos aires, la última cruzada épica de la Revolución.

Durante dieciséis años, la presencia de «Los Cinco» en nuestras vidas ha sido absoluta. Los mencionan en la radio. Aparecen cada media hora en la televisión, bajo los más variopintos anuncios. Danny Glover comenta el caso. Manos naif mal pintan sus rostros casi desnutridos, como si fueran criaturas de Fidelio Ponce, en las paredes de la ciudad, en los murales de las escuelas, en los portales de los centros de trabajo. Políticos de primer orden adornan sus discursos con el tema. Los deportistas que obtienen medallas les ofrecen su oro, su plata o su bronce. Absolutamente todo está dedicado a «Los Cinco».

***

Un par de días más tarde, en las afueras del estadio Latinoamericano, Silvio Rodríguez ofrece uno de sus conciertos gratuitos en barrios pobres. Los agentes asisten. Al final, uno de ellos toma el micrófono y grita dos consignas: «¡Viva Cuba libre!», «¡Seguimos en combate!». Son consignas en desuso, que nadie dice ya. Son las consignas de hace dieciséis años, cuando los agentes aún no habían caído presos. Todo lo que ha sucedido en el lapso, que son ellos mismos, los agentes se lo han perdido. Todo lo que los separa de su país son ellos mismos también. Las consignas que nosotros nos sabemos son las consignas que justamente los ensalzan a ellos. Cuando el agente en cuestión toma el micrófono, no es más que una consigna diciendo otra consigna.

¿Qué tono usar, si el acento de gesta languidece? El acento, por otra parte, en que nos hemos educado. Un tono inservible y que, por más que queramos deshacernos de él, nos despierta el afecto de un amigo viejo, trae nostalgia. Estamos descubriendo casi con pavor que la buena nueva nos usurpa la voz, porque todo nuestro vocabulario se supedita a la confrontación, al imaginario bélico. Con el 17 de diciembre, los cubanos celebramos algo que podría venir, una posibilidad, pero también padecemos la tristeza de la tribu que entierra su dialecto.

Si uno quiere a Cuba —o si es cubano, y lo lleva en su sangre— habrá que leer La tribu, porque hay algo de magia en estas páginas. Pero no es una magia inventada. Acá está la Cuba que existe de verdad. Acá está la Cuba que perdura, la querida, la triste y la aborrecida, la de los versos de boleros y ahora de reggaeton, la que es para siempre, se quiera o no. Los lectores volverán a darse cuenta, si es que lo llegaron a dudar, que a pesar de todo, los cubanos tienen algo de especial, que a pesar de todo, tienen un futuro por delante, así como lo tiene sin duda alguna el autor de este libro.

 Jon Lee Anderson

 

«Carlos Manuel Álvarez no sólo escribe sobre su país natal con una mirada exquisita que esquiva cualquiera de esas posibilidades —y lo hace en cada uno de los temas que toca, sean políticos, sociales o culturales—, sino que, además, su prosa es de una elegancia superior».

Leila Guerriero

 

 

Y luz en las grietas

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