‘Teoría y práctica de la Habana’, de Rubén Gallo

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Teoría y práctica de la Habana

Rubén Gallo

Jus

290 páginas

 

Os regalamos una de las crónicas del libro. Que aproveche. Mejor que cualquier reseña, ¿no?.

ÉSE BAILABA REGGAETÓN
«¡Música maestro! —dijo Imperio con ese vozarrón que tiene—
¡Música maestro!», y allí mismo empezó el show, con
ella montada en el escenario envuelta en metros de lentejuelas,
los rizos rubios cayéndole hasta los hombros y el micró-
fono entre las uñas rojo carmesí, que parecían garras, y preguntó:
«¿De qué países nos acompañan?», y como siempre
los primeros en levantar la mano fueron los sapos mexicanos,
que estaban en una mesa muy cerca del escenario, e Imperio:
«Bienvenido, México», y luego bailando, o tratando de bailar
porque con esos tacones del tamaño del Habana Libre casi
no podía ni moverse, pero al menos levantaba un pie y parecía
que zapateaba, y así bailó un acorde del Jarabe Tapatío, pero
luego hizo un gesto con la mano como cerrando una cortina y
al instante paró la música, y ella siguió: «¿De qué otros países
nos acompañan?», y de una mesa al fondo alguien gritó: «¡España!»,
e Imperio: «Bienvenida, España», y unos acordes de
la canción de Mecano y unos pasitos con sus tacones kilomé-
tricos, y luego: «¿Otro país?», y unos yumas gritaron: «Canadá»
y unos acordes de Celine Dion y otro zapateo, y otra vez
el gesto con la mano y otra vez paró la música, «¿Otro país?»,
y de la barra alguien grita: «¡Las Tunas!», y allí no hubo mú-
sica, pero Imperio tomó el micrófono y dijo: «Eso no es un
país, eso es otro planeta», y la gente se reía, y: «¿Otro país?»,
y siguieron Venezuela y Puerto Rico (con Ricky Martin), y
Francia, y por supuesto Cuba, que no podía faltar, y allí tocaron
una de los Van Van que decía: «Y los yumas llegaron ya»,
e Imperio decía: «Tenían razón los Van Van, miren esto; ya
llegaron desde hace rato, pero bueno, bienvenidos en nombre
del Olimpo a su Cabaret Las Vegas. Hoy es una noche muy
especial porque cumplimos años, cumplimos cuatro años y
ha venido a celebrar con nosotros Mariela. Un aplauso para
Mariela; gracias, Mariela, por acompañarnos, es un honor,
un gran honor, y tenemos con nosotros invitados muy especiales
esta noche, y para celebrar tendremos un programa especial
con los bailarines del Olimpo, que han preparado un
nuevo número, y por supuesto con la belleza y la presencia
mía, que cada día me pongo mejor».
Y luego subieron al escenario los bailarines del Olimpo
con un número africano, y luego Margot a cantar una de Rocío
Dúrcal, y otra vez los bailarines, pero ahora vestidos de
polinesios, y luego Imperio, que cantó una de Rocío Jurado,
porque a ella le encantan todas las Rocíos, y había tremendo
ambiente, y yo andaba con mi socio Maddiel y fuimos a dar
una vuelta, y junto al escenario estaba Massimo con su mesa
llena de pepillos, y el negro guardaespaldas les traía cervezas
y luego se quedaba de pie y parecía un tanque de guerra que
no dejaba pasar a nadie, y luego fuimos a la barra y en una de
las mesitas estaba un extranjero con cara de árabe, y como se
veía que tenía dinero le dije a Maykel, que es mi hermano…
bueno, es mi socio, pero es casi como si fuera mi hermano:
«Atiéndeme, ¿y ése quién es?», y me dijo: «¿Qué volá, Leo?»,
y me contó que el árabe era un millonario que vivía en Francia,
pero que era de otro país y que le decían «Agacán», y que
llevaba días con Ernesto para arriba y para abajo, pero Ernesto
ya no podía más y le había dicho a Maykel: «Estoy loco porque
se vaya, llevo seis días sin parar, no me deja ni un rato y me
babea, pero ya se va mañana y dijo que me dejaba toda la ropa
y el dinero», y en eso llegó Francis, que parecía una jevita, con
