‘Todos marcharon a la guerra’, de David Vogel

TODOS MARCHARON A LA GUERRA

DAVID VOGEL

Traducción de Rhoda Henelde y Jacob Abecasis

XORDICA EDITORIAL, 2017

280 páginas

«Todos marcharon a la guerra», el manuscrito enterrado de Vogel

La literatura centroeuropea de los años de fuego -la II Guerra Mundial y el nazismo- tiene en el judío David Vogel a uno de sus escritores más secretos. De hecho, esta novela permaneció perdida, enterrada

ABC Cultural:

Por Mercedes Monmany

Novela autobiográfica rescatada milagrosamente después de la Segunda Guerra Mundial, «Todos marcharon a la guerra», del escritor judío David Vogel, nacido en Satanov, hoy Ucrania, en 1891, sería, lo mismo que «Suite francesa» de Irène Némirovsky, un caso único en su género. Ocultándose tras el seudónimo del pintor Rudolf Weichert, Vogel narraría la crónica del día a día de la suerte corrida por miles de refugiados llegados a Francia huyendo del fascismo y de Hitler que, de repente, al estallar la guerra, se vieron concentrados en diversos campos de internamiento por la policía francesa.

El manuscrito de Vogel, escritor en hebreo, aunque había crecido en la región de Podolia, en un ambiente y familia donde se hablaba el «yiddish», sería enterrado en un jardín y rescatado después de la Segunda Guerra Mundial. Curiosamente, de su obra compuesta por poesía y narrativa, este libro sería el único escrito en «yiddish». Como en el caso de otro gran clásico que narraba el caos de aquellos días de refugiados y perseguidos en Francia, la espléndida novela «Sin visado» de Jean Malaquais (Sajalín), o de «Scum of Earth» (1941), de Arthur Koestler, la novela de Vogel describe de forma espléndida aquel angustioso frenesí de disposiciones a veces contradictorias y totalmente arbitrarias dictadas por las autoridades francesas de un día para otro en un mundo azaroso donde tan solo reinaba el caos y el desconcierto. Sobre todo para los judíos, moneda de cambio favorita.

El caso de Vogel fue siempre un caso especial. Se trataba de un autor que escogió escribir en hebreo en la Europa Central en una época en la que prevalecía sobre todo el alemán como lengua de proyección y difusión literaria. Sobre todo para alguien como él que en 1912 se trasladó a Viena para abrirse camino, ciudad donde ambientaría varias de sus libros. De él se publicó en nuestro país en 1994 su única novela aparecida antes de morir, «Una vida de casado» (Anaya & Mario Muchnik), y «Una novela vienesa» (Minúscula, 2014).

En 1925 Vogel se instaló en París, aunque emigró a los pocos años a Palestina con su segunda mujer. Regresado a la capital francesa, tras pasar un tiempo en Polonia y Berlín, su novela o crónica de aquellos días de zozobra, «Todos marcharon a la guerra», comienza el 3 de septiembre de 1939, el día en que Francia declara la guerra a Hitler y un año antes, a su vez, de que este país sea ocupado por los alemanes. Vogel y su hija de 10 años salen hacia el sudeste de Francia donde su mujer Nada se está recuperando en un sanatorio. Internado como ciudadano austriaco en diversos campos, será liberado cuando los alemanes invadan el país.

Durante años circularon todo tipo de historias sobre lo que fue de su vida en los años siguientes. Periódicos de Palestina lo daban por «desaparecido». Hoy se sabe ya con certeza -como recuerdan los traductores Rhoda y Jacob Abecasis, a los que se debe la recuperación en nuestro país de un gran número de espléndidos autores en lengua «yiddish», como los hermanos Isaac Bashevis Singer y Yehoshua Singer y siguiendo por Der Níster y David Bergelson, entre otros-, que Vogel fue detenido por la Gestapo en Lyon, encarcelado, y trasladado al campo de tránsito de Drancy, junto a París, de donde salían los transportes hacia Auschwitz, lugar en el que sería asesinado en 1944.

