‘Cuando es de noche’, de Liudmila Petrushévskaia

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Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

Cuando es de noche

Liudmila Petrushevskaia

Traducción de Xénia Dyanokova y José Mateo

Marbot

2017

134 páginas

 

“Desconecté la nevera. Primero, para no gastar energía inútilmente. Segundo, era una madre rechazada, sola y ofendida”. El gesto nos sugiere todo lo que es la narradora, lo que hace y cómo vive lo que tiene que vivir, incluida el hambre y la dieta de presidiaria. La nevera está vacía. El momento en que la nevera esté llena, no solo podrá volver a ponerla en marcha, sino que se podrá permitir atender a ese sentimiento de madre rechazada, sola y ofendida. Cuando hay hambre, no existen las enfermedades burguesas. Nadie tiene depresión en la postguerra. Eso sí, las situaciones son límites. Abundan las enfermedades del sistema nervioso con todo su dolor y nada de su picaresca. En este caso, las enfermedades se ensañan en una familia en relación vertical, de padres a hijos y de hijos a padres.

Nos hallamos en una Rusia desnortada, dentro de una familia grande que conocemos a través de los ojos de una mujer dentro de la que caen las palabras como si se tratara de un agujero en el mar. Liudmila Petrushevskaia parte del costumbrismo para llevarnos al infierno de los vínculos humanos. Cada pequeña cosa sucede con tanta frecuencia que va cobrando más y más importancia, hasta que o se rompe la relación, o las personas se rompen por dentro. Pero nuestra narradora sabe en qué consiste la supervivencia y mantiene la guardia alta contra cualquier síntoma de alguien que pretenda aprovecharse de ella. Al parecer, las relaciones humanas se establecen en base a eso, a mantenerse vivo a costa de los demás, a ver a los otros como seres a los que robar una cama durante una noche o un mes, o el mendrugo de pan de la cena. Algo tan sagrado como la leche para el bebé no se respeta.

De esta forma Liudmila Petrushevskaia nos lleva a una sociedad enferma, en la que cada palo debe aguantar su vela frente a los tifones que son la presencia de los demás. Desnortados, lo que suceden son desencuentros. Las personas son escollos con forma de hombre, también el padre, la madre o el hijo y la hija. Solo la segunda generación, la hija de la hija, ofrece un consuelo. El egoísmo que sucede al perder la condición humana es el tema de este libro, que sucede casi todo dentro de un piso pequeño, superpoblado, metáfora del interior del cráneo de la narradora. Si la familia es sufrimiento, ¿cómo se puede confiar en el extraño? Frente a cualquiera, se parte del principio de culpabilidad: todos son unos parásitos en lo que no demuestren lo contrario. Al menos así es desde que tomamos la narración de la obra. Porque la narradora ha llegado a esta situación y a estas conclusiones a base de recibir hachazos. Lo que no está intoxicado por el alcohol lo está por el interés.

La gente lleva la capacidad de los otros al límite, como neuróticos que rozaran la psicopatía. Puede que por necesidad, pero el resultado es una sociedad en la que, de alguna manera, el mythos, la supervivencia a toda costa, se impone al logos, el reparto de la pobreza. Y mientras tanto, asistimos al miedo a heredar la locura, a los deseos frustrados y reprimidos, a toda suerte de neurosis reflejadas con una voz potente, que se merece un reconocimiento mayor del que ha tenido hasta la fecha.

 

Que el dolor no lastre tu vida

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