‘Dios no vive en La Habana’, de Yasmina Khadra

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Dios no vive en La Habana

Yasmina Khadra (autor/a)
Wenceslao-Carlos Lozano (traductor/a)

ALIANZA

Los nuevos aires que se respiran en La Habana no parecen afectar a Juan del Monte Jonava. A sus casi sesenta años, sigue cantando en el café Buena Vista como lleva haciendo desde hace décadas: levantando la pasión del público con su voz. Por algo se le conoce como Don Fuego. Pero los tiempos están cambiando, más deprisa de lo que cree. 
La privatización del Buena Vista le deja en la calle. Don Fuego piensa que, dada su reputación, alguien le contratará, pero las oportunidades no surgen y poco a poco la nube en la que vivía se va disipando. Tendrá que enfrentarse con la realidad de las calles de La Habana, donde las angustias y las frustraciones se agolpan y acatan en silencio. El encuentro con Mayensi, una joven enigmática e inestable, de una belleza sin igual, recién llegada a La Habana en busca de empleo, dará a un vuelco a su existencia. La vitalidad y la pasión que creyó perdidas vuelven con toda su intensidad. Pero la extraña actitud de Mayensi puede enturbiarlo todo, hacer que la felicidad recuperada sea solo un paréntesis.
Con la música cubana de fondo y el cadente sonido de las olas, Yasmina Khadra nos adentra en el país de los contrastes y los sueños sin cumplir, para hacer un canto a los destinos contrariados por la fortuna. Una reflexión nostálgica, con un notable tono irónico, sobre la juventud perdida sin percatarse de que el tiempo pasa, mientras se sigue creyendo en un mañana mejor cuando “Dios no vive en La Habana”

Una novela sobre un cantante de boleros y sones en una vieja sala de La Habana no parecería demasiado probable en el catálogo de un autor como Yasmina Khadra. En sus libros anteriores abundan los dictadores en países árabes, la guerra, el terrorismo, pero no historias sobre amores desaforados y países caribeños que viven la ruina de un sueño que sus promotores terminaron por matar.

Sin embargo, Khadra refleja muy bien el ambiente habanero de los últimos años de Fidel en esta novela que arranca cuando una vieja sala es privatizada dentro de la política económica cubana. Los nuevos propietarios optan por una reforma radical, tanto en la arquitectura y decoración del escenario como en su programación. De esa manera, Don Fuego, un cantante de boleros, sones y rumbas que enloquece con su voz y su aspecto de veterano ‘latin lover’ a turistas septuagenarias llegadas de Europa, se queda sin empleo.

La depresión le llega pronto, porque estaba convencido de que los hoteles más elegantes y los auditorios más populares se lo rifarían, pero la realidad es que nadie le llama para algo más que un modesto papel de telonero. En ese momento, Juan del Monte, que ese es su verdadero nombre, conoce a una muchacha que huye de la Policía –ella no ha hecho nada, pero su hermano ha sido detenido por entrar en La Habana sin permiso– y se enamora de ella, sin que los cuarenta años que le saca sean un obstáculo a la pasión arrolladora que siente.

El autor argelino narra la vida cotidiana de miseria y supervivencia de la mayoría de los cubanos y el contraste con las fiestas que se organizan para los dirigentes, la actuación de los chivatos de la Policía y el funcionamiento de la burocracia del régimen. Lo hace como si fuera un escritor nacido en la isla. Y lo más sorprendente, aunque en esto el traductor al español (Wenceslao-Carlos Lozano) tendrá mucho que decir:lo cuenta con un lenguaje cálido, en el que no faltan los ‘cubanismos’, y por momentos parece que en algunas escenas estuviera escribiendo uno de los boleros con los que Don Fuego enamora a las extranjeras.

Fuente: El Correo

 

Entrevista: El Mundo

Haciendo uso de los dos nombres de su esposa, Yasmina Khadra (jazmín verde en árabe), el antiguo comandante del ejército argelino Mohammed Moulessehoul ha vendido millones de ejemplares de sus cerca de 30 novelas. Parte de ellas las escribió mientras pertenecía a la milicia que tiempo antes había luchado por la independencia de Argelia. Muchos años después de aquello, el autor participa en un congreso literario dedicado a Albert Camus, que se alineó con el bando contrario, el de los proletarios franceses que malvivían en la Argelia colonial.

Khadra sostiene que la figura de Camus representa “la consagración al pensamiento humano” en unos tiempos en los que asistimos a “una especie de locura que se extiende por todo el planeta, la de discursos políticos e ideológicos que no hacen más que contaminar las mentes”. Por eso “es bueno dar la voz a alguien que abogó por el entendimiento entre los seres humanos y no por su ruina. Es verdad que Camus fue contrario a la independencia de Argelia, pero defendió sus posiciones con honestidad del mismo modo que yo defendí las mías, que eran las contrarias”.

¿Honestidad es lo que usted echa en falta en los intelectuales de hoy?

Hay una parte de la intelectualidad cercana a esas posiciones ideológicas de que hablaba. Practica el equivalente al voyeurismo, que busca la obscenidad visual, poniendo en primer plano el terror y el miedo más que las voces de esperanza. Es una actitud irresponsable porque evita que la verdad encuentre su lugar para ser expresada. Lo que entusiasma hoy a la muchedumbre es la agresividad, la mentira, y el mejor ejemplo de ello lo encontramos en Estados Unidos, donde la cultura y la inteligencia están quedando sepultadas en favor del enfrentamiento con otras culturas. Parece que la humanidad está empeñada en seguir más a sus verdugos que a sus profetas.

