“Beatriz Galindo en Estocolmo”: valientes mujeres que nos muestran de dónde venimos y cuál es el camino a seguir

Por Ana Riera

 

Estos días se representa en Madrid, en la Sala Princesa del teatro María Guerrero, la obra Beatriz Galindo en Estocolmo, de Blanca Baltés. Se trata de un montaje de Carlos Fernández de Castro que representan las actrices Ana Cerdeiriña, Carmen Gutiérrez, Eva Higueras, Chupi Llorente y Gloria Vega, todas ellas estupendas.

La obra arranca con un episodio muy concreto. En 1937, en plena contienda, Isabel Oyarzábal es enviada a Estocolmo en calidad de embajadora del Gobierno legítimo de la República para hacerse cargo de la embajada. Es la primera mujer en la historia que va a ocupar un cargo tan importante en Europa.

A partir de ese hecho, Baltés nos propone un texto denso, repleto de datos relevantes sobre la lucha de esta y otras mujeres por conseguir hacerse visibles y ocupar un sitio en la sociedad.El gran logro de Fernández de Castro es que, a pesar de toda esa información, consigue que la pieza teatral fluya, que avance, que atrape, que conmueva. Sentado en esa sala tan intimista del María Guerrero, el espectador va engullendo datos y detalles sin apenas ser consciente de ello, embelesado por la energía de esas mujeres, para sólo después, cuando acaba la función, darse cuenta del atracón que acaba de pegarse, un atracón que necesitará tiempo para digerir.

Además de a Isabel Oyarzábal, que firmaba con el pseudónimo de Beatriz Galindo su columna de El Sol a modo de homenaje (de aquí el título de la obra), conoceremos a otras mujeres maravillosas como las políticas Clara Campoamor y Victoria Kent, la escritora Concha Méndez o la propia Beatriz Galindo. Y a través de ellas a otras muchas, como María Zambrano, María Teresa León, Elena Fortún, Maruja Mallo, Josefina de la Torre, Rosa Chacel, Delhy Tejero o Remedios Varo. Pero también a otras que no han pasado a la historia pero que, con sus actitud moderna y rebelde, aportaron su granito de arena. Todas ellas mujeres valientes, mujeres que decidieron coger las riendas de su vida y luchar por su presente y por su futuro.

Está claro, pues, que la obra invita a reflexionar sobre la desigualdad entre hombres y mujeres y sobre el feminismo, temas de rabiosa actualidad. Basta con haber visto la ceremonia de los premios Goya el pasado día 3 de febrero o con leer la prensa, donde todos los días encontramos alguna referencia al movimiento americano≠MeToo, al manifiesto de Denueve, Millet y compañía o a la Caja de Pandora, embrión del ≠MeToo español.Pero lo interesante de la obra es que invita a la reflexión regresando a los orígenes, es decir, volviendo a esas mujeres que lucharon por cosas tan básicas como pasar de ser consideradas “cosas” a ser consideradas “seres humanos”, o como conquistar las libertades esenciales.

Eso me parece muy importante, incluso valiente. Porque cuando alguien lucha por algo justo, en ocasiones puede acabar siendo injusto por exceso de celo, por perderse en detalles que se apartan de la esencia y desmerecen lo realmente significativo.  Un peligro excesivamente presente en un mundo, el nuestro, en el que cada vez es más frecuente que se den por buenas afirmaciones no contrastadas, razonamientos que no se fundamentan en la realidad ni en datos objetivos. No debemos olvidar nunca de dónde venimos y gracias a quiénes nos encontramos hoy donde nos encontramos. Y recordar que muchas veces, menos es más.

En ese sentido, me parece genial la idea de la puerta cerrada como símbolo central de la pieza teatral, porque es algo muy simple que sin embargo dice muchísimo. Está presente desde el primer instante, con su porte sobrio, tradicional, y su tonalidad oscura, convertida en un personaje más. Tras ella se esconde el anterior embajador, que es incapaz de aceptar que alguien de otra tendencia política, y que además es mujer (¡Qué desfachatez!) pueda reemplazarle. Y se parapeta tras ella negándose a evolucionar, a cambiar. Y sigue presente hasta la última escena, vertebrando la historia hasta el final.

Otro acierto del director, a mi entender, es la forma en que muestra el carácter optimista e irónico tan propio de las mujeres, sobre todo cuando se agrupan y se compinchan entre sí. Porque creo que ha sido fundamental, junto a la inteligencia y la dedicación claro, para lograr muchas de sus conquistas. La alegría y el positivismo, esa capacidad inherente de reírse de todo, ha probado ser altamente eficaz para desarmar al enemigo. Y además evita que caigamos en el victimismo sistemático. Algo que como mujer pienso que hay que evitar a toda costa.

Por todo eso, vale la pena acercarse al teatro a conocer a estas mujeres que nos muestran de dónde venimos y cuál es el camino a seguir. Como dijo la propia Isabel Oyarzábal, palabras que encontraréis en el programa de la función y que siguen siendo aplicables hoy en día:

Hombre y mujer son en la vida actual y desde hace siglos enemigos inevitables, lo son por derivaciones biológicas y más por reglamentos sociales. Pero no lo serán el día que sabiéndose distintos, respetándose en su diversidad, supriman las fronteras colocadas entre ellos por la ignorancia.

 

 

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Teatro María Guerrero. Sala de la Princesa. Hasta el 18 de febrero 2018

 

 

 

 

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