‘Ezequiel’, de Adolfo Gilaberte

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Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

Ezequiel

Adolfo Gilaberte

Mármara

Madrid, 2017

184 páginas

 

Esta es una novela en la que pueden suceder cosas más o menos interesantes, en la que la imaginación sobre los acontecimientos puede ocuparse de lugares comunes o innovar. Es una novela en la que el proceso no es lo que más importa, ni la trama, ni el argumento, si es que existe. Es una novela, eso sí, escrita con la convicción sonora en las palabras, con fe en lo cotidiano y en el absurdo de lo cotidiano. Es una novela que surge, en teoría, como un escrito de cicatrización tras la muerte de la novia. Es una novela juvenil. Pero muchas de esas cosas, a la hora de la verdad, quedan en segundo plano. Al igual que los personajes que rodean al narrador, pintorescos, grotescos, dementes, que como todo lo demás está al servicio de una intención clara: la de construir al personaje que nos habla.

El tipo parece estar tarado como lo están los surrealistas. Al menos así se nos presenta. Un poco de Kafka y otro poco del Camus que escribió La caída. No ahorraremos en adjetivos. El tipo nació con una tara en los pulmones, de hecho, sus primeras semanas las pasó en incubadora. Su madre le odiaba hasta el punto de que en algún momento arrojó agua hirviendo para destrozarle los pies. Episodio que supuso el encierro de ella en un psiquiátrico y un año de demora en la madurez de él. De hecho, llega con retraso a la adolescencia y a la juventud. Es un marginado de patio de colegio. Su padre no es precisamente cariñoso y solo su hermana pequeña le regala consuelo. Aunque para él el mundo que merecía la pena se centraba en su chica, en dos momentos de sexo con ella.

Obsesivo, inseguro, en perpetuo dilema entre la realidad y la fantasía, enamorado, el tipo pone lo visual por delante. Es casi enteramente visual. Peripatético y practicante de algo que uno llamaría la egofilia: la vida se centra en uno mismo hasta el extremo patológico. La memoria está fragmentada, como lo está el sentido del tiempo. No consigue resolver las pesadillas, ni tampoco las pérdidas, sobre todo la reciente, la de su novia, porque la de su madre, por ejemplo, ni siquiera está seguro de que sea una pérdida. De hecho, el maltrato ha estado presente en su vida. Padece el síndrome de Peter Pan, carece de habilidades sociales y es críptico en todo momento, excepto en esta carta al lector, en esta confesión. Se rebela contra su padre, por fin. Se desengaña del todo, porque existe una violencia instintiva en la histeria de sus progenitores, y le duele… algo. Le duele todo. Le duele no sabe bien dónde. Y así es como leemos esta novela que va y viene, de tifón a tifón, escita, eso sí, con un talento propio de un narrador maduro. Que sea su primera novela, nos hace sospechar que Adolfo Gilaberte (Madrid, 1971) lleva muchos años escribiendo a escondidas.

 

Que el dolor no lastre tu vida

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