un vestido rojo que le llegaba hasta los tobillos, y yo: «¿Qué
volá Francis, dónde dejaste a tu marido?», y ella, con esos labios
carnosos, se reía y decía: «¿Cuál marido? ¿El de ayer o
el de hace dos días? Hoy ando sin marido porque una también
tiene que tener su libertad», y en eso se apareció Eliezer,
que le dio un besito a Francis y dijo: «El Mario, que es el perro
más fiel —no hay otro perro tan fiel como él— me siguió
hasta acá; iba bajando por La Rampa y le gritaba: “Mario, ví-
rate, ¡Mario!, a la librería”, pero él me miraba con unos ojos
tristes desde la otra acera, y bajaba las orejas y seguía atrás de
mí, y una negra me dijo: “Cómo te quiere: cuando los perros
quieren a la gente dan la vida por uno”, y me siguió hasta acá y
se quedó en la entrada, y cuando vi al negro en la puerta, dije:
“Aquí se queda el perro negro con el negro”», y Francis se reía
y decía: «Ay, pipo; ay, pipo, estás achicharrado», y en eso entró
por la puerta un rubio alto, como de dos metros, y todos
los yumas se viraron a mirarlo, y yo dije: «A ése no lo he visto,
ése debe ser extranjero», y Francis se quedó mirándolo y vino
a saludar a Eliezer, y dijo que se llamaba Nicolás y que era cubano,
pero que desde niño vivía en España, y Francis le decía:
«Qué bello tú eres, yo necesito un marido así de bello como
tú, un marido español que me lleve a vivir a España», y Nicolás
se reía y decía: «Ya ves, ya ves», y Francis lo tomó del brazo
y parecía una actriz de telenovela aferrada al brazo de su macho,
y en eso llegó Jesús a saludar y casi no lo reconocí porque
venía vestido de blanco de la cabeza a los pies, y le dije:
«Coño, Jesús, ¿te hiciste santo?», y él: «Sí, sí, me pasé tres meses
trancao en la casa sin poder salir, hoy es el primer día que
salgo: estaba desesperado, es el primer día que vengo a trabajar»,
y en eso entró por la puerta un rubiecito; se veía que era
extranjero, pero hablaba español, y oí que decía: «Van tres veces
que me dicen Tadzio y yo no sé qué es eso», y Francis alcanzó
a decir: «Qué nombre tan bonito… yo quiero un novio
que se llame así, es un nombre elegante», pero en eso vi que
en una mesa, junto al baño, había un viejo solo; no tenía cara
de yuma, pero se veía que era extranjero y que tenía dinero: se
veía por la ropa, y le pregunté a Francis: «¿Y ése quién es?», y
me dijo: «Ay, pipo, ése es un abogado peruano, dicen que da
muy buenas propinas, me lo dijo Robert, que estuvo con él», y
yo: «Pues si da buenas propinas voy a ver si mato; voy echando,
besito, Francis», y cuando pasé frente al escenario estaba
Imperio, que se había cambiado de vestido y ahora estaba
de amarillo, y decía: «Levanten la mano los activos… Dije activos,
no pasivos; que levanten la mano los activos», y cuando
llegué a la mesa del abogado peruano le dije: «¿Qué volá?
Cómprame una Red Bull», y esa noche sí maté.

La Habana es un delirio en el torbellino de la Transición: es la única ciudad del mundo con bares gays administrados por el Estado y atendidos por funcionarios públicos, un lugar donde hasta hace poco había librerías clandestinas, una capital latinoamericana que se alimenta con leche en polvo y que reta a los lactófilos a pasar mil y una peripecias en su búsqueda de leche fresca, un espacio donde la santería, con sus rituales africanos y sus ingredientes locales, marca la vida cotidiana, una metrópolis donde la gente viaja «en botella», convirtiendo así cada automóvil en un transporte colectivo y en una plataforma para encuentros inesperados y aventuras singulares.

Teoría y práctica de La Habana, de Rubén Gallo es, pues, el libro más vital que se ha escrito sobre Cuba en los últimos años.

 

“Que el dolor no lastre tu vida”

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