‘Los ríos salvajes’, de Ramón J. Soria Breña

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Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

Los ríos salvajes

Ramón J. Soria Breña

Varasek

Madrid, 2017

348 páginas

 

El mayor alzamiento de las ideas progresistas, la necesidad más imperiosa, es ser conservador. En una época en que existen, sí, muchas reformas, ser conservador se ha convertido en el refugio del pensamiento que defiende las causas justas. Porque las reformas son neoliberales. Pero una de las vertientes ha sido conservadora desde sus inicios, desde John Muir, y esa es la del ecologismo. En un grado que depende el momento histórico, el ecologismo defiende que la naturaleza estaba mejor antes que como está ahora. El grado puede ubicarse en etapas de campesinado, de connivencia con la naturaleza a la par que su explotación, o en el respeto absoluto de lo salvaje: el hombre no debería pisar el territorio para no intervenir en él. Una huella son demasiadas huellas. Ese era el principio de John Muir. El otro, lo siguen organizaciones como Vía Campesina. En cualquier caso, nadie en su sano juicio, nadie con la sensibilidad puesta al día, puede consentir esta deriva. Las propuestas que vienen de lo más alto, las rutas políticas, esos títeres de las grandes corporaciones, a lo más que llegan es a pedir que se ralentice la marcha de un barco que va directo a estrellarse contra un acantilado. El mundo morirá por el colapso ecológico. Y, mientras tanto, uno defiende causas sociales, uno defiende al pobre, al dependiente, al débil.

En la línea de los que se suman al amor a la naturaleza, se inscribe este Los ríos salvajes, una de las escasas experiencias de Nature Writting que se han publicado en España. Tal vez junto a La guerra del lobo, de Javier Pérez de Albéniz (Capitán Swing), el texto más importante en ese sentido. En este caso, el autor, Ramón J. Soria Breña (Jarandilla de la Vera, 1965) es un aficionado a la pesca en ríos puros. Eso significa que para practicar una actividad de aire libre, cada día debe subir más y más en el monte, pues los ríos de la península bien pronto tienen su cauce domesticado. Las presas son a los ríos lo que la ciudad al hombre: un lugar donde es imposible reconocerse, un lugar donde nuestros genes más legítimos, los que nos remiten al hombre libre de ataduras socioeconómicas, a nuestro origen en la sabana de África, se enervan por constricción. La fobia a todo lo que representa la ciudad y las extensiones de la ciudad, como el turismo de campo, es algo que no esconde.

Como tampoco oculta los referentes, desde Thoreau hasta Anne Dillard, pasando por Gary Snyder y cualquier verso que cante el Beatus Ille. Es ahí arriba, en la montaña, en una pesca con mosca, una modalidad nada sedentaria, que le obliga a interpretar el río, el bosque de ribera, las costumbres de los peces, donde Soria Breña se siente feliz y se siente sabio. Esta idea es el recurrente de cada capítulo, que parte de una palabra, cualquier palabra, desde bichos a oda. Luego se expresa con un lenguaje que nos remite a los clásicos de principios del siglo XX. Más próximo a Unamuno, por ejemplo, que a Azorín. Aunque la acumulación de adjetivos sea la única apuesta estilística de Soria Breña. Por lo demás, el libro se extiende para bien de los incondicionales. Y por la necesidad, imperiosa, de dejar un testimonio que sume. Soria Breña nos brinda la oportunidad de encontrar un modo de vivir en la naturaleza para que la amemos. Él comparte su experiencia con ánimo de sumar, de que la gente se sume a este tipo de trato con los ríos, que son metáfora de la vida, a pesar de aborrecer toparse con multitudes en el monte, con domingueros, que son un tumor que la ciudad extiende de vez en cuando al aire libre. A modo de ejemplo, constantemente aparece su otro gran amor, su hijo, que acaba de cumplir la mayoría de edad y a quien ha transmitido el aprecio por los ríos, por lo salvaje. Ese lugar, físico y emocional, en el que necesariamente debemos instalarnos en la conservación.

 

Que el dolor no lastre tu vida

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