Entiendo que considera a Camus uno de éstos, pero ¿tiene Camus equivalentes en la actualidad?

Hay más de uno, pero quizá no encuentran el eco mediático del que disfrutan otros. En Francia [donde reside el escritor, que también tiene casa ahora en San Juan, Alicante], se ha prestado en los últimos años mucha más atención a escritores que buscan el simple entretenimiento literario que a aquellos que pueden considerarse más comprometidos.

¿Qué opinión le merece la actuación de Europa con respecto a los refugiados?

La Unión Europea tiene un montón de problemas, desde el identitario al económico, y el más apremiante es ahora mismo la amenaza de desintegración tras el Brexit y ascenso de Le Pen en Francia. Por otro lado, el problema del éxodo es una constante de la humanidad. Los políticos actuales no han encontrado una solución seguramente por no plantearse las preguntas correctas; en realidad sólo tienen en cuenta su propia ambición y se dedican únicamente a seducir a los votantes sabiendo que sus propuestas son irrealizables. Las soluciones están a su alcance, bastaría que miraran al antiguo genio europeo, a los principios que regían en la vieja Europa.

¿Es un problema generalizado, el de los políticos?

Absolutamente. Se han quedado sin ideas, seguramente porque la solución a los dilemas actuales no es política sino financiera. Hoy en día el poder de las finanzas internacionales decide lo que se hace a nivel político. Para negociar con ellas, los políticos tienen que hacer determinadas concesiones que son las que afectan de verdad a la población.

En su país, Argelia, ¿cuál es el problema fundamental?

El mayor mal de la política argelina es la ausencia de política verdadera. Falta un proyecto de sociedad, nadie es capaz de saber la proyección del país dentro de cinco o 10 años. Vamos a la deriva, y el problema va haciendo metástasis en otros países. Todos los del Mediterráneo parecen hoy día Ulises en busca de una Ítaca perdida por haberse alejado tantísimo de ella.

Usted ha combatido el terrorismo como militar durante casi una década. ¿Cómo puede lucharse contra este fenómeno cuando el terrorista está dispuesto a morir y, de hecho, va a morir durante el atentado?

Lo primero es dejar de asociar estos actos con la religión, y a los terroristas, con las naciones que ellos creen representar. Después, aislarlos en su propio crimen: los terroristas no luchan por el Islam ni por Dios. Ellos deben entender que no se puede llegar a Dios sin pasar por el amor al hombre, que el auténtico deber del ser humano es vivir y dejar vivir.

 Pero ¿qué cabe hacer a nivel, digamos, operativo?

Lo esencial es dejar de asociar terrorismo con religión, como le he dicho. Esa amalgama sólo logra que crezca la ira en más gente, y la ira es la ruptura definitiva con la lucidez. También es inevitable combatir el terrorismo militarmente, no tengo ninguna duda.

¿Al servicio de qué o de quién están los terroristas?

Al de una especie de revancha por todas las humillaciones que padecieron. Para muchos, el terrorismo es el punto final de la radicalización derivada de esas humillaciones. Yo creo, sin embargo, que el terrorismo es un producto terminado al que el GIA, el Daesh o las demás organizaciones ponen sólo el embalaje. Si la corriente no hubiese sido islamista, el resultado habría terminado siendo el mismo.

 ¿Cree que toda la violencia que afecta al Mediterráneo proviene de una herida original, la del conflicto entre israelíes y palestinos?

No, no lo creo. En los años 80 se comenzó a hablar de un nuevo orden mundial que es ahora cuando se está implantando. En el mundo actual, la paz equivale a un paro técnico de las finanzas internacionales; para ellas, las guerras son un espacio vital en el que encuentran la dinámica para seguir alimentándose. Esto se une al hecho de que, como humanidad, no hemos superado el estadio de la identidad, del yo. Mientras insistamos en construir las nacionalidades sobre la identidad y no sobre la ciudadanía, continuarán los conflictos y las guerras.

 ¿Está sugiriendo que los poderes financieros se sirven del sentimiento nacionalista y del religioso para seguir haciendo negocio?

Exactamente. Las finanzas mundiales siempre necesitan un pretexto para lanzar un conflicto. Los pretextos son el nacionalismo y la religión porque los seres humanos tenemos dos fibras sensibles principales, la identidad y la religión.

Para terminar con libros, ¿qué novela suya está por llegar a España, donde la última ha sido La última noche del Rais?

Pronto publicará Alianza Editorial Dios no vive en La Habana, que ya se ha editado en Francia.

¿Cuál diría que es su tema literario propio?

La fragilidad humana frente a la guerra, el fracaso amoroso, la frustración social y los vaivenes de la historia.

 

Que el dolor no lastre tu vida

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Una respuesta a ‘Dios no vive en La Habana’, de Yasmina Khadra

  1. Bravo Mohamed, tu as l’art et la manière. comme on dit en espagnol correcto .Bonne continuation.

    BOUSHABA
    18 enero 2018 at 13:49 pm

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