‘Salvaje’, de George Monbiot

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Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

Salvaje

Renaturalizar la tierra, el mar y la vida humana

George Monbiot

Traducción de Ana Momplet Chico

Capitán Swing

Madrid, 2017

342 páginas

 

George Monbiot (Londres, 1963) se sitúa en el terreno del respeto tanto en su proyecto literario como en su proyecto humano. Más científico que, por ejemplo, Robert MacFarlane, su poesía está en lo que deducimos de las tesis que sostiene. Al margen de sus experiencias en la naturaleza, no siempre virgen, hay que señalar su fobia por el pastoreo que destrozó lo salvaje, pero deja tras de sí una falsa naturaleza. Monbiot es partidario de algo que él llama neosalvajismo, una corriente de pensamientos y sentimientos favorable a permitir que la naturaleza se imponga. Monbiot no termina de decantarse por la imposición, a través de la intervención humana, que retrocede a los lugares hasta el inicio de la aparición del hombre sedentario, pero sabe que hay que hacer algo.

Sus razones son concluyentes y donde mejor se expresan es en el capítulo que dedica a los niños: “De entre todas las criaturas en el mundo, las que necesitan la resalvajización tal vez sean nuestros niños. El desplome de la relación de los niños con la naturaleza ha sido aún más rápido que el desplome del mundo natural. La vida al aire libre en la que muchos estábamos inmersos ha desaparecido en el cambio de una generación a otra”, se lamenta. Y más adelante define algo con lo que no podemos estar más de acuerdo: “El mundo interior es mucho más peligroso que el exterior que tanto temen los padres, y en vez del peligro casi inexistente de los desconocidos, tenemos el peligro real y traicionero del distanciamiento. Confinados en sus hogares, los niños se distancian de los demás y de la naturaleza. La obesidad, el raquitismo, el asma, la miopía, el declive de la función cardiaca y renal parecen estar relacionados con la vida sedentaria de puertas adentro”.

Alejarnos de la naturaleza supone raquitismo mental, miopía de horizontes, un corazón debilitado frente a lo que se le venga encima y una mala filtración del agua. Monbiot trabaja sus preceptos a partir, como MacFarlane, de la campiña británica, aunque no deja de cotejar experiencias en otros lados del planeta, como en los bosques polacos o eslovenos, como en los trópicos. Gales parece ser el lugar idóneo para el estudio, dado que se vende como la reserva natural del Reino Unido y, sin embargo, nada de lo natural asoma a la superficie, rasgada por la explotación ganadera y agrícola. A mayores, se impone la ley del terrateniente, que recibe sus comisiones de la Unión Europea.

La hipótesis de que en algún lugar llevamos genes del salvaje que una vez fuimos, no es suficiente. Monbiot precisa de principios científicos. En un momento en que ya nadie discute el deterioro y su gravedad por causas humanas, Monbiot busca y construye hipótesis reactivas. El ecologismo ya ha denunciado bastante y es hora de que se ponga en marcha un proyecto que sume, en el que intervenga la ciencia, el trabajo y la esperanza. De ahí que pida el cese de la hegemonía de la explotación fácil, de los monocultivos, la ganadería de una sola especie y del cercamiento de la Tierra. En Europa todo esto ha sucedido a un ritmo que apenas nos ha dado tiempo a percibirlo, pero en los países en desarrollo, como en Kenia, donde convivió con los Masai, se ha acelerado hasta el shock. En el Reino Unido se trata a lo supuestamente natural, a lo supuestamente salvaje, como si fuera un jardín. En África se acaba con todo, a favor de la explotación.

Monbiot va cuestionando, una y otra vez, y ateniéndose a los descubrimientos fósiles o de restos que esconde el subsuelo, la ciencia medioambiental tal y como la hemos conocido hasta hoy. Las cadenas tróficas no son pirámides y no se organizan tal y como nos habían enseñado. Le queda, eso sí, unas dosis enormes de imaginación, un deseo de una vida más salvaje y feroz que posiblemente sea universal, y se esté sublimando a través de otros empujes: el salvajismo urbano no tiene la misma salud que el de la convivencia con los bosques. Así es como nos vemos obligados, constreñidos a vivir mansamente en las ciudades, donde la conciencia nos convierte a todos en cobardes. Tal vez porque desconocemos las formas de libertades que el neosalvajismo podría ofrecer, ese en el que dejaríamos que la naturaleza decidiera. Y no como ahora, en el que se la mantiene, al menos la más accesible al hombre, en estado de atrofia, como un tarro de pepinillos”.

 

Que el dolor no lastre tu vida

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