El mundanal ruido (2016), de David Muñoz

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Por Miguel Martín Maestro.

¿Cuántas películas son capaces de encontrarse dentro de otra? Tres más o menos expresas, mínimo otras tres implícitas al hecho mismo de observar y ser observado. ¿Cuántos tiempos presentes pueden contenerse en un breve recorrido de apenas media hora? ¿Y cuántos pasados? El extraordinario mediometraje de David Muñoz propone tal cantidad de salidas y entradas a su historia que se va convirtiendo, según pasan los minutos, en una especie de reivindicación del cine en un continuo juego de espejos que van reflejando ideas sucesivas y, al tiempo, recurrentes, que no acaban; un diálogo sin cesar entre imágenes que nos hablan del pasado y del presente, de lo efímero y lo inmortal al mismo tiempo, un bello conjunto de imágenes y sonido (el cine es imagen, pero qué importante termina resultando el sonido para cimentar las sensaciones visuales) alrededor del interior de la provincia de Málaga siguiendo a un personaje, Pepe, que apenas es capaz de tenerse en pie, pero al que acompañamos mientras filma y es filmado, un cameraman que no se detiene una vez iniciado el camino desde el sofá de su casa.

Porque la película contiene mucho de despedida siguiendo al anciano protagonista cuya torpeza y temblor despiertan una empatía inmediata, pero también mucho de memoria y su preservación, habla de lo etnográfico, buscando esos cantes propios de los montes de Málaga, los verdiales, pero también habla de lo humano en el transcurrir del tiempo y la tradición grabada desde joven, con esa colección de viejos VHS sin sonido en los que Pepe recogió las fiestas de su juventud y madurez, habla de ecología y armonía natural, mostrándonos parajes y enclaves donde el sonido de la naturaleza y de las músicas populares nos acercan a una égloga pastoril, a las bodas del Camacho cervantino, y nos habla del cine, del cine propio y ajeno, de la mirada del que filma, del que es filmado, del que analiza y del que actúa solamente como espectador. La cámara, muchas veces visible, no escondida, sino mostrada en ese juego de espejos mencionado, se multiplica; Pepe se graba, nos graba, les graba y, al tiempo es grabado, su afición se transforma en testimonio personal en este último tramo de su vida, el esfuerzo por subir a una loma azotado por el viento, cargado con la moderna cámara en un trípode que, ni así es capaz de evitar el movimiento de la trémula mano del improvisado director, nos agota a la par que al protagonista, sentado en medio de un nevero o intentando no ser desplazado por un vendaval mientras filma a dos hermanas que bailan en un momento de impotencia y, a la vez, de ironía cercana al slapstick.

La película se hace tan breve que deja con sabor a poco, y parece mentira que su corta duración dé lugar a tanta incógnita, a tanto camino transitado, a tantas alternativas cinematográficas. ¿Qué busca, qué encuentra Pepe? ¿Simplemente se limita a seguir las órdenes del director sin autonomía propia convirtiendo su persona en personaje? ¿Por qué ese afán de buscar el más difícil todavía, agotarse hasta la extenuación, caminar por lugares a los que se accede con un 4×4 o, como ahora, con un dron para captar imágenes pocas veces vistas? Espíritu artístico o espíritu de documentalista, Pepe se pone firme ante la cámara, ante SU cámara, que así se mimetiza con la del director, se coloca sus gafas como si, de la constancia de que él vea bien dependa que nosotros podamos apreciar perfectamente su contorno. Pepe busca el material a preservar filmando en contrapicados, en nerviosos planos secuencia con cámara en mano, con una visión subjetiva de quien se encuentra en medio del baile. La película mezcla la cercanía del rodaje de Pepe con la distancia de la imagen del director, del primer plano extremo al plano alejado que transforma en diminutas piezas del paisaje a los figurantes, llevándonos y trayéndonos, expulsándonos y acercándonos sin pausa.

Cuando nos  hemos acostumbrado a esa dualidad entre el director real y el director ficticio, a ese doble juego de imágenes tomadas por uno y por otro, el coup de force estético lo proporciona Muñoz con un uso bien imaginado y mejor plasmado de imágenes obtenidas con un dron, recurso, en ocasiones gratuito, en el cine contemporáneo, pero que en la escena que toma protagonismo lo hace no solo majestuosamente, sino con un sentido preciso del dominio escénico y musical, partiendo de su despegue abandonando a Pepe, agotado tras subir a una cumbre nevada y reapareciendo en medio de esa serranía donde diversos grupos bailan y tocan los cantes que actúan como leit motiv recurrente de la película. Ese tercer punto de vista no es el último, queda una sorpresa relevante y trascendente que fulmina el mero carácter documental de la película al ser sometida al juicio crítico de tres profesores del Centro Sperimentale de la Cinematografía, Adriano Aprá, Bruno Torni y Gabriella Gallozzi, que proporcionan la visión del crítico sobre lo que acabamos de ver como espectadores, y estando o no de acuerdo con lo que exponen, se consigue provocar en el espectador, ese quinto punto de vista, al menos, identificado en la película, el diálogo interno con ese grupo de teóricos y estudiosos, de tal manera que, con la mirada vigilante de Sofía Loren, al director ya no le queda sino hacer mutis por el foro abandonando de manera fugaz el plano tras la despedida de todo su elenco porque, de seguir y juzgar a Pepe y lo que hace o busca, David Muñoz ha conseguido que el espectador termine juzgando exclusivamente su película, excelente por cierto.

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