‘La felicidad en blíster’, de Miguel Ángel Cáliz

Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

La felicidad en blíster

Miguel Ángel Cáliz

Traspiés

2017

123 páginas

Premio de narrativa Carmen Martín Gaite

 

            Si agarramos por entero la teoría del iceberg sobre un relato o una novela, en este caso Miguel Ángel Cáliz hace un ejercicio de literatura de un nivel superior al de quien la enunció. La protagonista de una historia que aparece relatada en tres acciones paralelas es alguien a quien apenas se nombra. El lazo es muy sutil y la construcción, hacia un final perfectamente enfocado, es de una sencillez que da envidia. Se percibe que Cáliz ha trabajado mucho para encontrar la forma, la estructura y que, por otra parte, tenía siempre presente el tema de la incomunicación o de la escapada, que en buena medida vienen a ser el mismo. El grueso de la novela breve sucede en el desierto, escenario simbólico de la soledad y del ascetismo. Hasta una aldea remota se dirige uno de los protagonistas, en busca de su socio perdido. Este productor de cine intenta localizarle para que termine un proyecto, un documental, con el que esperan ganar un premio importante en Los Ángeles, California. En teoría, su socio fue al Teneré con intención de rodar algo sobre el árbol de metal que sustituye a la encina, la única encina, que brotó en kilómetros a la redonda, contra la que fue a estrellarse un conductor borracho hace tiempo.

Entre ambos y una tercera persona, una mujer que trabaja con ellos, hubo en un tiempo una relación a tres bandas, con su amor y sus celos, que tal vez sea el verdadero motivo de la desaparición. Esta persona desaparecida, misteriosa como lo es el amigo al que busca en la India el protagonista de Nocturno hindú, de Antonio Tabucchi, tal vez fue buscando algo o tal vez huyendo de algo. En cualquier caso, al igual que en la obra de Tabucchi, quizá su mejor libro, el viaje le transformará, a la fuerza o por empatía, por necesidad, porque en buena medida hubiera deseado ser él, tendrá que regresar habiendo entendido al genio rebelde, a quien denunció lo frívolo que es la vida moderna con un ejemplo en propia carne.

Por otra parte, un psicoanalista con una hija de viaje por Nepal, para rodar una película, asiste en terapia a una mujer con síndrome de estrés postraumático. O al menos con un diagnóstico previo del mismo, a cuenta de algo que sucedió en el norte de África, quién sabe si en el mismo desierto donde se perdió el desconocido. La imposibilidad de una relación, tanto personal como profesional, es el paréntesis en la vida del psicoanalista que interesa al narrador, así como el regreso para atender a la mujer que tiene un hijo con parálisis cerebral. La tercera historia se refiere a una conserje de una residencia para adolescentes inmigrantes o sin hogar, que recorre el edificio vacío el día anterior a su jubilación. El silencio se impone y con él la nostalgia. También se insinúa algún vínculo con el Magreb y es así como se van levantando las sospechas del lector, hasta que todo termina por encajar en un ejercicio narrativo de altura, a través de alguien cuyo nombre callaremos, del documental, que resultará ser de un contenido diferente al esperado, de la transformación de algún personaje, que se sorprenderá a sí mismo, y del mensaje de que lo opuesto a la banalidad de la estúpida vida moderna, la verdadera rebeldía, está en lo sencillo. Uno siente la tentación de desvelar más sobre la obra, pero sabe que rompería el encanto del lector. Así pues, siguiendo los lugares comunes que poco nos gusta frecuentar, diremos que estamos frente a una de las mejores novelas del año 2017 y que será complicado encontrar en la literatura española algo de un valor equiparable. Y no, no estamos exagerando. Suerte, mucha suerte. Se la merece.

 

“Que el dolor no lastre tu vida”

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