Hemos leído muchos libros sobre campos de concentración, pero en ellos pocas veces como en este párrafo se ha acertado a expresar la mezcla de tedio y temor que existía allí entre los hacinados: “En ese momento la habitación quedaba ordenada, el trabajo se había terminado y un día más, eterno y monótono, igual que el de ayer y anteayer, se abría delante de ti: de nuevo saldremos un rato al patio, intercambiaremos unas palabras con este y aquel, entraremos a ver a la pandilla en la otra habitación durante un rato y saldremos de allí mirando al vacío mientras esperamos el almuerzo que nos sacará del aburrimiento. Un sinfín de preocupaciones de todo género te roerá la cabeza, además del perenne y oculto temor a algo indefinido por venir, que no te abandonará ni por un instante”.

Su autor fue David Vogel (ucraniano de 1891 pero nacionalizado austriaco desde 1925), y trágicamente acertaba al sentir ese “temor a algo indefinido por venir” porque terminó asesinado en el campo de exterminio de Auschwitz en 1944. Antes, a comienzos de 1940, había contado en Todos marcharon a la guerra, que ahora se presenta por primera vez en castellano (traducido desde el hebreo por Rhoda Henelde y Jacob Abecasis), su penosa experiencia en el centro de internamiento de Bourg y en los campos de concentración franceses de Arandon y Loriol, donde sucedió todo eso que ya sabemos, donde se cuenta lo previsible, y donde sin embargo leemos como si fuera por primera vez hechos tan inverosímiles como veraces. Judío de nacionalidad austriaca en Francia, Vogel lo tenía francamente mal cuando en 1939 Francia declaró la guerra a Alemania, momento en el que arranca el libro para señalar cómo los sucesos de la Historia van a atropellar los derechos de un ciudadano. Recluido como si fuera alemán, enseguida es su religión la que, sin demasiados disimulos, justifica entre sus captores la continuidad de su reclusión, y su traslado a campos específicos para judíos. La locuaz francofobia del autor queda explicada de un modo difícilmente rebatible, y se une a una larga lista de testimonios directos sobre la inmensa culpa de Francia en aquellos años, antes incluso de la Ocupación.

David Vogel, con una prosa sencilla pero realmente atractiva y exacta, consigue tejer un libro amable y terrible a la vez, escrito con cierta actitud kafkiana (kafkiana de El proceso) en el sentido de que el protagonista asiste a todo lo que le pasa fingiendo no entender nada, subrayando el absurdo de los motivos por los que se les busca y se les reúne bajo vigilancia en condiciones denigrantes, con una ingenuidad que en buena medida es postiza, estilística, pero literariamente eficaz porque expone cómo la realidad puede ser llegar  a ser literalmente inexplicable, grotesca: “Estaba enjaulado, recluido. Por vez primera, sentí que no se trataba de ficción, sino de una amarga realidad. Habían aprehendido a un hombre que no había hecho ningún mal a nadie y lo metían en la cárcel. Lo sentí como una afrenta personal, como si me hubiesen abofeteado en plena calle, menospreciado como ser humano delante de muchísimas personas”. Es, por supuesto, un libro herido, y además pesimista (y el tiempo le daría la razón a Vogel, al menos en cuanto a su destino particular), y sin embargo hay espacio para el humor, o para retratar ciertos momentos de generosidad en medio del hambre, la suciedad, el miedo, la enfermedad o la desesperación.

Hay como una obligación moral, un deber civil, en leer a quienes murieron asesinados en los campos de exterminio, al menos cuando escriben sobre todo eso que les estaba pasando. Los testimonios en primera persona de aquellos hombres y mujeres es todo lo que les queda a aquellos a los que les quitaron todo del modo más inhumano: es su voz, su memoria, su protesta, su advertencia. Son textos vigentes por definición, documentos de primer grado. Pero si además están escritos con la altura literaria de Todos marcharon a la guerra, con su espíritu bondadoso y modesto, con su moderación estratégica en medio de la indignación, con su prosa sagaz e indagadora… la lectura se convierte, además de en un recordatorio necesario, en un placer. Un placer en tensión, un placer estremecedor, un placer, sí, culpable, pero no porque estemos disfrutando de un libro estupendo, sino por la consciencia releída y renovada de todas las cosas que hemos hecho.

(Los libreros recomiendan)

“Que el dolor no lastre tu vida”

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