‘Mundo extraño’, de José Ovejero

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Por Ricardo Martínez Llorca

@rimllorca

Mundo extraño

José Ovejero

Páginas de espuma

Madrid, 2018

185 páginas

 

Hace poco reseñábamos aquí el libro de Carlos Frontera, Andar sin ruido, un conjunto de relatos concebidos como unidad, con estilo, forma y contenido que hacían de él algo compacto, no una mera recopilación de obras breves extraídas de aquí y de allá. En ese sentido, obras como la de Frontera se hallan en un territorio que tiene mucho en común con la novela. Lo que define como relatos a la obra es una cuestión de distancia con todas sus consecuencias: el conflicto se apunta, no se extiende, o se cierra el libro varias veces, con finales inesperados, y no una sola; la novela crea un continente, el relato una isla. Este Mundo extraño es una recopilación. La unidad del volumen hay que buscarla en otro lugar que no sea la predisposición, las intenciones del autor. Hay que buscarla en la personalidad de José Ovejero, o al menos en la personalidad a la hora de escribir relatos a lo largo del tiempo que le llevó en escribirlos. Se trata de saber si detrás existe un proyecto literario. Y para resumirlo de una forma que la mayor parte de la gente entienda, este es al relato lo que los hermanos Cohen es al cine.

El cine, como la novela, crea un continente, un mundo. De hecho, le ha robado ser el mejor medio narrativo. Pero a estas alturas, el cine influye en la literatura en la misma medida en que bebe de ella. Todavía podemos rastrear la influencia de Maupassant en buena parte de la cinematografía occidental, por ejemplo. De ahí que Mundo extraño sea un proyecto lícito, que pertenece a un género que podríamos llamar realismo grotesco. Lo verosímil se lleva al límite y si la escritura no está en función de algo, se corre el peligro de caer en el manierismo. Digamos que eso es lo que distingue a Fargo de El gran salto, por mantenernos dentro de la filmografía de los Cohen. Tal vez exista algún relato en Mundo extraño que tropiece un poco, pero en un conjunto que reúne más de quince piezas, es casi hasta fundamental permitir que el autor, y con él los lectores, se relaje: no se puede ser sublime sin interrupción. Lo que queda, a la postre, es el mejor de los relatos y el sabor a los límites de la realidad que presenta el conjunto. Ovejero recurre a narradores que le obligan a un ejercicio de estilo, pero no a un ejercicio de exceso de estilo. Estamos en la mente y la boca de uno de los personajes y nadie piensa con frases como las que escribía Borges. El cinismo se impone cuando la clase social es alta, así como otras facultades que la herencia puede permitir: vivir para llamar la atención o ser, sencillamente, idiotas, cada uno en su especialidad. Así abre el volumen, que continuará con la exploración del arte, influido por la realidad, y la realidad, influida por el arte, a través de un oficio de poca consideración en ese aspecto, excepto en los concursos de Navidad, como es el de escaparatista.

En el libro hay una serie de relatos sobre la familia, o la farsa de la familia, pero también otros en los que se encuentran desconocidos. Entre estos se establece una relación que, intuimos, guarda un secreto, como la demencia senil de los dos ancianos que atienden a un vendedor de seguros o el rollo hortera que se establece entre un músico y una cubana, durante la gira del primero por el país de la segunda, con mucho sexo y las intenciones de conseguir un visado para que ella viaje a España. Entramos en la dinámica de una pareja sadomasoquista o en la cabeza de una mujer secuestrada por sus hijos, con el sentido del oído y de la imaginación hiperdesarrollados, hasta el punto de hacer de las estatuas de jardín, las que representan a dioses griegos, su ilusión, su resto de vida. Al final del libro nos quedamos con un tipo desnortado hasta el extremo, con su vida hecha pedazos y él escondiéndose, ocultándolo, con la mente también hecha pedazos, digresiva y sin control. Antes hemos estado con adolescentes de ciudad y de pueblo pequeño, todos en crisis emocional, porque crecer duele. Y el conjunto se sostiene sobre el temperamento de la literatura de Ovejero, o al menos de la literatura en tanto que distancia corta, pues una novela escrita con esta predisposición habría que leerla con cuidado, no fuera a sacarnos de la realidad para meternos en la farsa que es la realidad.

 

 

“Que el dolor no lastre tu vida”

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