‘Furtivos’, de Tom Franklin

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Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

Furtivos

Tom Franklin

Traducción de Javier Lucini

Dirty Works

Barcelona, 2017

230 páginas

 

Donde no llega la realidad, tiene uno que valerse de la ficción. Para regresar al lugar de origen, con los dos polos magnéticos activos en la memoria, o recurres a la imaginación o vas a pasar por una crisis que deja a la adolescencia en un juego de niños. Los condados boscosos que se extienden entre los ríos Alabama y Tombigdee son los protagonistas de este conjunto de relatos que, ya se encarga Tom Franklin (Alabama, 1963) de aclararlo en la introducción, acapararon su infancia y adolescencia, a los que regresa siendo adulto porque necesita cierta reconciliación. Como uno no puede volver a vivir su pasado, recurre a la recreación a través de relatos en los que la caza y la devoción religiosa, sobre todo la caza, ocupan el primer plano. Para que el realismo sea más patente, conviene exagerarlos un poco. El lenguaje es muy propio del relato americano, al que está acostumbrado el lector americano y que ya se está imponiendo en todo el planeta, es Carver y es Cheever. Un lenguaje de recursos reducidos al hueso. De él se sirve para ocultar que está exagerando un poco lo que sería el realismo, para ocultar el manierismo, aunque aquí viene a cuento recordar la frase conocida que dicta que la realidad supera a la ficción. O al menos la iguala. La realidad bebe de la ficción en la misma medida en que la ficción bebe de la realidad. Lo que importa no es que estos relatos se manejen en lo que fue, sino en lo que pudo haber sido.

Para Tom Franklin, volver al territorio boscoso y a los humedales de la caza, “es un poco como cazar furtivamente en una tierra que ya no me pertenece”. Sentirse extranjero en cualquier tierra, incluyendo las de la infancia, es la mayor sabiduría. “Regreso con todo lo que he aprendido. Vuelvo a donde la vida muere con lentitud y cazo historias como un furtivo. Cazo como un furtivo porque quiero recuperar los senderos antes de que sea demasiado tarde, antes de que retumben los últimos camiones madereros y las viejas y oscuras costumbres queden taladas para siempre”. Este volumen es, en buena medida, un acto de dar fe de un mundo, otro más, que agoniza. De ahí que muchos de los seres que lo pueblan estén deshumanizados: borrachos, violadores, racistas y hasta asesinos. Que solo algún retazo de amistad salve a alguna persona, rodeada de actos ilegales, ilícitos, que no son de recibo, fronterizos, propios de almas enfermas, de gente que no quiere saber nada de la gente. En ese sentido, el grado de humanidad con que se expresa es semejante al de Faulkner que es, sin duda, su maestro.

Como en Faulkner, la sociedad provinciana en la que se mueve, impermeable, como si la justicia se encontrara a mil kilómetros de distancia, los estratos sociales son parte de la enfermedad: “Compra revistas Playboy, las hojea una vez y luego me las da. En eso consiste ser rico”, dice uno de los narradores, en una frase que resume mejor que cualquier ensayo el contenido de la injusticia social. Llevada al extremo, es de lo que se sirve para el relato, largo, que da título al libro y con el que lo cierra. Tres hermanos se han criado solos en el bosque, en el pantano: su madre murió tras el parto de una hija muerta y su padre se suicidó. No tienen otra moral que la de un anciano que regenta una tienda en la que todos los productos han caducado, la única persona dispuesta a ayudarles. Como los productos, el cáncer hace de él un hombre caducado. Escrito a modo de Thriller, el relato nos lleva a un mundo tétrico, oscuro, al territorio del mal. Nos recuerda a John Connolly, por ejemplo. Previamente, hemos asistido a la codicia en una mina de grava: nada hay más alejado del sentido de la riqueza que la piedra sin valor.

O en lugar de plantearse relatos redondos, con su muerto o su mentira, sigue a un niño o a un adulto que repasa qué tipo de gente se encuentra a su paso, minúsculas biografías decantadas de la conciencia de un territorio hostil en el que el tiempo con un buen amigo anula la maldad. Porque no todos los relatos son redondos. Franklin es capaz de escribir un relato sobre un relato que no sucede, de postergar la acción pero mostrarnos el contenido. Así y todo, sus personajes idealizan el modo de vida americano, y se valen de él para engañar a un viejo que regenta una gasolinera, al que le compran un rinoceronte disecado, su reclamo, regalo de un hijo a un padre, para que otro hijo se lo regale, a su vez, a un padre, o para que dos parejas, que no sabemos en qué medida se conocen, jueguen al póker. Para los amantes del relato, para los amantes de la literatura americana y para los que quieran descubrirla, Tom Franklin resulta ser uno de los mejores entre los más recientes.

 

“Que el dolor no lastre tu vida”

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