‘Las niñas clandestinas de Kabul’, de Jenny Nordberg

Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

Las niñas clandestinas de Kabul

La vida oculta de las chicas afganas disfrazadas de muchacho.

Jenny Nordberg

Traducción de María Eugenia Frutos

Capitán Swing

Madrid, 2017

375 páginas

 

Recordamos en qué consistía el Macguffin: un recurso cinematográfico en el que la trama expuesta al espectador no supone la intención o implica el tema real sobre el que trata la obra. Por norma general, una historia de amor o desamor, de celos o de traición, está disfrazada como una obra de espías o aventuras, o de ciencia ficción. Pero también debemos recordar en qué consiste la metonimia, la transnominación, el designar el todo refiriéndonos a una parte. Si unimos ambos y encontramos un tema magnético, podemos construir una obra como este Las niñas clandestinas de Kabul, una obra de aspecto periodístico, pero que es un estudio etnológico. Una obra que se centra en unas pocas personas, pero en la que se contiene a la población total de un país, Afganistán. El trabajo de Jenny Nordberg (Suecia, 1972) supera lo encomiable. Parte de la maldición heredada, esa que llamamos tradición, y que supone que los padres que no engendran un niño varón son una deformación social, una familia marginal. El varón podrá salir a la calle solo, acompañar a las mujeres, aunque estas le quintupliquen en edad, negociar, resolver, en tanto que a la mujer se le anula el derecho de acción, hasta el extremo de anularle la intención de poseer voluntad.

Sobre ese país, esa tradición, esa maldad innecesaria, ese anacronismo, es sobre el que trata esta obra. Los ejemplos que sigue Nordberg son media docena y en ocasiones desaparecen del todo. De hecho, se trata, con frecuencia, de Bacha Posh (término con el que se designa a estas niñas disfrazadas) casi hasta populares. Los conocidos por supuesto, pero también mucha de la gente de alrededor mira hacia otro lado cuando les cortan el pelo para cambiarles el sexo. Así la familia dispondrá de un varón más, junto al padre, en ocasiones un bruto analfabeto, que custodiará a la familia. Este varón tiene los días contados. En cuanto llegan a la pubertad, con la primera menstruación, vuelven a cambiar de sexo.

Pero esto que pervive, que Nordberg conoce de primera mano pese a la decadencia de Afganistán, mostrándose casi temeraria, sigue siendo el resultado de un fracaso. Estamos inmersos en un país derrotado en todos los sentidos: bélico, social, humanitario, humanista, cultural… es un estado fallido. Pero un estado cuya situación no cabe achacarse a los afganos. Nordberg es consciente, y así lo va relatando, de la historia reciente del país y del fracaso de la política internacional. Un fracaso del que se ha beneficiado grandes corporaciones y ha dejado a los afganos hechos una piltrafa. Casi podría decirse que privados de su condición de personas, de su dignidad. Insultados, humillados y ofendidos. Las chicas clandestinas son una prueba más de ello. No es picaresca, porque los afganos no pueden permitirse la ironía. Es puro realismo social en un país sin cuartel. Lo que Nordberg aporta es ponerle rostro al país recurriendo al Macguffin, a la metonimia, casi sin darse cuenta de ello. Porque la dureza de la vida en Kabul se impone.

Y sí, existe una cosa que llamamos amor, algo que tal vez podría cambiar el aspecto de lo que presenciamos a través de los ojos de Nordberg. Pero en el constructo social de Afganistán, lo que se ha inventado y recuperado, la pésima tradición, el amor es una china en la sandalia. Sin embargo, no hay rencor en la forma en que se expresa Nordberg. Tratando de ser objetiva, no puede evitar la empatía y la compasión por las chicas disfrazadas y por sus madres y, también, por unos padres oprimidos bajo el peso de una forma de vida cimentado en un paradigma: cuánto daño ha hecho la expresión esa que defiende la permanencia de las cosas tal y como están bajo el argumento de “siempre ha sido así”.

 

Que el dolor no lastre tu vida

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