‘Vestidas para un baile en la nieve’, de Monika Zgustova

Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

Vestidas para un baile en la nieve

Monika Zgustova

Galaxia Gutenberg

Barcelona, 2017

264 páginas

 

A cualquiera se le puede pasar por la imaginación que en este libro se nos escatima el síndrome de Estocolmo. El trabajo de Monika Zgustova sobre mujeres que sobrevivieron a los gulags versa, a la hora de la verdad, sobre aquello que puede inventar el hombre. Incluso en las peores situaciones, como del Doctor Zhivago cuando se veía invadido de melancolía, aparece la belleza. Un rasgo de belleza basta para salvar, siempre y cuando ese rasgo no se la excepción. Debe ser algo cotidiano y, a ser posible, algo compartido. Debe ser eso que inventó el ser humano que conoce como amistad, seguramente la mejor creación de nuestra especie. Que las mujeres a las que Zgustova entrevista mencionen con frecuencia que sin su paso por el gulag no hubieran conocido el significado de esa palabra, de ese sentimiento, que en cierta medida deben de estar agradecidas a la atroz experiencia, nos remite rápidamente a un caso de síndrome de Estocolmo. Solo que aquí no estamos tratando con una relación de pareja o un secuestro, con una experiencia escolar o familiar. Aquí de lo que se trata es de rescatar la vida por entero. Y si un estado basado en el principio del orden, y por tanto vengativo, les roba los años de juventud, hasta despellejarlas emocionalmente, es imprescindible encontrar un significado a todo eso. De lo contrario, la tentación inevitable será la del suicidio, la de concluir que esto que otros llaman vida, en tu caso es algo prescindible, basura.

De ahí que la amistad se cimente en las mejores cosas que el propio hombre ha creado. Como la poesía, o sobre todo como la poesía. Frente a lo increíble, a dejar morir a un hombre desnudo a cuarenta grados bajo cero, después de regarle con una manguera, solo pueden oponer la poesía, la visual, la que viene en pequeñas dosis a través de la naturaleza, o la que ellas componen con la memoria. Muchachas de diecisiete años, mujeres embarazadas, recién nacidas, hijas o amantes de algún ilustrado, porque parte de la guerra del régimen estalinista fue acabar con la cultura, la popular y la de alto riesgo, son acosada, ofendidas, humilladas y privadas de cualquier depósito de dignidad a fuerza de músculo, con máscaras de mugre, escupiéndolas y violándolas.

Pero ellas saben que la poesía tiene una hermana gemela, que se llama rebelión. Así pues, muchos de los casos que leemos, todos contados en primera persona, pues Zgustova deja que hablen las protagonistas sin interrumpir, suceden en la secuencia siguiente: rebelión – gulag – rebelión – traslado – rebelión – traslado… y así hasta que caiga muerto Stalin o algún dictador de medio pelo, encaprichado en desgraciar la vida de estas mujeres. Gente que frente al magnetismo del suicidio, que presencian a diario, se alimentan entre ellos con caldos de paciencia. Ser humano consiste en el esfuerzo de serlo en todo momento, confiesa una de ellas. La literatura, un libro, otra de las invenciones del hombre, o la narración oral, basta para salvar el final de un día, para compensar años y años de silencio obligado, de autohipnosis para no volverse loca. Eso que se llama esperanza, aquí contiene un tinte muy animal. Puede ser una trampa, pero si uno quiere torcerla a su favor, el empeño en mantenerla debe igualar al del mayor bruto con el que se encuentran. Porque lo que se niegan a perder es la voluntad. Y la esperanza es un gancho donde colgar esa idea, esa ilusión, la convicción de que vendrá lo mejor y que, mientras tanto, si uno quiere sobrevivir debe comportarse con humanidad. Es decir, ser amigo mientras piensas que esa que sufre es otra, que tú no soportarías la tortura. Aguantar y durar. Porque si uno no temiera ofender la humildad de esta gente, no solo sus amigos y su familia, sino que todo el mundo las necesita.

 

Que el dolor no lastre tu vida

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